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miércoles, 21 de febrero de 2018

Veintitodos




Hace dos meses llegaba, finalmente, a esa franja de riesgo a la que la mayoría de las mujeres, sobre todo, le temen: los veintitodos.

Y llegué nomás, así sin red de seguridad ni arnés que me sujeten. Llegué de cabeza al último escalón antes de alcanzar la tan respetada y temida treintena.

Siento mucha ansiedad. Sobre todo porque me da pena dejar esta década que nunca voy a olvidar por estar marcada por grandes logros en mi vida, por grandes sueños cumplidos, entre ellos un título universitario, un trabajo que me apasiona, unos sobrinos hermosos, una maestría en el exterior y muchos paisajes recorridos por el mundo. Así que si pretendo que la tercera década supere a esta, la vara está muy alta.

Y sí, tal vez también haya un poco de miedo. Ese temor a que se acabe lo bueno, aunque, paradójicamente, los años pares siempre fueron de buena racha para mí.

De todos modos, nunca me gustaron esas frases tipo "los 30 son los nuevos 20...", porque pienso que no hay que tener miedo a cumplir años. Cada edad, cada década, cada año nos enseña algo que no encontramos en las estadísticas ni en las listas de "cosas que hacer antes de los...".

El año pasado, los veintitodos ya me tocó recibirlos en Asunción. Y llegaron trayéndome un montón de cosas en qué pensar -como ya es costumbre, en realidad-. Aunque sé que es una barrera mental absurda y que la sociedad se encargó de alimentar, es inevitable sentirse apabullada por la cercanía a los 30. Irremediablemente me empiezo a hacer preguntas que deberíamos hacernos siempre y no solo por tener una edad, como: ¿quién soy? ¿Qué hice hasta ahora con mi vida? ¿Soy quien siempre quise ser? ¿Estoy con quien quiero estar? ¿Estoy donde realmente quiero estar?

Siento la incertidumbre que me recorre el cuerpo cuando pienso en todo lo que viví y lo que todavía me falta. Cuando hace poco más de un año salía de mi casa para partir a vivir 13 meses en Barcelona, un cúmulo de sentimientos se apoderó de mí, me invadieron miedos, incertidumbre, emoción, felicidad. ¡Estaba por cumplir otro sueño! Pero claro que los sueños también implican sacrificios, en este caso la distancia, el desarraigo... Que aunque fuese una elección personal, eso no la hizo más fácil. Luego se vinieron las personas increíbles que conocí y los lugares alucinantes que recorrí. Más tarde le siguió la incertidumbre de la tesis, las crisis y la vuelta a casa. Pero después de toda esa experiencia, ¿qué?

Alguien sabio dijo una vez que se hace camino al andar... El tema es descubrir hacia dónde vamos.

Siempre creí que no cambiaría por mucho que pasaran los años. Y si bien intento mantener mi esencia, comprendí que no son los años los que le cambian a uno, sino las experiencias. La vida se encarga de modificar tus estructuras, de sorprenderte con dolores y alegrías y rematar esos días del espectador con tertulias y risas.

La decena de los 20 está llena de energía y de experiencias. Pero también de todo lo anterior: incertidumbre, temores, inseguridades y decepciones. Seguramente es la época de la vida en la que ocurren más cosas. Y es que hace poco leí que el 80% de los momentos clave de la vida ocurren antes de los 35 -todavía corro con 6 años de ventaja-. También se dice que los diez primeros años de carrera casi siempre son el reflejo del trabajo que tendremos el resto de nuestra vida. Y que el cerebro tiene dos fases de desarrollo: los primeros 5 años siendo bebés y de los 20 a los 30. Nunca nuestra personalidad cambia tanto como en los veintitodos. Y hablando de amor, por si todo lo anterior fuera poco, el 50% de los que llegan a los 30 con pareja estable lo hacen con quien luego será la definitiva. En fin, estadísticas más, estadísticas menos.





En estos 29 años aprendí más de 29 lecciones, pero destaco estas para que nunca me olvide que mi vuelta número 29 al sol fue memorable y que me encontró como una persona demasiado agradecida con el universo.

(1) Aprendí que siempre se aprende de todo lo vivido, de lo bueno, de lo malo y de lo feo. Y que uno elige qué recordar, qué atesorar y qué desechar, pero que absolutamente todo ayuda a crecer y nos convierte en lo que somos.
(2) Que quitarse la armadura te lleva a recibir golpes, pero también caricias, que vivir con los brazos abiertos deja el camino igual de despejado al que te quiere partir la cara que al que te quiere dar un abrazo, y que no se puede optar a lo uno sin lo otro.
(3) Aprendí que hay que querer, si no, no sirve. Que hay que esperar siempre menos y seguir dando igual, o más. Que aunque te digan que no confíes, hay que confiar, entregarse igual y dar amor, o si no se anula mi existencia. Que la decepción existe, pero que no hay nada mejor que confiar en vos mismo, en tus propias decisiones y en tu propia fuerza. Y dejar que el resto vaya llegando con sabores más o menos agridulces. De eso se trata la vida.
(4) Comprobé que es mentira lo que dicen los noticieros, eso de que el mundo es un peligro constante, que todo es malo y que ya no se puede confiar en la gente. El mundo NO está tan mal como nos quieren hacer creer. En Turquía me trataron mejor que en ningún otro lugar. Fatih, un vendedor de alfombras turcas, nos recibió en su tienda en Capadoccia, nos invitó abundante té, nos preparó el almuerzo y por si fuera poco, se despidió con una selfie y un recuerdito de la ciudad. En Liverpool me devolvieron la mochila con la computadora con la tesis, la cámara Canon, dinero y todos mis documentos. En Rusia, algunos extraños me ayudaron cuando unos turistas me robaron mi billetera. Y hablando de billeteras, en Berlín me la devolvieron cuando la dejé olvidada en el sótano donde se guardan las maletas. En Barcelona me encontraba llorando en el metro camino a casa y antes de bajarse, un chico se acercó a dejarme un paquetito de pañuelos desechables -¡qué acto más noble!-. Creo que en realidad existe poca gente mala y tras quienes lo parecen suele haber un niño asustado. O es eso, o yo soy una persona con suerte.
(5) A todo esto, comprobé también que el mundo es un lugar inmenso, que los pequeños somos nosotros, pero que en realidad las fronteras no existen, más que nada son fronteras mentales y que, si algún día soy madre, le pondré a mi hijo o hija un mapamundi en la pared de su cuarto para que entienda que afuera hay mucho más de lo que se pueda imaginar, que el mundo no termina en Paraguay. No quiero que piense, como muchos, que el extranjero es solamente lo que está fuera del hotel. Ah, y que no, nunca sabremos tanto inglés. Que a veces el idioma puede ser una barrera en algún lugar, pero que hay muchas otras formas de comunicarse (En Rusia y en Turquía casi no hablaban inglés, pero sobrevivimos).
(7) Descubrí que hacen falta varios "no lo volveré a hacer" para realmente no volverlo a hacer y que la diferencia entre el número de errores y el número de disculpas se llama orgullo, que las relaciones que más duran son aquellas en las que los dos prefieren estar juntos a tener la razón y que nunca es tarde para pedir perdón ni agradecer a quien te cambió el día.
(8) Con respecto a los NO, aprendí que a veces los no que al principio nos deprimen o desmotivan, pueden funcionar como puntapié inicial para perseguir con más ahínco tus sueños. Y que estos, a su vez, pueden ser grandes y pequeños, aunque en realidad son pocos los que apuestan a lo grande. Pero que todos se pueden cumplir. Incluso volar, hay quienes lo hacen con un paracaídas. Yo subí a un globo aeroestático en Capadoccia y fui muy feliz.
(9) Aprendí que "llegar lejos" o "ser exitoso" no es ser famoso, salir en la tele o tener mucho dinero, sino ser mucho mejor de lo que eras en tu punto de partida. Que lo contrario al éxito no es el fracaso, si no el no intentarlo y lo más importante, que el éxito no se mide por el traje o el maletín, sino por el brillo de los ojos.
(10) Aprendí que hay muchos tipos de relaciones, que unos vienen para quedarse y otros para enseñarte. Que grandes amigos pueden volverse en grandes desconocidos y que al contrario, un desconocido puede convertirse en alguien inseparable. Que los amores pueden llegar por sorpresa o terminar en una noche.
(11) Y hablando de amor, aprendí que hay que apostar y jugarse. Que cualquier relación te dejará alguna lección y que si bien las penas de amor nunca serán fáciles, se aprende a lidiar con ellas. Que enamorarse siempre vale la pena, aunque te rompan el corazón. Total, comprobé que de amor y por amor no muere nadie.
(12) Entendí que el mundo no siempre se rige por la justicia o los méritos, que no existen las garantías, sino las oportunidades y que hay que saber aprovecharlas. Que bueno y fama no son lo mismo y que lo sublime y la belleza no lo crea el aplauso. Que para dejar huella y trascender no hay que seguir los pasos de todo el mundo, que ser una excepción es la única forma de ser excepcionales.
(13) Perdonar te convierte en una persona más fuerte, no más débil. Que es de valientes reconocer cuándo es necesario disculparse y retractarse, pero que también es de sabios saber en qué momento hay que dejar ir. Que hay cosas (personas, lugares, momentos, futuro...) que claramente valen la pena y otras que no.
(14) Que a veces quedarse puede significar ir demasiado lejos y que hay que rodearse de quien nos haga el camino más liviano, interesante, lindo y mejor, que literalmente valga la alegría, no la pena, que nos cuide y nos haga bien. Que alejarse de la gente que te chupa energía es una opción para vivir mejor.
(15) Descubrí que madurar consiste en dejar de buscar ser feliz para aprender a estar feliz en pequeñas dosis. Que nadie es plenamente feliz por mucho tiempo, pero que sí es posible empezar a estar felices por momentos gracias a gestos sutiles, pequeños detalles o cosas tan poco valoradas como levantarnos de la cama sin que nos duela nada.
(16) Aprendí que no hay que esperar siempre al verano o al viernes porque nos perdemos lo que pasa mientras todo eso pasa.
(17) Aprendí que cada vez soy más consciente de lo que quiero y de lo que no, en qué invierto mi dinero y mi tiempo, con quién y por qué. Que no hay que dejarse llevar por la pereza y hay que tener voluntad. Que hay que comer sano y hacer ejercicios. Que no hay que dejar de leer, de ir al cine, de visitar exposiciones y escuchar música que nos remuevan algo por dentro y que nos inspiren a lo que sea.
(18) Aprendí que cuando uno empieza a hundirse, hay que saber mirar más allá de la isla, a otras tierras, aunque vayamos a contracorriente. Que tocar fondo puede servir para tomar impulso, como una revancha. Que a veces hay que perderse para poder encontrarse y que muchas veces viajar puede ser la respuesta a muchas preguntas. 





(19) Entendí que a veces las decisiones más tristes y dolorosas tienen más de valientes que de cualquier otra cosa y que cuando te desafías a vos mismo, te volvés valiente para siempre. Que en época de tribulaciones no hay que hacer mudanza,  que las decisiones tomadas con el corazón duelen más, pero son las más certeras.
(20) Aprendí a valorar más a mi familia, a extrañarlos, a verlos como mi refugio y mi sostén más grande. Que los momentos disfrutados con ellos son impagables y que ojalá pudiera congelarlos para siempre. Logré asimilar que los padres nunca serán perfectos porque son humanos, pero que nadie debe vivir sin ellos y sin abuelos.
(21) Que tu tiempo es para quien lo merece. Que nunca deben morir tu curiosidad, tu fuerza y tus ganas infinitas de cambiar el mundo. Que hay que obedecer siempre a la razón, no a la autoridad.
(22) Entendí que una de las peores cosas que te puede pasar es no dedicarte a lo que amás por preferir el dinero, un "status" o satisfacer a otros.
(23) Que no siempre la falta de amor o una infidelidad pueden ser los únicos motivos válidos para terminar una relación. Que a veces puede ser lo contrario, que haya un torbellino de amor tan grande que eso ocasione la separación, porque a veces solamente con querer no es suficiente. Con el tiempo uno aprende que la base de cualquier relación es la confianza, pero que también el compañerismo y la proyección con el otro son importantes.
(24) Que el sentido del humor es una de las formas más sofísticadas de inteligencia y que hay que saber reírse de uno mismo, eso siempre nos salvará. Que el físico atrae, pero la personalidad enamora. Y que la conversación y el poder ser uno mismo frente al otro son los factores más importantes en cualquier tipo de relación. 
(25) Que el nunca más, nunca se cumple, y que el para siempre, siempre termina. Que no sirve de nada seguir negando lo inevitable.
(26) Aprendí que las gracias y los besos se dan hoy, los te quiero se repiten, no se dan por sentado y las botellas y las puertas se abren ahora.
(27) Que la vida nos sorprende ahí, a la vuelta de la esquina, que sin esperarlo nos regala maravillas. Que simplemente ya poder amanecer es motivo de agradecimiento. Que la vida, el horizonte, los sueños, las ganas, el amor, la libertad y la felicidad de estar tranquilos por ser auténticos en cada uno de nuestros actos es una bendición. 
(28) Aprendí que la vida es demasiado corta para quitarse años o no celebrarlos. Que sea buenísimo o malísimo, todo pasará, así que solo queda disfrutar del momento. A veces no alcanza con seguir los consejos de todo el mundo, simplemente hay que seguirle a la intuición, dejarse llevar por el sexto sentido y dejar que todo fluya.
(29) Que ninguna ley social, que ninguna sociedad machista debe condicionar tus derechos como mujer. Que tu género no te condicione. A la China lo que diga la sociedad sobre las reglas para ser una persona normal y encajar. Tu vida es tuya, tus decisiones son tuyas. Y con los años te vas a dar cuenta que la coherencia entre tu forma de pensar y tu manera de vivir, es lo que te hará llevar una vida tranquila y mantener tu paz mental. Y eso no tiene precio.

Y sobre el amor... Creo que a esta edad saber mucho es lo mismo que no saber nada. Así que esa tarea la dejo para los 30. Por ahora solamente puedo decir que aproveché todas las oportunidades, amé, disfruté, sufrí, perdí, pero también gané muchísimo. Que pase lo que pase, vale la pena seguir con el corazón abierto.

Bienaventurados los veintitodos y se hará lo que se pueda.

Descripción fotográfica de la felicidad: volar en globo en Capadoccia (Turquía).


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Dejar ir



Se va el año y esperé con ansias el momento para escribir mi tradicional balance. Irremediablemente esta época del año me invita a hacer un equilibrio para revisar lo que viví, lo que corrí, para seguir construyendo e intentar ser mejor persona.

Muchos se burlan o toman con ironía el hecho de hacer uno, pero para mí es la mejor manera que encuentro de exteriorizar lo aprendido a lo largo de 365 días y que no solo queden de manera aislada en un rincón de mi memoria. Además, los compromisos de año nuevo quedan pactados con testigos que están en línea siguiendo este blog.

El fin de año, inconscientemente, me obliga a repasar lo vivido. Es un pacto tácito que tenemos la vida, el tiempo y yo.

En este recuento exprimo a mi memoria y reviso todos los detalles de mi existencia. Me hago preguntas con la esperanza de encontrar muchas más respuestas y de paso confirmo que hay cuestiones y dudas que aún siguen siendo -y quizás lo serán siempre- un espacio en blanco, seguida por puntos suspensivos, como una hendidura y una grieta en mi espíritu nómada que intento restaurar a menudo -aunque sin éxito- y que se volvió en una mala costumbre. 

Tal vez no es tan malo después de todo. Honestamente, me hace sentir importante el saber esa capacidad mía de cuestionar el mundo y todo lo que me rodea, incluyéndome a mí. Pero... ¿cómo evitarlo? ¿Quién era yo hace un año? ¿Quién era antes de este año que viví corriendo? ¿Quién era yo antes de calzarme las zapatillas o los championes y salir a la calle a enfrentar los nuevos cambios que traen consigo un nuevo año o ciclo?

Me tomó vintiséis años llegar a este punto. Un punto que poco a poco se va pareciendo a lo que alguna vez soñé. Aunque me hubiera gustado que sucediera antes, tampoco me disgusta que pase ahora. En el camino, es cierto, se llegaron a marchitar ideales y verdades que creí absolutas. Guardé en un cajón cartas de amor y de amistad, junto a fotografías desteñidas y recuerdos en sepia. 

En estos trescientos sesenta y cinco días tuve experiencias que preferí olvidar y otras que me gustaría no olvidar jamás. Pero finalmete, este post va a ser positivo. Porque sobre todo, fue un año de aprendizajes. Un año que dejé ir oportunidades, viéndolas perderse en el recuerdo, como un globo. Y todo para apostar a un sueño pospuesto, como una materia pendiente (sí, sobre todo laboralmente).

El primer gran cambio fue justo y sumamente necesario. Cambio de aires, de ambiente, de equipo. Cambio de trabajo. Una asignatura en deuda conmigo misma y por la cual rechacé otras propuestas para aferrarme aún más a mi vocación de periodista (aclaro, por si quede la duda). Aprendí que lo único constante es el cambio y a veces suele ser algo irremediable. Que no me hallo puede ser un motivo más que suficiente para irme de un sitio y encarar otro desafío. Conocí gente que me ayudó de una forma inesperada. Que terminó siendo parte elemental de un año cargado de buena onda, positivismo, emociones, momentos compartidos y madurez.

Después de mucho tiempo puedo decir que mi trabajo me hace inmensamente feliz. Vivir de la palabra escrita y que te reconozcan por ello, es lo que más dignifica tu trabajo y tu persona. Y sobre todo te motiva a seguir, a crecer, a tirar para adelante, a estar siempre dispuesto a remar. Conlleva muchas más dificultades, muchos más desafíos y mucho más compromiso, pero nada es comparable al hecho de plasmar sentimientos, pensamientos, ideales e historias que de una u otra forma también marcan tu vida.

No puedo decir que todo fue color de rosas, tuve mis bajas. Pero soy una convencida de que si sentís que estás donde querés estar, las bajas pasan a ser parte de una lección constante, para crecer, madurar, aprender... Y finalmente, ser mejor.

Personalmente, el panorama no fue distinto. Mi humor cambió, mi estado de ánimo mejoró, las ganas de perseguir mi viejo sueño que ya se estaba durmiendo en algún estante viejo de mi trabajo anterior, afloraron con más fuerza que nunca. Y quizás volver a hacer terapia me ayudó. Cuando mi psicóloga me pidió que escribiera una frase que defina mi vida, al recordar las palabras de mi papá cuando le dije que quería ser Periodista y me respondió: "Te vas a morir de hambre", inmediatamente me inspiró a escribir la frase: "Todo es posible". Si algo me enseñó este año, es juestamente eso, que todo es posible. Trabajé, me esmeré por llegar a donde estoy ahora, que no me quedan dudas que todo es posible.

Y hablando de mi papá, de alguna manera, este año me permitió acercarme más a él, saber que tenemos muchas más cosas en común de las que creía tener. Como que dormimos de la misma forma -abrazados a una almohada-, o que tenemos la misma manía por el maní y el queso. Pero que también tenemos diferencias abismales en cuanto a ideologías y pensamientos. Pero me quedo con lo lindo, de saber que aún en la distancia, hay cosas mucho más fuertes que nos unen. Como mi idea de alguna vez ser tan grande como él. -Por cierto, pasé Navidad sola con él. Y lejos de pasarla mal, fue una de las mejores Navidades de los últimos años-.

Lo más importante de este año es que vislumbré una luz y una tenue brisa caló profundamente en mí al ver el par de ojitos de mi segunda sobrina. ¡Sí que fue un hermoso año! Tan lindo, que lo voy a atesorar como algo invaluable. Definí mi vocación de ser tía, de estar dispuesta a dar la vida por alguien más, de querer defender mis ideales a capa y espada, de no darme por vencida nunca. Y muchos otros valores que una nueva vida puede aflorar.

Vi muchas películas que marcaron mi año, pero La vida secreta de Walter Mitty afianzó mi ideal de seguir soñando. "En la vida hay que tener valor y afrontar lo desconocido", o "Un recordatorio de que los sueños están para ser cumplidos" o finalmente "Ver el mundo, afrontar peligros, traspasar muros, acercarse a los demás, encontrarse y vivir. Ese es el propósito de la vida". Pillé que no está mal soñar despierto todo el tiempo. Me lo demostró Walter Mitty.

Musicalmente hablando, tampoco me puedo quejar. La música siempre te acerca a la gente, nunca te aleja. Me pasó con Coldplay, cinco años atrás. Amigos que un concierto musical unió, y que no lo separó nadie más, hasta ahora. Este año vi shows que siempre te dejan un sabor a insuficiencia -Los Piojos, Jarabe de Palo, Jack Johnson, Fito Paéz y muchos más-. Pero finalmente, lo más lindo de esos conciertos, siempre resultaron ser la compañía que en cada uno de ellos me acompañó para cantar, gritar, bailar, saltar, emocionarme y hacer el pogo masivo que nunca puede faltar. La música también me acompañó en cada momento de mi vida y afianzó relaciones con personas que hoy forman parte de una lista de seres intrañables en mi historia.

Existen muchas cábalas de año nuevo, como dar una vuelta a la manzana a la medianoche, con una valija en mano, para viajar más. O comer doce uvas. O vestir ropa blanca. Pero también dicen que si empezás el año viajando, vas a tener un año movido, ajetreado y con muchas aventuras. Yo las tuve. Los primeros días de enero y el paseo a Corrientes anticipaba un año con muchos más paseos, viajecitos cortos, recorridos y aventuras con amigos. 

Me entregué más a las horas y al tiempo, para finalmente sorprenderme con más momentos felices. Llegaron afectos nuevos, que espero hayan llegado para quedarse. Transité el año con más alegría y entusiasmo. Hice las paces con algunos enemigos como las dudas, los miedos, las confusiones, las soledades y el año que viene espero hacer las paces con el malhumor. Apendí a guardar cada momento en un frasquito -y no solo en la pantalla del celular-, para abrirlo cada vez que me sentía sola y así prolongar mis momentos de felicidad. Mi panza se llenó de carcajadas y mi imaginación no paró de crear.

Pero por sobre todo, este año dejé ir muchas cosas a las que no extraño, porque me fui desterrando de cosas negativas y corrosivas que solo afectaban mi bienestar y mi paz interior. Este año busqué, desesperadamente, resaltar más las virtudes y opacar más las miserias. Tomé un rumbo opuesto y elegí el lugar donde quiero estar, con las manos medio vacías o medio llenas, ¿qué importa? También con un manojo de dudas en el bolsillo, pero finalmente se trata de ir tras un sueño y dar un paso a la vez. Así que lo demás, poco y nada importa.

Y más que nunca, aprendí a creer en los finales felices.

El próximo año, que ya está por llegar, anhelo los mismos deseos de años anteriores. Seguir buscando más momentos de felicidad. Deseo poder ser más espontánea y dejarme llevar más por mis instintos que por los cálculos monetarios y matemáticos y desterrar el miedo y las dudas de una buena vez. Deseo enfocar mi energía en personas que de verdad lo necesiten y así devolver parte de todo lo bueno que la vida me regala todos los días.

Este año brindo por mi familia, sobre todo por mi abuelo, que celebró sus 83 años. Celebro la dicha de seguir teniéndolo entre nosotros. Brindo por mis amigos y mis compañeros que son pieza clave en mi crecimiento. Brindo por mis sobrinos, por hacerme ver todos los días que la felicidad plena no existe, que son pedacitos de momentos compartidos con las personas ideales. Que ser niños es la mejor etapa de la vida, porque es posible medir la alegría en paquetes de caramelos, en vueltas en calesita, en sube y baja y en hamacarse por los aires. 

En esta época es cuando más tomo consciencia de todo lo que hice y lo que no, de lo que aprendí, disfruté, compartí... Solo para darme cuenta de que un año más pasó volando. Busqué, soñé, cambié y justamente de todas esas búsquedas, sueños y cambios es de lo que estuvo hecho este 2014. Y en cada una de ellas, tuve presente a mi abuela. Porque nunca hay que olvidarse de dónde venís, para poder enfocarte a donde sea que vayas.

Me despido de este año con una mirada cómplice y una sonrisa. ¿Fue el mejor? No sé. Decir que fue el mejor sería limitarme a que el 2015 no lo sea. En realidad, si hay algo que se me grabó, es que cada año tengo que buscar que sea mejor que el anterior. 

Se va otro año y sin embargo se mantienen intacto en mí los deseos de vivir de acuerdo a mis pasiones y principios, a seguir sumando pequeños triunfos para cumplir grandes sueños. Pero por supuesto que en el camino también voy a ir disfrutando, como hasta ahora. Quizás haya elegido un camino duro, pero a veces pienso que esta carrera me eligió a mí, porque siento que esta puede ser mi forma de acercarme a la gente, de aportar mi grano de arena a este pedazo del mundo. Y en este camino, reconozco, me voy cruzando con gente tran grande y especial que me hace crecer y mejorar un poco más todos los días, que con su apoyo generan en mí las mejores sensaciones. 

Se va el 2014, dejándome un montón de cosas que no se comparan ni con un camión repleto de oro -al más puro estilo de la película La estafa maestra-. Con la diferencia de que el acceso a la caja fuerte está en mí misma, en mis ganas de seguir caminando y aprendiendo.

Con todo esto, lo que más deseo es que el año que viene, venga acompañado de mayor bondad para compartir más y mayor sabiduría para consumir menos. Y desde luego, la infinita capacidad de seguir soñando.

Finalmente, la felicidad cabe en galletitas tipi remojadas en un vaso de Toddy... ¡Claro que sí!

¡Feliz, feliz, feliz 2015!


Y vuelvo a compartir esta canción en un post -por segunda vez este año-, simplemente por dos razones: una, que me gusta y dos, los voy a ir a ver en vivo dentro de poquito, en lo que implicará la primera pequeña aventura del nuevo año. ¡Salú!