viernes, 16 de abril de 2010

1/2 incompleto


Estoy cansada de los términos medios.

¿Las medias partes nunca se cansan de ser simples objetos o momentos incompletos? La media luna que nunca llegó a ser luna llena. El medio tiempo que siempre se ve separado por 15 minutos de su otra mitad. El medio día y la media tarde que nunca pueden completarse y el medio Oriente que jamás se completó geográficamente.

Nuestra propia vida tiene sus mitades. O mejor dicho, vivimos a medias luego. Hacemos nuestro trabajo a medias porque siempre estamos medio contentos nomás con lo que hacemos, nunca nos sentimos enteramente apasionados por nuestra tarea porque medio que vivimos mensualmente solo para pagar la mitad de nuestras cuentas. Por lo tanto tampoco dormimos bien, porque medio sueño se empecina en seguir pensando con los ojos cerrados en las preocupaciones del día siguiente. Y al final medio almorzamos nomás porque después tenemos que volver a la oficina a hacer un trabajo que medio nos gusta nomás.

Vivimos a la medida. Nunca con un tiempito extra para divertirnos por completo, entonces medio que disfrutamos nomás por miedo a los excesos.

Del pasado nunca podemos desligarnos del todo. Remendamos a medias los recuerdos, medio que terminamos nomás los proyectos, dejamos a medias algunas frases por miedo a ser lastimados. Tejemos una media sombra donde refugiamos nuestras mitades incompletas. Dejamos a medio andar los caminos porque ya nos cansamos antes de tiempo. Y a medio batallar los desafíos por culpa de la impaciencia.

La vida y sus mitades. Crecemos en un hogar a medias. Esperamos a la media naranja que nos ofrezca gajos nomás de lo que quedó en otro plato, sin pensar si en realidad necesitamos una mitad para completarnos. ¿Acaso puede una simple mitad aportar algo para completarnos realmente? Esperamos en la mitad de una cama vacía, en la mitad de un departamento, vemos el vaso medio lleno o medio vacío, y sentimos solo media emoción de estar con alguien porque siempre existe la posibilidad de perderlo de nuevo. Entonces medio que nos ilusionamos nomás.

Decimos un Te Amo a medias, porque éste se volvió costumbrista y a veces ya es de boca para afuera nomás. En vez de buscarnos una tinta que escriba un Te Quiero sin quedarse en la T. O un amor que dure 13 meses y una pasión que sea de lunes a lunes. Una oferta de emociones y de ilusiones que veamos en el espejo cada vez que nos miramos en él. Mientras buscamos a quién escribirle una carta de amor completa, quien nos haga soltar una sonrisa fresca, espontánea e infantil de oreja a oreja y no en el medio de la cara.

Encontrar a la mitad que complete mi itinerario, pero que esté completo, por si mi propia mitad se pierde, para que sea él quien me cobije en invierno y sea yo quien lo despeine en primavera, acostados en el pasto viendo el cielo estrellado. Que me haga sentir mariposas en el estómago con solo mirarlo, que lustre mi corazón un poco herido, le pase un plumero a mis miedos y me devuelva las ganas de enamorarme que perdí hace tiempo, como para poder querer grabar su nombre completo. Que me ayude a no tomarme la vida tan en serio, que me enseñe que siempre se puede volver a creer.

Estoy cansada de las mitades que nos vendieron a fin de negociar nuestra felicidad, de que vivamos buscando lo entero, lo completo. Siendo que la mismísima felicidad plena no existe, que solo son mitades de bellos y gratos momentos compartidos.

Entonces, ¿en qué quedamos?
¿Medio feliz pero esperanzada de serlo completo?
¿Alguien me dice de dónde se compra la otra mitad de mi felicidad?

Media Veronica está rota, cansada de esperar
Media Verónica lamenta que el tiempo se consume
Y lo demás no cuenta
La vida es una cárcel con las puertas abiertas

miércoles, 14 de abril de 2010

Madre hay una sola


Sé que todavía no es el día de la madre, ni hoy es su cumpleaños. Pero ahora que me puse a pensar, muy poco hablé de mi mamá en los meses que llevo posteando en este blog. La habré mencionado con suerte dos veces, de las cuales una sola vez pude expresar parte de mi inmenso cariño hacia ella. Quizás esto se da porque para hablar de mi madre necesitaría un espacio aparte, uno muy grande. O quizás y sencillamente, porque para describirla a ella no alcanzarían las palabras y ninguna frase célebre que pudiera rebuscarme.

Mamá E.T. no es de esas típicas madres paraguayas, que se dedican a coser, planchar, lavar y mucho menos cocinar. Calculo que salí por ella en el aspecto de la cocina. Pero es totalmente verídico que si lo hace, todo, lo hace con absoluto amor. Así que a todo lo demás, le gana eso, el amor que le pone a cada acto. Y el hecho de que salga a las 6 de la mañana y regrese a casa a las 7 de la tarde después de una interminable jornada laboral para demostrarme lo indescriptible que es para ella sentirse útil e independiente. Y aparte, todavía tener tiempo para aguantar a tres hijos algunas veces latosos, otras regañones y otras veces llorones y malhumorados (sobre todo en estos dos últimos me ubico).

Recuerdo que mis hermanos y yo le dimos bastantes dolores de cabeza. Unos más que otros. En mi edad del pavo, mi relación con ella se veía constantemente interrumpida por los fallos y las constantes diferencias entre una adolescente que buscaba su identidad y su lugar en el mundo y una madre que perdía la paciencia con los berrinches de su hija. Por suerte, con los años aprendimos a apaciguar guerras campales a fin de evitar generar una Tercera Guerra Mundial. Y hoy día nuestras peleas se reducen a unos cuantos desplantes por parte de la inquietud y la independencia. A lo mejor su trabajo que implica socializar día tras día con adolescentes y jóvenes iguales o peores de lo que pude -o puedo- ser yo alguna vez, hacen de ella una madre moderna.

Siempre ha sido sobreprotectora. Y claro que esto ha sido motivo suficiente de discordia. Aún hoy, que es madre de un hijo casado, otro que pisa los treinta y una hija de veintitantos que todavía ni siquiera piensa en los compromisos que a ella le tocó asumir mucho antes. Fue madre joven. Motivo suficiente para entender por qué a veces pretende ser más una amiga o una hermana, que una propia madre. Y da gusto. Porque si hay algo que aprendí con el tiempo, es que es capaz de entregar su amor y su tiempo sin esperar que se lo agradezcamos. Y que cambiarla, es lo mismo que esperar que se inunde el Sahara. Porque ella nos quiere y nos cuida todos los días de su vida.

Porque ser madre es considerar que es mucho más noble cambiar pañales y dar la leche que triunfar en una carrera o mantenerse delgada. Aunque aquí me toque reconocer que agradezco haber tenido una madre biológica y otra a la que escogí (mi abuela), para que mamá E.T. pueda desarrollarse también profesionalmente, mientras nosotros, y sobre todo mis hermanos, jugábamos en casa de nuestros abuelos a lo que sea. Mientras papá trabajaba a sol y sombra para mantener dignamente a una familia que acababa de formar, y de la que se arriesgó a hacerse cargo, sin abandonar el hogar, sin demostrar cansancio, siempre dispuesto a alzarnos upa, a hacernos caritas graciosas y a jugar con nosotros alzándonos a caballito.

Ser madre, es una vocación sin descanso. Y agradezco a la mía por haber siempre dignificado nuestra existencia y la suya propia. Por habernos dado tanto, aún hoy. Por habernos prohibido unas pocas cosas y aún así dejar que cometamos nuestros propios errores para que al darnos cuenta de ello, pudiéramos recibir algunos reclamos, pero nunca sin terminar el hecho con un fuerte y cariñoso abrazo.

Me quejo. Me quejo de que cuando salga, mamá me llame cada dos por tres a preguntar si dónde estoy y a qué hora volveré y que la excusa de siempre sea “sé que vos no vas a hacer nada malo, pero los demás sí te pueden hacer algo”. Al final siempre sé que se va quedar desvelada hasta que yo regrese a casa, o que se va a dormir pero con el celular pegado a la oreja.

Al final creo que llegué a comprender que cuando todo el mundo se vaya, y a pesar de haber intentado rebelarme ante sus reglas, la única mano que podría encontrar sin dudar, sería la de ella. Quizás con muchos regaños de por medio, pero no sin un abrazo que me contenga y un “Te quiero” que me susurre a los oídos y que cada noche me va a retumbar como cierto poder mágico para seguir siempre adelante. Porque con los años comprendí que puedo pedirle que me espere con el portón abierto cuando llego tarde a casa, que puede entenderme cuando le cuento de mi crisis financiera o de mis problemas estudiantiles, que ella SÍ puede ser paciente cuando le respondo con un “no puedo ahora” o un “más tarde”. O que puedo llamarle a cualquier hora para llorarle mi pena de amor. O que puede soportar escuchar tantas veces que la califique de “pesada” porque se preocupa demasiado por mí. Pero que nunca dejaría que me quedara callada en el tubo sin al menos escuchar que en ese momento yo estaba bien.

Definitivamente, todo esto ya sabía hace mucho. Tal vez desde que nací lo supe. Desde que ella me gestó y me tuvo por primera vez en sus brazos, a lo mejor antes. Pero solo me pude dar cuenta hace pocos días, cuando me acogía una preocupación por una situación de mi vida que pensaba que si lo comentaba con ella, no recibiría más que reproches. Sin embargo, algo dentro de mí me dijo que era el momento de comprobar si eso sería verdad. Y lo único que hizo fue darme dulces palabras de apoyo, su mirada siempre cómplice y un afectuoso abrazo que sé que de ahí en más iría a parar entre los recuerdos más fraternales y mejor atesorados de mi vida. Sí, ella todo lo vale. Y este post es lo mínimo que se merece. Porque fue ella quien me impulsó a ir tras lo que me apasiona, desde el periodismo hasta el teatro.

“El peor defecto que tienen las madres es que se mueren antes de que uno alcance a retribuirles parte de lo que han hecho. Lo dejan a uno desvalido, culpable e irremisiblemente huérfano”. Isabel Allende.

Dicen que madre hay una sola. Por suerte, porque nadie aguantaría el dolor de perderla dos veces. Aunque la mía vale por tres. Y ojalá nunca tuviera que faltarme.



PD: En realidad también le debo lo mismo a papá E.T. Que pese a no coincidir conmigo en casi nada, jamás dejó de darme su apoyo incondicional. Esperen, dénme unos días, y a través de este blog, él también sabrá lo orgullosa que me siento por tenerlo como mi más grande ejemplo de lucha y de vida.

sábado, 3 de abril de 2010

¡Dejáte querer, mujer!

¿Por qué lo que de vez en cuando esa vocecita se vuelve tan frecuente en esta cabecita volátil?
Lo asumo, mucha falta me hace. Pero es difícil remediarlo.
No quiero sacar una vez más, mi lado oscuro en esta entrada. Por ese motivo, prefiero preguntar por qué algunas mujeres nos empecinamos en idealizar tanto al amor, en comprenderlo en un 100%, en enamorarnos hasta morirnos de amor y al final intentar perfeccionar como taradas a una persona tan mortal como cualquiera.

Firmemente creo que la frase más sabia que se dijo es “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Me pasó. Y no una, sino dos, tres y hasta cuatro veces. ¿Tan difícil resulta dejarnos querer por un hombre que realmente ha hecho méritos de querer estar a nuestro lado? No se trata de lástima ni compasión, se trata de llegar a idealizar el amor en una persona que sí lo merezca. Y no siempre en nuestro afán de querer a quien nos aporrea. ¿Tanto nos cuesta dar vuelta la página, cerrar el círculo y cambiar el final masoquista de nuestra historia?

La mujer dispone y se indispone, tiene más libertad de decisión instantánea. Mientras que el hombre debe arriesgar para ver qué hay del otro lado, sino puede quedarse con la duda eterna. ¿Por qué es tan difícil decir adiós a momentos y personas que pasaron por nuestra vida, cambiar el entorno y vivir sin ese adhesivo sin el cual vinimos al mundo? A fin de cuentas, nadie ni nada es indispensable. Ni una persona, ni una cosa, ni un lugar. No se puede vivir de recuerdos, del “era feliz y no lo sabía”, porque todo ocurre por alguna extraña razón, nada es por casualidad ni fuimos elegidos al azar. Lo que nos pasa no es más que una rutina costumbrista, que si no logramos despegarnos de ella, sería contraproducente para nuestra salud mental y para el amor propio.

Como diría Paulo Coelho: “No creo en las despedidas, si no estoy muerto”. Yo tampoco. Solo creo en que somos capaces de pasar la hoja y darle nuevos capítulos a nuestra propia existencia. No es pecado hacernos querer, que nos amen, que nos mimen, que nos apapachen, que nos hagan entender que no estamos solas en el mundo y que si bien ya somos independientes, nunca está de más sentirnos seres amados y capaces de amar. Una vez alguien me dijo que el amor no se puede demostrar. ¿Será? Y es que no es algo tangible, es más abstracto. Pero así como el sentido de protección y hasta de la duda, el amor se puede sentir. Y saber que siempre que se cierra una puerta, la vida nos abre al menos alguna ventana para darnos una oportunidad más de salir a buscar la felicidad. ¿No será eso lo que está haciendo ahora conmigo, pero que yo, en mi intolerable afán de perfeccionismo crónico, me niego a mirar?

Es necesario saber cuándo acaba determinada etapa de la vida, porque si nos empecinamos en permanecer en ella por más tiempo del necesario, perdemos la alegría, el sentido, y el tiempo.

Sí, el amor y la vida, guardan siempre un bello secreto bajo la manga.
¡Dejáte querer, mujer! Todas nos lo merecemos. Incluso yo.

Y mientras escribo estas líneas sigo pensando: ¿Por qué es tan difícil? Un sí o un no rotundo, puede cambiar divinamente el portuario amoroso de cada quién. Y lo sé. Pero sigo sin querer abrir los ojos. ¿Ironía o masoquismo? Sí, mi misma insistencia de siempre. No es mi lado oscuro. Así soy yo nomás.

Porque como diría un ídolo personal: "El tiempo le va dar la razón al corazón, a la música y al sentimiento. Nunca a los necios".
La canción del día, una salsa para alegrar algunos corazones y esperanzar a otros tantos.

Y ruego que no me pregunten por qué el amor anda siendo mi constante punto de inspiración últimamente, después de unas semanas con inspiración cero. Ni yo sé. Solo les aconsejo que lo disfruten. Ese es el único consejo extraterrestre que les puedo dar, porque hoy día mucho nos andamos olvidando de esa palabra: DISFRUTAR.

viernes, 2 de abril de 2010

Aquel marzo...

Ya sé que ya pasó la conmemoración oficial del Marzo Paraguayo, aquel fatídico recuerdo que sigue tan ferviente en nuestras memorias como si los años no hayan pasado nunca.
En mi afán de periodista, no dejé de recordar esos sucesos vistos en televisión y leídos en los diarios impresos, a los que fui sometida a tan corta edad en una mañana de Marzo de 1999. También tengo mis memorias. Y este es uno de esos ensayos escritos con mi puño y letra en memoria de aquellos misteriosos sucesos. Un 2 de abril, en que también se conmemora el quinto aniversario del fallecimiento del Papa Viajero, a quien también guardo en mi baúl de los recuerdos (para que vean que TODO cabe en mi volátil memoria).



Apenas las balas asesinas apagaron la vida del entonces vicepresidente de la República, se apagaron también las últimas chances de Cubas de seguir gobernando este país. Sin duda, fue el crimen político más dramático del siglo. En lo poco que quedaba de la plaza, entre fuego, ruido y violencia, todavía existía un ambiente de guerra, con olor a sangre y a pólvora, el estruendo de las sirenas, el griterío de la gente y la inmediatez de la muerte. Todo esto sin contar el miedo que nos invadía. Sí, lo teníamos todos. Y a cada segundo, aquel miedo se volvía más inminente cuando las imágenes mostradas en la pantalla del televisor evidenciaban esas horas de terror. Hoy, a 11 años de ese día en que la barbarie se levantó con uñas y dientes, la impunidad sigue instalada entre nosotros. Muchos aseguran que el sacrificio de jóvenes en la plaza, hace más de una década, no sirvió para nada. Pero en su momento, esa valentía logró borrar una larga historia de humillaciones y sometimientos. Aquella vez ganó la gente...


Gracias a esa reacción social luego del "asesinato" del Dr. Argaña, descubrimos que esta sociedad demarca límites muy nítidos en sus códigos de convivencia. La primera generación que creció sin restricciones políticas de ningún tipo, tuvo que salir a las calles a protestar para comprobar que la voz ciudadana puede llegar a tener fuerza. Y esa fue una gesta solidaria que fortaleció el poder de nuestra gente.

En aquel marzo se había cruzado el último límite de la racionalidad humana. Y con tanta bestialidad desatada, era increíble que no haya habiado más muertes. Nuestras jóvenes vidas no cedieron un centímetro de la muerte. Quizás Luis Ma. Argaña en realidad no fue asesinado, a lo mejor todo fue un montaje y un complot para sacar crédito político. Pero aquella patraña que significó su muerte, nos hizo sentir orgullosos y nos devolvió la rebajada dignidad como paraguayos.

Murieron ocho jóvenes y un vicepresidente, y pasó a la historia un juicio político, pero hasta hoy, todo sigue siendo un absoluto misterio. Sin embargo, aún así, en aquel marzo añejado ganamos la lucha por la posesión de la memoria y el respeto.

Aquel marzo... ganó el pueblo.

martes, 30 de marzo de 2010

Cada una de tus cosas


Sin duda, el amor no es ciego, y si lo fuera, sería totalmente irreal.

Pregunto ¿no es mejor reconocer y aprender a querer también las manías latosas y adorables, los días con pelo rebelde y humor arisco, la esporádica falta de romance o la paranoia celosa, su vida en tanto caótica, su humor a veces infantil, a veces extraño, o su manejo distraído o imprudente?

Y sigo preguntando, ¿no es mejor amar a sabiendas de que a veces no nos gusta su forma de ser, de que a veces podemos no soportar ni un segundo a quien más queremos en realidad? ¿Acaso no es esa la esencia de las cosas, de la vida misma?


Llegar a comprender acaso, que nadie es perfecto, que nunca pudimos haber creído en la felicidad hasta cruzar la mirada con esa persona especial, que nos mueve al menos una baldosa cada vez que nos mira, que consigue que se nos acelere el corazón a mil por hora, que con sus ojos nos da algo más que ese sentimiento de protección, que con solo mirarnos hace que nos desmoronemos por completo y se nos ponga la mejilla colorada. Ese mismo que con mirarnos nos da la seguridad de que nos seguirá queriendo a sabiendas de nuestros malos humores, de nuestros desplantes histéricos y nuestros berrinches. Que con solo tenerlo cerca, sentimos que todo vuelve a empezar. Que ya no hay nadie más y descubrir al final que aún nos queda tanto por ofrecer. Ese que con su mirar nos desnuda el alma. Y pese a que lo hayamos buscado o no, por fin llegó. Y no solo pasó, sino que se quedó y esperó. Y al fin, lo estábamos esperando sin saber, y ahí está. A veces le tememos terriblemente al compromiso, temor a que la pasión por hacer las cosas se congele y se quede estático como paranoico. Pero si eso no es amar, entonces ¿qué es?


Nadie es perfecto, ni mucho menos yo, ni siquiera él… Pero al final del día termina siendo la única voz que queremos escuchar, es una suerte de retorno entre lo lúdico y lo ordinario, cuando regresamos a casa, o cuando recibimos su llamada, o cuando está dispuesto a cruzar calles, avenidas y hasta ciudades solo para vernos sonreír, que nos admira con nuestro limón y nuestra sal y a quien podríamos aprender a amar con los mismos condimentos… Porque el amor es un lenguaje universal y despierta lo más indeleble y frágil de cada quien, tal como lo hace la música. ¿Se le puede, acaso, amar en cada de una de sus cosas?

Ante todo, amar no es un simple sentimiento, no es un apasionado beso, ni una caricia imborrable, no es esa mano que abrazó nuestra cintura, y ni siquiera es esa desenfrenada pasión desparramada en los pensamientos o en la cama.

Amar, por sobre todo, es una lección de humildad.
No es sumisa, no, pero sí es magistral.

lunes, 29 de marzo de 2010

Cuando todos lo ven


El Tour Paraíso llegó a Paraguay de la mano de Alejandro Sanz, tras 12 años de su última presentación en el país.

El artista español vino a cerrar su gira latinoamericana con un show de espectaculares juegos de luces, destacado sobre todo por la gran pantalla led que abarcaba todo el escenario, además de dos pantallas laterales adicionales y un muy buen sonido desplegado en el escenario y a lo largo y ancho del estadio, en que alrededor de veinte mil personas coreaban a gusto aquellas memorables canciones de las primeras épocas brillantes del compositor.

Algunos nuevos temas de su último disco fueron recibidos con cierta frialdad por el público presente, puesto que aún no son muy conocidos en nuestro medio. Pero así también, los que calaron profundo y encendieron los corazones y los ánimos de los espectadores fueron esos temas que marcaron los años dorados del español, de la mano de Cuando nadie me ve, que cuando al finalizar dicho tema uno de los guitarristas y director de la banda que acompaña la gira, terminó rompiendo su guitarra por el suelo del escenario, acto que dejó perplejo a los presentes y que se vio reflejada ante una reacción bastante rockera por parte del músico.

Entre canción y canción, y ya empezando a emocionar a su público con Corazón Partío, Sanz interactuó con el auditorio y agradeció la calidez de los paraguayos.

Luego de una pausa, a oscuras, en una noche de luna llena y con un cielo abierto y estrellado, las luces se encendieron solo para iluminarlo a él sentado junto al piano, logrando un aire cómplice e intimista para deleitar con sus temas más románticos, de esos que flechan corazones, que se dedican a los enamorados, especialmente.

Tan cómodo parecía sentirse el artista, que no dejó de mostrarse suelto y carismático ni aún cuando las casi veinte mil almas le pidieron que moviera la colita. O cuando llegó el momento de cantar un No es lo mismo, tema que encabeza su álbum de estudio del año 2003, en que el público empezaba a sulfurarse, a corear y a aplaudir ese momento cumbre. "¡A ver Paraguay... No te oigo!" y los gritos de aprobación no tardaron en responder.

Sanz no cesaba en sorprendernos, cantando su Looking for Paradise -tema que canta a dúo con Alicia Keys- en compañía de una de sus coristas oriunda de Arkansas -y con una voz imponente, dicho sea de paso-. Pero el show no podía llegar a su fin así nomás. Si no sonaba ese tema, esa canción que se volvió en un himno del cantautor español. Esa melodía que hizo de él uno de los músicos románticos más destacados, esa canción dedicada a esa mujer especial, a esa "amiga" a la que le cuesta confesar su amor. Si con ese tema no llegaba al clímax, ni Lennon lo habría hecho con su Imagine, ni Arjona lo habría conseguido con Mujeres, ni Calamaro lo hubiese logrado con Paloma. Y ahí estaba. Pactando con su propio público regresar después de que pidieran un bis para proponer un popurrí con A la primera persona -tema que personalmente, amé de El tren de los Momentos-, Mi soledad y yo -de esos temas que te dejan sin aliento- y el ya himno de Sanz, Amiga Mía -ese tema que nos emociona a tantas cada vez que lo escuchamos-. Y así coronaba una noche de casi dos horas y media de show, en que Alejandro Sanz pagó la deuda de 12 años que tenía con su público paraguayo, sin dejar ningún cabo suelto pero eso sí, sin hacernos escuchar aquel Pisando Fuerte compuesto en plena adolescencia. Una noche en que es indudable que se entregó a pleno, que se desvivió con cada canción, que hizo suspirar a más de una -y me incluyo- con su inagotable carisma y su inconfundible voz y sobre todo, una noche en que celebró a todos los enamorados lo lindo que tiene el amor.

Y eso que mucho me hablaron de no ir a ver a un músico que con su último disco se había vuelto comercial y había perdido todo aquel encanto de sus veintitantos, de sus inicios. Sin embargo quienes lo vimos en el Olimpia el sábado último, vimos al mismo artista carismático de siempre. Pero que sin duda, no tiene nada de rockero. Y aún así, nos enamora. A fin de cuentas, para eso es Alejandro Sanz, para tocarnos el corazón -no para destrozar guitarras-. Aún así, un concierto en el que se entregó en un 100%, en que prometió no tardar otros doce años en volver y en que se agradece tanta empatía hacia un público que por momentos parecía no corresponderle a sus cumplidos, pero que igual logró brillar, haciéndonos ver que ese Paraíso que tanto busca en su último álbum, existe.

Y como siempre, les dejo una bellísima canción de su último disco. No de la inmensa profundidad y gran sentimentalismo de Quisiera Ser o La fuerza del corazón. Pero es un tema que dice mucho y quizás es lo más cercano a aquellos años dorados. Y que de paso, se lo dedico a esa persona especial.

Ya no duele porque al fin ya te encontré
Hoy te miro y siento mil cosas a la vez
La la la...

lunes, 15 de marzo de 2010

Somos el Mundo por Haití

Idealizado por Michael Jackson y Quincy Jones, We are the World recaudó millones de dólares para las víctimas del hambre en África. Ahora, la grabación de "Somos el mundo" capta el mismo entusiasmo, propósito y la misma generosidad de la grabación original de hace 25 años. Mediante las contribuciones de nuevas voces y el apoyo de la gente se espera ayudar a las víctimas del terremoto de Haití. De esta manera, además, la misma Fundación "We Are The World" se compromete con la transparencia y la ayuda a fomentar el espíritu de activismo que existía en el corazón del movimiento y la canción original.

EL video quedó excelente, y si querés solidarizarte tenés que entrar a www.somoselmundo.org y hacer un click en DONAR o sino en la página del video subido a youtube hay un botón a la derecha que dice DONÁTE, click ahí y les va a direccionar a la página de donación. Se puede donar desde 10$ hasta 200$, solo es cuestión de tener tarjeta de crédito.