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miércoles, 21 de febrero de 2018

Veintitodos




Hace dos meses llegaba, finalmente, a esa franja de riesgo a la que la mayoría de las mujeres, sobre todo, le temen: los veintitodos.

Y llegué nomás, así sin red de seguridad ni arnés que me sujeten. Llegué de cabeza al último escalón antes de alcanzar la tan respetada y temida treintena.

Siento mucha ansiedad. Sobre todo porque me da pena dejar esta década que nunca voy a olvidar por estar marcada por grandes logros en mi vida, por grandes sueños cumplidos, entre ellos un título universitario, un trabajo que me apasiona, unos sobrinos hermosos, una maestría en el exterior y muchos paisajes recorridos por el mundo. Así que si pretendo que la tercera década supere a esta, la vara está muy alta.

Y sí, tal vez también haya un poco de miedo. Ese temor a que se acabe lo bueno, aunque, paradójicamente, los años pares siempre fueron de buena racha para mí.

De todos modos, nunca me gustaron esas frases tipo "los 30 son los nuevos 20...", porque pienso que no hay que tener miedo a cumplir años. Cada edad, cada década, cada año nos enseña algo que no encontramos en las estadísticas ni en las listas de "cosas que hacer antes de los...".

El año pasado, los veintitodos ya me tocó recibirlos en Asunción. Y llegaron trayéndome un montón de cosas en qué pensar -como ya es costumbre, en realidad-. Aunque sé que es una barrera mental absurda y que la sociedad se encargó de alimentar, es inevitable sentirse apabullada por la cercanía a los 30. Irremediablemente me empiezo a hacer preguntas que deberíamos hacernos siempre y no solo por tener una edad, como: ¿quién soy? ¿Qué hice hasta ahora con mi vida? ¿Soy quien siempre quise ser? ¿Estoy con quien quiero estar? ¿Estoy donde realmente quiero estar?

Siento la incertidumbre que me recorre el cuerpo cuando pienso en todo lo que viví y lo que todavía me falta. Cuando hace poco más de un año salía de mi casa para partir a vivir 13 meses en Barcelona, un cúmulo de sentimientos se apoderó de mí, me invadieron miedos, incertidumbre, emoción, felicidad. ¡Estaba por cumplir otro sueño! Pero claro que los sueños también implican sacrificios, en este caso la distancia, el desarraigo... Que aunque fuese una elección personal, eso no la hizo más fácil. Luego se vinieron las personas increíbles que conocí y los lugares alucinantes que recorrí. Más tarde le siguió la incertidumbre de la tesis, las crisis y la vuelta a casa. Pero después de toda esa experiencia, ¿qué?

Alguien sabio dijo una vez que se hace camino al andar... El tema es descubrir hacia dónde vamos.

Siempre creí que no cambiaría por mucho que pasaran los años. Y si bien intento mantener mi esencia, comprendí que no son los años los que le cambian a uno, sino las experiencias. La vida se encarga de modificar tus estructuras, de sorprenderte con dolores y alegrías y rematar esos días del espectador con tertulias y risas.

La decena de los 20 está llena de energía y de experiencias. Pero también de todo lo anterior: incertidumbre, temores, inseguridades y decepciones. Seguramente es la época de la vida en la que ocurren más cosas. Y es que hace poco leí que el 80% de los momentos clave de la vida ocurren antes de los 35 -todavía corro con 6 años de ventaja-. También se dice que los diez primeros años de carrera casi siempre son el reflejo del trabajo que tendremos el resto de nuestra vida. Y que el cerebro tiene dos fases de desarrollo: los primeros 5 años siendo bebés y de los 20 a los 30. Nunca nuestra personalidad cambia tanto como en los veintitodos. Y hablando de amor, por si todo lo anterior fuera poco, el 50% de los que llegan a los 30 con pareja estable lo hacen con quien luego será la definitiva. En fin, estadísticas más, estadísticas menos.





En estos 29 años aprendí más de 29 lecciones, pero destaco estas para que nunca me olvide que mi vuelta número 29 al sol fue memorable y que me encontró como una persona demasiado agradecida con el universo.

(1) Aprendí que siempre se aprende de todo lo vivido, de lo bueno, de lo malo y de lo feo. Y que uno elige qué recordar, qué atesorar y qué desechar, pero que absolutamente todo ayuda a crecer y nos convierte en lo que somos.
(2) Que quitarse la armadura te lleva a recibir golpes, pero también caricias, que vivir con los brazos abiertos deja el camino igual de despejado al que te quiere partir la cara que al que te quiere dar un abrazo, y que no se puede optar a lo uno sin lo otro.
(3) Aprendí que hay que querer, si no, no sirve. Que hay que esperar siempre menos y seguir dando igual, o más. Que aunque te digan que no confíes, hay que confiar, entregarse igual y dar amor, o si no se anula mi existencia. Que la decepción existe, pero que no hay nada mejor que confiar en vos mismo, en tus propias decisiones y en tu propia fuerza. Y dejar que el resto vaya llegando con sabores más o menos agridulces. De eso se trata la vida.
(4) Comprobé que es mentira lo que dicen los noticieros, eso de que el mundo es un peligro constante, que todo es malo y que ya no se puede confiar en la gente. El mundo NO está tan mal como nos quieren hacer creer. En Turquía me trataron mejor que en ningún otro lugar. Fatih, un vendedor de alfombras turcas, nos recibió en su tienda en Capadoccia, nos invitó abundante té, nos preparó el almuerzo y por si fuera poco, se despidió con una selfie y un recuerdito de la ciudad. En Liverpool me devolvieron la mochila con la computadora con la tesis, la cámara Canon, dinero y todos mis documentos. En Rusia, algunos extraños me ayudaron cuando unos turistas me robaron mi billetera. Y hablando de billeteras, en Berlín me la devolvieron cuando la dejé olvidada en el sótano donde se guardan las maletas. En Barcelona me encontraba llorando en el metro camino a casa y antes de bajarse, un chico se acercó a dejarme un paquetito de pañuelos desechables -¡qué acto más noble!-. Creo que en realidad existe poca gente mala y tras quienes lo parecen suele haber un niño asustado. O es eso, o yo soy una persona con suerte.
(5) A todo esto, comprobé también que el mundo es un lugar inmenso, que los pequeños somos nosotros, pero que en realidad las fronteras no existen, más que nada son fronteras mentales y que, si algún día soy madre, le pondré a mi hijo o hija un mapamundi en la pared de su cuarto para que entienda que afuera hay mucho más de lo que se pueda imaginar, que el mundo no termina en Paraguay. No quiero que piense, como muchos, que el extranjero es solamente lo que está fuera del hotel. Ah, y que no, nunca sabremos tanto inglés. Que a veces el idioma puede ser una barrera en algún lugar, pero que hay muchas otras formas de comunicarse (En Rusia y en Turquía casi no hablaban inglés, pero sobrevivimos).
(7) Descubrí que hacen falta varios "no lo volveré a hacer" para realmente no volverlo a hacer y que la diferencia entre el número de errores y el número de disculpas se llama orgullo, que las relaciones que más duran son aquellas en las que los dos prefieren estar juntos a tener la razón y que nunca es tarde para pedir perdón ni agradecer a quien te cambió el día.
(8) Con respecto a los NO, aprendí que a veces los no que al principio nos deprimen o desmotivan, pueden funcionar como puntapié inicial para perseguir con más ahínco tus sueños. Y que estos, a su vez, pueden ser grandes y pequeños, aunque en realidad son pocos los que apuestan a lo grande. Pero que todos se pueden cumplir. Incluso volar, hay quienes lo hacen con un paracaídas. Yo subí a un globo aeroestático en Capadoccia y fui muy feliz.
(9) Aprendí que "llegar lejos" o "ser exitoso" no es ser famoso, salir en la tele o tener mucho dinero, sino ser mucho mejor de lo que eras en tu punto de partida. Que lo contrario al éxito no es el fracaso, si no el no intentarlo y lo más importante, que el éxito no se mide por el traje o el maletín, sino por el brillo de los ojos.
(10) Aprendí que hay muchos tipos de relaciones, que unos vienen para quedarse y otros para enseñarte. Que grandes amigos pueden volverse en grandes desconocidos y que al contrario, un desconocido puede convertirse en alguien inseparable. Que los amores pueden llegar por sorpresa o terminar en una noche.
(11) Y hablando de amor, aprendí que hay que apostar y jugarse. Que cualquier relación te dejará alguna lección y que si bien las penas de amor nunca serán fáciles, se aprende a lidiar con ellas. Que enamorarse siempre vale la pena, aunque te rompan el corazón. Total, comprobé que de amor y por amor no muere nadie.
(12) Entendí que el mundo no siempre se rige por la justicia o los méritos, que no existen las garantías, sino las oportunidades y que hay que saber aprovecharlas. Que bueno y fama no son lo mismo y que lo sublime y la belleza no lo crea el aplauso. Que para dejar huella y trascender no hay que seguir los pasos de todo el mundo, que ser una excepción es la única forma de ser excepcionales.
(13) Perdonar te convierte en una persona más fuerte, no más débil. Que es de valientes reconocer cuándo es necesario disculparse y retractarse, pero que también es de sabios saber en qué momento hay que dejar ir. Que hay cosas (personas, lugares, momentos, futuro...) que claramente valen la pena y otras que no.
(14) Que a veces quedarse puede significar ir demasiado lejos y que hay que rodearse de quien nos haga el camino más liviano, interesante, lindo y mejor, que literalmente valga la alegría, no la pena, que nos cuide y nos haga bien. Que alejarse de la gente que te chupa energía es una opción para vivir mejor.
(15) Descubrí que madurar consiste en dejar de buscar ser feliz para aprender a estar feliz en pequeñas dosis. Que nadie es plenamente feliz por mucho tiempo, pero que sí es posible empezar a estar felices por momentos gracias a gestos sutiles, pequeños detalles o cosas tan poco valoradas como levantarnos de la cama sin que nos duela nada.
(16) Aprendí que no hay que esperar siempre al verano o al viernes porque nos perdemos lo que pasa mientras todo eso pasa.
(17) Aprendí que cada vez soy más consciente de lo que quiero y de lo que no, en qué invierto mi dinero y mi tiempo, con quién y por qué. Que no hay que dejarse llevar por la pereza y hay que tener voluntad. Que hay que comer sano y hacer ejercicios. Que no hay que dejar de leer, de ir al cine, de visitar exposiciones y escuchar música que nos remuevan algo por dentro y que nos inspiren a lo que sea.
(18) Aprendí que cuando uno empieza a hundirse, hay que saber mirar más allá de la isla, a otras tierras, aunque vayamos a contracorriente. Que tocar fondo puede servir para tomar impulso, como una revancha. Que a veces hay que perderse para poder encontrarse y que muchas veces viajar puede ser la respuesta a muchas preguntas. 





(19) Entendí que a veces las decisiones más tristes y dolorosas tienen más de valientes que de cualquier otra cosa y que cuando te desafías a vos mismo, te volvés valiente para siempre. Que en época de tribulaciones no hay que hacer mudanza,  que las decisiones tomadas con el corazón duelen más, pero son las más certeras.
(20) Aprendí a valorar más a mi familia, a extrañarlos, a verlos como mi refugio y mi sostén más grande. Que los momentos disfrutados con ellos son impagables y que ojalá pudiera congelarlos para siempre. Logré asimilar que los padres nunca serán perfectos porque son humanos, pero que nadie debe vivir sin ellos y sin abuelos.
(21) Que tu tiempo es para quien lo merece. Que nunca deben morir tu curiosidad, tu fuerza y tus ganas infinitas de cambiar el mundo. Que hay que obedecer siempre a la razón, no a la autoridad.
(22) Entendí que una de las peores cosas que te puede pasar es no dedicarte a lo que amás por preferir el dinero, un "status" o satisfacer a otros.
(23) Que no siempre la falta de amor o una infidelidad pueden ser los únicos motivos válidos para terminar una relación. Que a veces puede ser lo contrario, que haya un torbellino de amor tan grande que eso ocasione la separación, porque a veces solamente con querer no es suficiente. Con el tiempo uno aprende que la base de cualquier relación es la confianza, pero que también el compañerismo y la proyección con el otro son importantes.
(24) Que el sentido del humor es una de las formas más sofísticadas de inteligencia y que hay que saber reírse de uno mismo, eso siempre nos salvará. Que el físico atrae, pero la personalidad enamora. Y que la conversación y el poder ser uno mismo frente al otro son los factores más importantes en cualquier tipo de relación. 
(25) Que el nunca más, nunca se cumple, y que el para siempre, siempre termina. Que no sirve de nada seguir negando lo inevitable.
(26) Aprendí que las gracias y los besos se dan hoy, los te quiero se repiten, no se dan por sentado y las botellas y las puertas se abren ahora.
(27) Que la vida nos sorprende ahí, a la vuelta de la esquina, que sin esperarlo nos regala maravillas. Que simplemente ya poder amanecer es motivo de agradecimiento. Que la vida, el horizonte, los sueños, las ganas, el amor, la libertad y la felicidad de estar tranquilos por ser auténticos en cada uno de nuestros actos es una bendición. 
(28) Aprendí que la vida es demasiado corta para quitarse años o no celebrarlos. Que sea buenísimo o malísimo, todo pasará, así que solo queda disfrutar del momento. A veces no alcanza con seguir los consejos de todo el mundo, simplemente hay que seguirle a la intuición, dejarse llevar por el sexto sentido y dejar que todo fluya.
(29) Que ninguna ley social, que ninguna sociedad machista debe condicionar tus derechos como mujer. Que tu género no te condicione. A la China lo que diga la sociedad sobre las reglas para ser una persona normal y encajar. Tu vida es tuya, tus decisiones son tuyas. Y con los años te vas a dar cuenta que la coherencia entre tu forma de pensar y tu manera de vivir, es lo que te hará llevar una vida tranquila y mantener tu paz mental. Y eso no tiene precio.

Y sobre el amor... Creo que a esta edad saber mucho es lo mismo que no saber nada. Así que esa tarea la dejo para los 30. Por ahora solamente puedo decir que aproveché todas las oportunidades, amé, disfruté, sufrí, perdí, pero también gané muchísimo. Que pase lo que pase, vale la pena seguir con el corazón abierto.

Bienaventurados los veintitodos y se hará lo que se pueda.

Descripción fotográfica de la felicidad: volar en globo en Capadoccia (Turquía).


lunes, 15 de diciembre de 2014

El testamento de los 25



A pocas horas de cumplir 26 años es momento de hacer una confesión algo triste, lamentable, pero irremediable: soy adulta. Y quizás lo sea desde hace mucho tiempo, pero hasta ahora me cuesta reconocerlo del todo. ¿Será por eso que me niego a dejar de ver capítulos de mis dibujitos animados favoritos en internet?

Sin embargo, no sé cuándo fue que suprimí del placard los pantalones y las blusas rosadas para evitar convertirme en la Belinda de su época de actriz de telenovelas infantiles. Aunque me puedo jactar de que todavía no me encuentro leyendo con curiosidad el prospecto de alguna crema anti-age, o comprando tacones para ir a la oficina, o abundante maquillaje para salir a tomar algo con amigos. No, esa no soy yo y afortunadamente nunca lo fui. Y mucho menos pienso serlo a los 26.

Tampoco me acuerdo cuándo fue la primera noche de sábado que preferí dejarme puestas las pantuflas, comprar una pizza, o ponerme a cocinar algo sencillo, darle play a una película y exclamar convencida que era el mejor sábado de mi vida.

Mucho menos recuerdo cuándo empezaron a decirme "Señora" en la estación de servicio, en el bus, en la tienda de ropas, en la caja del súper, o en la calle. "Señora"... Sí, "señora", ese término que desde los tiempos arcaicos se le aplica a cualquier persona mayor o adulta, es decir, más anciana. Frase letal.

Me doy cuenta que ya entré al mundo adulto cada vez que veo las diferencias generacionales con personas menores que yo. O cuando me toca separar mis 5% y 10% de IVA mensuales, hacerme cargo de muchas compras del súper, el pago de mantenimiento de ciertas cosas de la casa y el tener que hacerme cargo de cada una de mis decisiones, buenas, malas y hasta bochornosas, diría. Además, me lo hacen notar mis compañeros de la clase de inglés, conformado en su gran mayoría por chicos que rondan los 20 años, cuando se sorprenden al escuchar mis expresiones y experiencias.

Supongo que también caigo en la cuenta cada vez que tomo consciencia de que traigo incorporado el microchip que se ocupa de alertar a los adolescentes bajo el famoso lema: A tu edad yo... Ese chip que se encarga de alertar a las personas menores que yo bajo esa frase tan letal que parece activarse automáticamente en un determinado momento de la vida y que funciona como suerte de predicador únicamente dispuesto a difundir las virtudes de la adolescencia y la juventud entre cualquier persona menor.

Y justamente esperé ver una película para hacer este post y quería que sea antes de mi cumpleaños. Finalmente la vi anoche. La película narra la historia de cuatro jóvenes que se conocieron en preparatoria (secundaria), que doce años después vuelven a encontrarse, cuando están a punto de cumplir 30 años y les asaltan todas las dudas de las que vienen huyendo desde los 20: ¿Soy quién creí que iba a ser? ¿Estoy con quien quiero estar? ¿Qué pasó con aquel gran amor de mi vida? ¿Estoy donde realmente quiero estar? Los protagonistas se plantean cuestiones de su vida que aparentemente nunca lograron resolver. Dudas existenciales que están ahí nomás, que conviven con todos ellos y que están dispuestas a despertar en cualquier momento.

Marina, una de las protagonistas, en 12 años no pudo completar la escultura, que según ella, la definirá como artista y después de más de una década sigue preguntándose si Ignacio era el amor de su vida. Por su parte, debido al trauma que le generó la muerte de su novia, Ignacio dejó de lado su sueño de ser físico para convertirse en evaluador de riesgo y maneja todo en base a estadísticas. Mimí es obligada por su mamá a ser actriz infantil, renunciando a su sueño de ser azafata. Y Adán es un arquitecto adicto y promiscuo. 

Al final de la historia, una frase retumba en la voz de la protagonista: "En el fondo no hay nada que hacer. Siempre tendrás 18, porque eres joven sólo una vez, pero inmaduro para siempre". ¿Será tan así?

La película es Efectos secundarios, un film mexicano del año 2007, el primero coproducido por Warner y siendo sincera, no es para celebrarla con bombos y platillos, porque lo que da a entender la historia es que ninguno de ellos logró superar su adolescencia ni madurar emocionalmente. Pero pese a cumplir recién 26, me hizo replantearme muchas cuestiones de las que siempre fui consciente -todos lo somos-, pero que la mayoría de las veces nos negamos a ver. 

En realidad me hizo un click profundo al pensar que al final no importa cuántos años tenga, mientras siempre esté dispuesta a empezar de nuevo. Después de todo, nunca es tarde. 


Como sea, a todos los que me leen, me gustaría advertirles que en la infancia se rasparán las rodillas, pero el corazón seguirá desprendiendo alegría.
Que jugarán mucho más de lo que recordarán cuando grandes.
Que reirán por cosas que de adultos ni siquiera conseguirán entender.
Que correrán más de lo que resistan sus piernas.
Que nunca se cansarán de jugar -no lo hagan ni aún de grandes-.
Que se asombrarán por todo, amarán mucho, abrazarán porque sí y sin motivo aparente y se encariñarán más de la cuenta.
Que harán amigos con tanta faclidad, que de grandes los hará olvidar y se preguntarán cómo es que alguna vez fueron tan sociables.
Que en la adolescencia se llora por amores de los que más adelante no recordarán ni su nombre ni su forma de caminar ni el por qué del adiós.
Que a lo mejor se van a frustrar al elegir una carrera porque con el tiempo descubrirán que eso no era lo que pretendía el espíritu. Pero que con eso no llega el fin del mundo. Al contrario, nunca es tarde para volver a empezar una carrera ni cualquier otra cosa.
Que la mayoría de las veces está bueno seguir los instintos y dejarse llevar sin pensar mucho. 
Pregunten, charlen, anímense, háblenlo. Maten su curiosidad aunque les acusen de preguntones. Hasta "¿por qué el cielo es azul?" será una interrogante válida.
Obedezcan a la razón, no a la autoridad. Obedezcan porque están convencidos de que deben hacerlo, porque su corazón les lleve hacia ese lado. Nunca obedezcan sólo porque sí. A veces objetando se obtienen respuestas interesantes.
Habrán veces que deberán parar y dar unos pasos hacia atrás solo para volver a empezar.
Que se sentirán decepcionados el día que perciban que la rutina no tiene una tenue luz ni música a todo volumen, sino una pared blanca a la que se aprende a ver de distintos colores cada mañana.
Que la gente se esmera más en parecer que en ser.
Que lo que de joven parece posible, de grande se asemeja más a lo improbable -pero existe la ley de la atracción y a toda regla una excepción, ténganlo en cuenta-.
Que aquello que se entiende por belleza puede mutar de mil maneras hasta convertirse en un solo gesto.
Que una carcajada y una conversación inteligente enamoran más que un envase brillante y despampanante.
Que se sobrevive al desamor.
Que por amor y de amor, no muere nadie.

Y además...
No se alejen de las amistades por un novio o una novia de turno.
A veces la mejor respuesta puede ser no responder.
La conversación es uno de los factores más importantes. En cualquier tipo de relación. En el lugar que fuere.
No tomen los consejos que les den todo el mundo. A veces solo alcanza con seguir la intuición. El don de fluir, diría Jorge Drexler.
No se ahoguen en sus silencios. Si tienen algo que decir, díganlo. Con el tiempo, los silencios les pesarán y dolerán más que una uña encarnada o el dolor de muelas.
Aprendan a poner límites a las personas.
Sean positivos y optimistas. Vivirán en paz y serán más felices.
Lloren mucho por algo que les haya molestado, pero nunca más vuelvan a llorar por lo mismo.
Prueben cosas nuevas y diviértanse. Es la mejor forma de darse cuenta de lo que son.
La edad NO es garantía de madurez.
La gente NO cambia. En un 99% de los casos.
Nunca terminarán de conocer verdaderamente a alguien.
No sigan las modas. En el futuro podrían arrepentirse de esa calza de animal print que se pusieron.
Perdonar los convierte en personas más fuertes, no más débiles.
Es bueno que reconozcan cuándo es necesario disculparse y retractarse.
El pasado no los definirá, pero puede enseñarles lecciones de vida muy importantes.
No deberían quedarse con algo o con alguien solo por comodidad o conveniencia.
Cualquier relación que tengan en la vida, les dejará alguna lección.
Las penas de amor nunca serán fáciles, pero aprenderán a lidiar con ellas.
Llegará un momento en que simplemente deberán dejar ir a las personas.
Hagan una lista de todo lo que no les guste de ustedes y luego tírenla. Son lo que son. Y nunca serán tan malos como se imaginan.
Tiren el equipaje que les sobra. El trayecto es largo y la carga no les permitirá mirar hacia adelante. Y además, les joderá la espalda. Recuerden, a veces hay que dejar ir...
Enamórense, aunque les rompan el corazón. Caigan y vuelvan a levantarse las veces que sea necesario. A lo mejor hay un verdadero amor, a lo mejor no. Pero mientras, bailen aunque no haya música.
Amen sin desmoronarse, para que más tarde no tengan que juntar pedacitos de corazones esparcidos por ahí.
Coman sano y gasten energía haciendo ejercicio. Esa es la base para tener una vida saludable -yo lo aprendí recién después de los 20-. Ah, y anden en bicicleta.
Equivóquense, cambien, intenten, fallen, reinvéntense, manden todo a la China y empiecen de nuevo cada vez que sea necesario. En serio, no pasa nada.
Prueben otros sabores de helado, otras marcas de bebidas y de crema dental.
Empiecen una banda -mejor si es de rock-. Tomen clases de baile, aprendan idiomas, hagan cursos de cocina.
Perdonen... Olviden... Dejen ir...
Decidan quién es imprescindible -aunque en realidad nadie lo es-. 
Mientras más grandes se vuelven, más difícil se hace hacer amigos de verdad y es justamente cuando más van a necesitar de gente que sepa quiénes son en realidad sin tener que darles explicaciones. Esos son los amigos. Cuídenlos y manténganlos cerca.
Aprendan que en las clases no van a aprender nada. Que en la escuela de la vida no hay examen final, ni calificaciones, ni fiesta de graduación -menos mal-.
Pero por sobre todo, viajen mucho. Tengan a mano una mochila, championes cómodos y una cámara de fotos y conozcan tantos lugares como gente. Los recuerdos de esas experiencias no tendrán fecha de expiración. Y anoten esas aventuras en una libretita que entre en el bolsillo. En el futuro, cuando tengan su primera cana, van a tener buenos argumentos para empezar a envejecer tranquilos. Y todo lo que vivan va a sonar como el bonustrack del mejor disco de sus vidas.
Pero sobre todo, por este medio, les digo, ante todo, nunca, jamás de los jamases renuncien a sus sueños. Por más grandes, chicos, ínfimos y ridículos que parezcan. Nunca.
Y por este medio, dejo constancia de mi materia pendiente más inmediata: Arrancar el auto un día y conducir sin parar hasta que se acabe el combustible.

Muchas cosas pasan sin previo aviso: la muerte, el amor, un encuentro, la lluvia, cumplir años... No siempre anticipan su llegada de una forma evidente y sólo cuando suceden nos enfrentan a una nueva versión de nosotros mismos. Nos modifican, nos redibujan el presente y cuelgan entre pinzas el futuro.

Ahora, mis proyectos a cumplir están más latentes que nunca. Con más ganas, con más optimismo y sobre todo, con más esperanza.

Esto me dejó los 25 años. Los 26, sé que me dejarán mucho, pero muchísimo más.


Este post está dedicado a mis dos pequeños humanos favoritos en el mundo: mis sobrinos Seba y Sofi, por enseñarme, sin querer quizás, que una sonrisa de ustedes puede hacerme feliz toda la semana. Por enseñarme que no quiero crecer nunca, pero que como es algo inevitable, al menos no pierda jamás ese espíritu. Y para que sepan que no podré obligarles el camino a seguir, pero sí podré acompañarles y simplemente enseñarles lo que yo aprendí. Las decisiones serán de ustedes, buenas o malas, pero donde sea que vayan, mis manos los ayudarán a levantarse de cada caída. Hagan lo que hagan.

Por cierto, el soundtrack ideal para este momento. 
Amaral, por esta canción es que te quiero.