miércoles, 16 de diciembre de 2015

Inmortal



Llega un momento de la vida en el que uno se detiene a pensar en lo breve que puede ser el paso por este mundo.

Cuando chicos, la historia la íbamos midiendo en paquetes de caramelos, paseos en bici, vueltas en calesita y galletitas tippi remojadas en una taza de chocolatada.

De grandes, en la convivencia, la presentación familiar, en la ansiedad de conocer gente nueva y tener nuevas citas.

El primer amor, el primer beso, la primera casa, el primer salario, las primeras vacaciones. Todo parece perfectamete acomodado para no detenernos a pensar en que no somos más que unos simples mortales. 

Los amores, las amistades, las aventuras, los encuentros, los animales, la naturaleza, los domingos soleados en el parque, el olor a jazmín, el día que aprobé la tesis, las carcajadas... Todas estas cosas nos llevan a creer que capaz no moriremos nunca... Hasta que la muerte aparece y te parte al medio sin avisar, sacudiendo todas las interrogantes que estaban guardadas sin saber y poniendo en duda esos viejos deseos adolescentes de inmortalidad. Hasta ese momento en que la realidad llega para darnos una cachetada tan fuerte que nos hace poner los pies sobre la tierra haciéndonos ver que aquella persona querida que partió no va a volver nunca más, marcando así el indicio para que aprendamos a ver que en la vida nada es tan grave salvo el no poder volvernos a ver reflejados en aquellos ojos que ya no están más que en el recuerdo.

Quizás los que se van marcan el camino que seguiremos los que nos quedamos. Sin embargo, la cabeza se vuelve un laberinto eterno, la incertidumbre nos empieza a acechar y las preguntas sin respuestas comienzan a invadirnos a borbotones.

El más allá y el más acá empiezan a mezlcarse y los que permanecemos de este lado nos quedamos extrañando, palpando la vida o lo que queda de ella, con las manos apretadas para que no se nos escape por ningún lado, con la intención de prolongarla y animarnos a ser menos cobardes en el dolor y en el arte del vivir...

¿Quién se queda y quién se va? ¿Quién define lo efímero de lo eterno? Si alguien nos lo pudiera decir con tiempo para prepararnos para cuando llegue el momento de atravesar ese dolor, todo sería más sencillo... O quizás solo queda amigarnos con la idea de que así como llegamos de a poco, de igual manera nos iremos...

Cada partida, irremediablemente, me lleva a luchar con la idea de amigarme con lo desconocido, de amigarme con la muerte, aunque a veces me encantaría poder sentirme un poquito inmortal. O quizás lo soy de a ratos, cuando recurro a los recuerdos, a las risas, a los momentos felices.

La muerte es un tema que me cuesta mucho aceptar. 

Cuando tenía 11 años falleció mi abuela, la que me crió, la que me vestía para ir a la escuela, la que me preparaba el desayuno todas las mañanas, la que me copiaba la lección cuando se me hacía tarde para salir de clases, la que fungió de segunda mamá cuando la mía tenía que salir a trabajar. Pensé que nunca más iba a llorar desconsoladamente con una partida... Hasta que los años me fueron sorprendiendo una y otra vez con dolores ajenos y con diferentes pérdidas que poco a poco me hacían asimilar la idea de que la muerte es algo natural, como debe de ser, al fin y al cabo, ¿no? Ciclos de la vida le dicen, ¿verdad?

Me cuesta aceptar eso de que de polvo venimos y en polvo nos convertiremos. No quiero creer que la vida se reduzca a un montón de cenizas y que de creernos inmortales tengamos que pasar a darnos cuenta de que todo puede terminarse en un segundo, mientras que uno gasta tanto tiempo preocupándose por boludeces en lugar de aprovechar cada instante. Resulta que la línea que separa el más allá del más acá es más delgada de lo que podemos imaginar.

Lastimosamente nadie nos enseña a morir y a gestionar el dolor, nunca nadie nos inculca la idea de que la vida no es más que un regalo con fecha de caducidad, que indefectiblemente se acaba y que no podemos ni debemos desperdiciar las 24 horas que tenemos al día para gestionarlas. Claro, creemos que la vida es eterna hasta que la misma vida nos recuerda lo inevitable. 

Cuántas veces pasa que creemos que la muerte es algo que no nos va a pasar mañana y andamos así por la vida hasta que alguien se va. Y en ese momento estaría bueno pensar que no es que se fue, solo se nos adelantó en el camino y que aunque nos duela, alguna vez lo vamos a alcanzar. 

Por más natural que sea la muerte, es inexplicable cuando nos toca perder a algún ser querido. Sin embargo, sin querer queriendo, cuando alguno muere, muere también una parte de nosotros y eso impide que volvamos a ser los mismos. Lo que no quiere decir que no lleguemos a ser felices nunca más, simplemente son como espejitos que se rompen en el alma y que modifican nuestra realidad...

Hace poco leí en algún lugar que hay que perder todo aquello que formaba parte de tu vida para poder encontrarte a vos mismo. Y qué loco. Perder un ser querido para empezar a valorar el presente, aquí y ahora, y dejar de preocuparse por tonterías.

Y es que la conciencia de la finitud es capaz de hacernos valorar la vida más que nunca, de modo a que la muerte nos encuentre viviendo...  Hoy no me da miedo la muerte, lo que me da cosa es pensar que algún día va a llegar y me pregunto cómo me encontrará. Es por eso que a partir de ahora quiero esforzarme cada día para que al menos valga la pena.

Y quiero entender que quizás las primeras pérdidas como un juguete roto, una despedida, un cambio de colegio o una mascota desaparecida son solo pequeñas pérdidas que nos preparan para la muerte...

En realidad no sé si existe vida después de la muerte, tampoco sé si el lugar a donde van las almas sea mejor de lo que es acá, pero si algo tengo claro es que finalmente Don Agustín está descansando después de mucha agonía. Prefiero pensar que ahora tengo conmigo no solo a uno, sino que a dos seres de luz que nunca más van a dejar de brillar y acompañarme. 

Creo que este año fue de puro aprendizaje. Aprendí que ni mi juventud ni la de los míos va a ser eterna, que solo nos queda intentar hacerle una sonrisa burlona a la muerte y decirle: "seguramente algún día vas a llegar, pero hoy todavía no". 

Aprendí que algunas cosas es mejor tenerlas difusas en la mente. No al punto de ignorarlas, pero tampoco darles demasiadas vueltas. Al fin y al cabo todos marcharemos al mismo lugar, y eso es todo lo que hay que saber.

Pero sobre todo aprendí que no hay historia más triste que la de comprender que nacemos para morir.

Por segunda vez en 26 años me volví a sentir desolada y desconsolada. Y doblemente, porque por primera vez en mi vida estoy viviendo sin abuelos. Solamente me queda pensar que nadie podrá quitarme los momentos que viví con ellos y que nadie nunca podrá manchar el recuerdo de los que se van. Y que definitivamente, los padres y abuelos no deberían morir nunca, porque nos dejan huérfanos de afecto y totalmente desprotegidos.

Cumplir estos 27 años no van a ser iguales a los anteriores. Va a faltar él en la cabecera de la mesa, con su risa contagiante y sus chistes de sobremesa. Va a faltar él, con sus ocurrencias, sus bromas y sus historias interminables. Va a faltarme hoy y todos los siguientes años de mi vida. 

Pero algo me enseñó su partida, que la familia que me tocó, pese a ser tan diferente entre sí, al momento de la verdad, puede convertirse en el mejor equipo del mundo. Porque debe ser una maravilla vivir con la sensación de que la compañía, en las buenas y en las malas, es el mejor regalo.

Y siento que mi abuelo fue muy feliz. Varias veces lo escuché repetir que solo le quedaban ver dos sueños cumplidos: al menos a uno de sus nietos recibidos y conocer a algún bisnieto. Y lo logró. Y su buen vivir me enseñó a no desperdiciar el mío. Y eso solo me lleva a convencerme de una cosa: que la vida hay que vivirse al máximo, nada más. Para que el día que nos toque partir, los otros -quienes todavía se quedarán por aquí- sientan el consuelo de que fuimos felices. 

Después de todo, la eternidad tiene la duración que nosotros mismos le damos. De a poco su recuerdo se va asentando y deja de doler tanto, hasta que simplemente pasa a ser parte de uno mismo.

Después de cuatro meses todavía tengo mucha pena para seguir filosofando sobre la muerte y su descolorido abismo.

Sin embargo, hoy, que cumplo un año más, tengo un solo deseo que es enviar el abrazo más fuerte y el Te Quiero más sincero del mundo a ese lugar donde supongo que van todas las almas a las que uno amó hasta el final. Mi deseo es que eso llegue hasta allá.

Y si hay lugar para un deseo más, que la muerte no me tome nunca desprevenida. Después de todo, el pasado nos condena a ese encuentro incierto. El futuro nos dará una sensación de agradecimiento. Y el presente... el presente es el único hecho concreto.





"Quiero creer que la muerte no nos roba a los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente". Francois Mauriac.


Esta entrada es en memoria a esos seres que siguen aquí por medio de la única cosa que nunca va a morir: los recuerdos.

A mi abuelo, y a todos los que como él, se fueron y nos dejaron un vacío tremendo.



Sin lágrimas
No puedo sentir, sentir nada
No puedo gritar, no puedo chillar
Aspirarlo, espiarlo
todo este amor en mi interior
No voy a llorar cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
No voy a morir cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
No beberé, no comeré
no puedo escuchar,
no voy a hablar
Déjalo salir, déjalo entrar
Todo este dolor en mi interior
Y simplemente no puedo entregar mi corazón
a otro ser viviente
Soy un susurro, soy una sombra
Pero me pongo en pie para cantar
No voy a llorar cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
No voy a morir cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
Sì, así es
No voy a llorar, juro que mis ojos están secos
Me quedé sin lágrimas
No voy a llorar, te voy a decir por qué
Me quedé sin lágrimas, sin lágrimas
Dejar que salga, desde adentro
Algunas se pierde, algunas se gana
Puedo vagar, puedo soñar
hasta flotar

viernes, 30 de enero de 2015

Magistral shock de rock&roll


Foto: Rock and Studio

Para empezar a hablar de los Foo Fighters, como primera regla habría que decir que son domadores de multitudes. Y eso no entra en discusión. Después de su tremendo show de tres horas contínuas en el Estadio Único de La Plata, dieron fe de ello.

Si hay algo clarísimo, es que Dave Grohl es mucho más popular de lo que se pensaba. Desde el lanzamiento de su documental Sound City en el 2013, hasta el estreno de Sonic Highways versión serie para la famosísima cadena HBO, la grabación de los ocho temas del disco en ocho ciudades diferentes, su ingreso al Salón de la Fama del Rock, tocó con Paul McCartney, Brian May y muchos otros de sus ídolos personales y se afirmó como uno de los grandes héroes del rock de estadios.

"Les prometo que no vamos a esperar 17 años para volver. Lo juro. No sé por qué esperamos tanto, son el mejor fucking público del mundo. Este tema es para ustedes". Así se despedía Dave Grohl aquel 4 de abril de 2012, antes de tocar Everlong para dar cierre a un show imparable en el Monumental de River durante el Quilmes Rock de ese año. Dave prometió y que conste que lo cumplió. Y con creces, diría yo.

Solamente tuvieron que pasar casi tres años para volverlo a ver en Buenos Aires, más específicamente en La Plata, con un nuevo e interesante disco bajo el brazo para deleitar con tres horas de show impecable a no más de 30.000 almas.

Eran las 21.15 cuando Grohl y los suyos hicieron su aparición en un imponente escenario para lograr una entrega total a un público que les devolvía cada acotación.

Mucho antes, la banda argentina Eruca Sativa y los británicos Kaiser Chiefs, con mucha polenta, prepararon la velada para la llegada de los Foo Fighters.

Bajaron las luces del escenario y el estadio Único se paralizó, para luego estallar con el griterío ensordecedor que dio lugar a un estruendoso rugido de guitarras, un temblor que marcaba la entrada de la agrupación.

El líder absoluto es Grohl, un showman con todas las letras que se metió al público en el bolsillo al cargarse la guitarra al hombro y hacer vibrar a los presentes con la potente Something From Nothing, el primer corte de Sonic Highways, su último disco, para lograr así un brutal comienzo que dispara riffs y descarga la voz de Dave como artillería pesada. "Va a ser un show largo. Trajimos muchas canciones, así que van a tener que bailar toda la noche, motherfuckers", afirmaba recién subido al escenario y terminada la primera canción, con el pecho inflado y los brazos en alto.

Hay algo que no entra en discusión acá y es que los tipos se divierten en el escenario, sin olvidar que todo empezó en un garaje, hasta convertirse, 20 años después en una de las bandas de rock más vigentes del mundo.

Otra cosa que quedó clara es que los Foo prometen y cumplen. Tocaron sin parar tres horas sin bises y con un arsenal de hits que repasan con justicia su discografía (aunque me hubiera encantado escuchar Next Year -mi canción favorita por excelencia-, Walking after you, Big Me y What did I do/God as my witness, del último disco).

The Pretender, Learn to fly, Breakout, Arlandria y Generator funcionaron como disparadores para continuar una noche sin precedentes.

"¿Se bancan dos horas y media? ¿Se bancan tres horas? Vamos a tocar hasta que no podamos más. Nosotros no somos de los que se van del escenario y vuelven. Nosotros nos quedamos acá", continuaba el ex baterista de Nirvana devenido en frontman, capaz de interactuar constantemente con un público que a la segunda canción ya empezaba a desarmarse en pogos masivos y euforia descontrolada.

My Hero actuó como el detonador perfecto para que la bomba explote en uno de los puntos más altos de la noche.

Además de Dave, dueño de un carisma único, que se comunica con su público a través de códigos y sin poses de divo ni de estrella de rock and roll, sino como un rockero divertido, detrás había un show aparte, cuando la atención recaía en la figura de Taylor Hawkins, "el mejor jodido baterista del mundo. Te quiero", en propias declaraciones de Dave en vivo. Un rubio que es pura energía y que por momentos nos recuerda al Grohl de Nevermind y hasta al propio Kurt Cobain, repartiendo palazos y cimentando la potencia de la banda con golpes ágiles y pesados. Enérgico y arrollador. Todo un showman aparte, resguardado en el fondo del escenario, que lejos de pasar desapercibido, confirmaba de sobra el concepto que minutos atrás había dado Dave sobre su compañero.

La entrega de Foo Fighters es total, nada a medias. Quedó demostrado que con ellos no existen las medias tintas. Eso de tocar, pasar por caja y mandarse mudar no figura en su contrato. 

Enseguida disparan Hey, Johnny Park! y Monkey Wrench, para rematar con una seguidilla de éxitos que incluían Cold day in the sun, In the clear, I'll stick around y Congregation. Para lograr un final bestial con Walk, en su máxima potencia. Y el estallido del Estadio Único se hizo eco.

Para ese entonces Dave ya se convirtió en un líder auténtico, domador de masas, con cero por ciento de demagogia y un estadio de 30.000 personas a sus pies. Con gritos furiosos y un festival de "fucks" pedía al público que lo dejaran de alabar con el "olé, olé, olé, cada día te quiero más. Soy Foo Fighters... Es un sentimiento... No puedo parar...", para luego seguir tocando con una cerveza en la mano.

Luego de un juego tremendo de distorsiones, protagonizado por Chris Shiflett y el abuelo Pat Smear, que se dedicaron a construir una pared alterna entre calma y explosión, mientras la sobriedad de Nate Mendel se hacía presente en sus líneas de bajo, Dave, que tiene como un cañón en la garganta hace temblar al estadio con sus gritos desgarradores. En un momento pregunta si estamos dispuestos a gritar y cantar así toda la noche. Y obviamente la respuesta del público no se hizo esperar.

Ahora, bien, ¿quién dijo que el rock de estadios no puede emocionar? El comandante de la batuta llegó dispuesto a romper mitos, al dejar descansar a su banda, atravesar la pasarela que llegaba hasta el centro del campo, cargando la guitarra electroacústica para descargar una interpretación más intimista de Skin and Bones y una hermosisíma versión solista de Wheels. "No la tocamos muy seguido", remataba poco antes un solitario Grohl. Por suerte esta vuelta hizo una excepción y la tocó. Dave, él solito con su alma nos regalaron la mejor versión de esta canción. Para finalmente ejecutar solo los primeros acordes de Times like these esperando a que se sume el resto de la banda para terminarla, que emergía del subsuelo desde una plataforma giratoria instalada en el medio del campo. Impresionante.

La evolución del show fue creciendo y los fanáticos no podíamos dejar de sacudir las cabezas. Más que un show por contrato, lo de ellos parecía ser una reunión de viejos conocidos que disfrutan lo que hacen, sobre todo Dave, que se movía como pez en el agua por cualquier estilo o instrumento. Estaba en su salsa.

Foo Fighters no dio respiro alguno a su público. "Nosotros empezamos a tocar en un garaje, haciendo los clásicos que nos gustaban y soñando con estar en un estadio. Ahora llegamos a un Estadio, pero igual queremos tocar esas canciones que nos gustaban". Y una vez más, el comandante Grohl acaparaba toda la atención de su público. 

Ya reunidos los seis, se iniciaba un viaje al pasado con un set de covers del tamaño de Detroit Rock City de Kiss, Young Man Blues de Moe Allison y Miss You de los Stones, con Dave Krusen -batero fundador de Pearl Jam- y Jonny Kaplan en la voz. Invitados de lujo. 

Para el siguiente tema, Dave y Taylor intercambian los roles. Grohl se adueña de su primer amor: la batería, mientras Hawkins se apropia del micrófono para ofrecer una potente versión de Stiff Competition de Cheap Trick.

Mientras el miniescenario seguía girando y ante incontrolables aplausos y respuestas eufóricas de un público descontrolado, ambos showmans volvieron a sus roles principales para deleitarnos con una hermosa versión de Under Pressure, de Queen y Bowie, los dos cantando a partes iguales. Y el gran Freddie Mercury no habría podido sentirse más honrado al escuchar esta sencilla pero memorable versión. Una versión que irremediablemente podría remitir al de Nirvana en el Unplugged con los Meat Puppets. 

A estas alturas del show uno se acuerda eso de "vamos a rockear toda la jodida noche" que había dicho Dave un par de horas atrás y se da cuenta que es cierto. Los primeros acordes de las guitarras generan un entusiasmo colectivo y una masa de cuerpos se preparan porque saben lo que se viene. All my life irrumpe en escena y varios círculos descontrolados llegando al punto más agitado de la noche.

Y hablando de momentos intimistas, sonaba These Days, como suerte de canción de redención. La que en Back&Forth, el documental de la banda, que data del 2011 y en el que Dave confesó que esta canción se la escribó a Kurt Cobain y más tarde, en el 2012, se lo dedicó a sus ex compañeros de Nirvana (Cobain y Krist Novoselic) en el Festival de Reading de Inglaterra, mismo escenario en el que más de 20 años atrás Nirvana había dado su último concierto en Inglaterra.

Para este momento del show, al fin terminamos de entender por qué ese tipo risueño, de barba cuidadosamente descuidada, jeans, remera oscura y Converse gastados es tan distinto a cualquier cantante de rock. A Dave Grohl, ese ícono generacional, rock hero por donde se lo mire, no parece importarle nada más que su banda, gritar hasta el límite de su garganta y hacer un recorrido al pasado, llegar al presente y volver al pasado otra vez como haciendo un recorrido por toda la carrera musical de la banda que sucedió a un mito como Nirvana. Dave se paseó en el show, como si hubiera vuelto a tocar en el garaje de su casa.

Si hay algo que el público siempre valora, tanto en el rock como en el fútbol, eso es la entrega. Y en eso Dave y los suyos -especialmente Taylor Hawkins, el brillante baterista- dejan el cuerpo en cada acorde, en cada riff, en cada canción.

"Somos una banda muy afortunada por hacer lo que nos gusta", remata Dave. Y fue justo ahí cuando recordó la última vez que tocó en Argentina con los Artic Monkeys bajo la lluvia (2012) y la garra del público que nunca dejó de alentar en esa ocasión.

Y sin dejar de girar sobre el escenario redondo que le permitía quedar cara a cada rincón del público, Dave evalúa antes de disparar el tridente final con Outside, otra joyita del nuevo disco, que fue bien recibida y coreada por la masa. El máximo punto de ebullición llegaría con The best of you. Y la despedida, que nadie hubiera deseado después de tantas emociones y recuerdos juntos. "No nos gusta decir adiós. Preferimos decir esto: Y me pregunto... Cuando canto contigo... Si todo podría sentirse así de real por siempre... Si cualquier cosa podría ser así de buena otra vez...".

Sonaba Everlong y no hizo falta nada más.

Tras tres horas exactas de éxtasis, furor y emoción, se baja el telón de un tipo que se siente afortunado por hacer lo que le gusta hace más de dos décadas. Y en el escenario se notó el feeling con su público, uno que quedó con la sonrisa dibujada de ver a un tipo común apostando al vértigo total de cada show. Los pogos, los bailes y los cánticos desenfrenados no faltaron en toda la noche. Y los que salimos del Estadio Único después de ese shock -porque está claro que no fue un simple show- de tres horas terminamos empapados de rock.

El muchachito que formaba parte del trío que cambió la historia del rock independiente norteamericano con Nevermind (1991) estaba de regreso, o tal vez nunca se había ido. Estaba más latente que nunca, reafirmando lo que Kurt dijo cuando lo vio por primera vez: "Conocí al mejor baterista del mundo". El hombre detrás de los parches de Nirvana está hoy al frente de Foo Fighters.

Y surge la pregunta obligada: ¿Por qué no cantar temas de tu antigua banda que te permitió hacerte conocido? "Es terreno sagrado", diría Dave a la revista Rolling Stones. Probablemente el estigma de Kurt y Nirvana sea la cruz más pesada con la que Dave deba cargar el resto de sus días. Pero sin duda es la fuerza que alimentó su espíritu desde entonces. Después de todo, Dave es eso, como el Ave Fénix que resurgió de sus propias cenizas.

"Venimos haciendo esto por los últimos 20 fucking años. Nos sentimos realmente afortunados". Sí, Dave, después de esa magistral clase de rock and roll, te creemos.


Foto: Rock and Studio

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Dejar ir



Se va el año y esperé con ansias el momento para escribir mi tradicional balance. Irremediablemente esta época del año me invita a hacer un equilibrio para revisar lo que viví, lo que corrí, para seguir construyendo e intentar ser mejor persona.

Muchos se burlan o toman con ironía el hecho de hacer uno, pero para mí es la mejor manera que encuentro de exteriorizar lo aprendido a lo largo de 365 días y que no solo queden de manera aislada en un rincón de mi memoria. Además, los compromisos de año nuevo quedan pactados con testigos que están en línea siguiendo este blog.

El fin de año, inconscientemente, me obliga a repasar lo vivido. Es un pacto tácito que tenemos la vida, el tiempo y yo.

En este recuento exprimo a mi memoria y reviso todos los detalles de mi existencia. Me hago preguntas con la esperanza de encontrar muchas más respuestas y de paso confirmo que hay cuestiones y dudas que aún siguen siendo -y quizás lo serán siempre- un espacio en blanco, seguida por puntos suspensivos, como una hendidura y una grieta en mi espíritu nómada que intento restaurar a menudo -aunque sin éxito- y que se volvió en una mala costumbre. 

Tal vez no es tan malo después de todo. Honestamente, me hace sentir importante el saber esa capacidad mía de cuestionar el mundo y todo lo que me rodea, incluyéndome a mí. Pero... ¿cómo evitarlo? ¿Quién era yo hace un año? ¿Quién era antes de este año que viví corriendo? ¿Quién era yo antes de calzarme las zapatillas o los championes y salir a la calle a enfrentar los nuevos cambios que traen consigo un nuevo año o ciclo?

Me tomó vintiséis años llegar a este punto. Un punto que poco a poco se va pareciendo a lo que alguna vez soñé. Aunque me hubiera gustado que sucediera antes, tampoco me disgusta que pase ahora. En el camino, es cierto, se llegaron a marchitar ideales y verdades que creí absolutas. Guardé en un cajón cartas de amor y de amistad, junto a fotografías desteñidas y recuerdos en sepia. 

En estos trescientos sesenta y cinco días tuve experiencias que preferí olvidar y otras que me gustaría no olvidar jamás. Pero finalmete, este post va a ser positivo. Porque sobre todo, fue un año de aprendizajes. Un año que dejé ir oportunidades, viéndolas perderse en el recuerdo, como un globo. Y todo para apostar a un sueño pospuesto, como una materia pendiente (sí, sobre todo laboralmente).

El primer gran cambio fue justo y sumamente necesario. Cambio de aires, de ambiente, de equipo. Cambio de trabajo. Una asignatura en deuda conmigo misma y por la cual rechacé otras propuestas para aferrarme aún más a mi vocación de periodista (aclaro, por si quede la duda). Aprendí que lo único constante es el cambio y a veces suele ser algo irremediable. Que no me hallo puede ser un motivo más que suficiente para irme de un sitio y encarar otro desafío. Conocí gente que me ayudó de una forma inesperada. Que terminó siendo parte elemental de un año cargado de buena onda, positivismo, emociones, momentos compartidos y madurez.

Después de mucho tiempo puedo decir que mi trabajo me hace inmensamente feliz. Vivir de la palabra escrita y que te reconozcan por ello, es lo que más dignifica tu trabajo y tu persona. Y sobre todo te motiva a seguir, a crecer, a tirar para adelante, a estar siempre dispuesto a remar. Conlleva muchas más dificultades, muchos más desafíos y mucho más compromiso, pero nada es comparable al hecho de plasmar sentimientos, pensamientos, ideales e historias que de una u otra forma también marcan tu vida.

No puedo decir que todo fue color de rosas, tuve mis bajas. Pero soy una convencida de que si sentís que estás donde querés estar, las bajas pasan a ser parte de una lección constante, para crecer, madurar, aprender... Y finalmente, ser mejor.

Personalmente, el panorama no fue distinto. Mi humor cambió, mi estado de ánimo mejoró, las ganas de perseguir mi viejo sueño que ya se estaba durmiendo en algún estante viejo de mi trabajo anterior, afloraron con más fuerza que nunca. Y quizás volver a hacer terapia me ayudó. Cuando mi psicóloga me pidió que escribiera una frase que defina mi vida, al recordar las palabras de mi papá cuando le dije que quería ser Periodista y me respondió: "Te vas a morir de hambre", inmediatamente me inspiró a escribir la frase: "Todo es posible". Si algo me enseñó este año, es juestamente eso, que todo es posible. Trabajé, me esmeré por llegar a donde estoy ahora, que no me quedan dudas que todo es posible.

Y hablando de mi papá, de alguna manera, este año me permitió acercarme más a él, saber que tenemos muchas más cosas en común de las que creía tener. Como que dormimos de la misma forma -abrazados a una almohada-, o que tenemos la misma manía por el maní y el queso. Pero que también tenemos diferencias abismales en cuanto a ideologías y pensamientos. Pero me quedo con lo lindo, de saber que aún en la distancia, hay cosas mucho más fuertes que nos unen. Como mi idea de alguna vez ser tan grande como él. -Por cierto, pasé Navidad sola con él. Y lejos de pasarla mal, fue una de las mejores Navidades de los últimos años-.

Lo más importante de este año es que vislumbré una luz y una tenue brisa caló profundamente en mí al ver el par de ojitos de mi segunda sobrina. ¡Sí que fue un hermoso año! Tan lindo, que lo voy a atesorar como algo invaluable. Definí mi vocación de ser tía, de estar dispuesta a dar la vida por alguien más, de querer defender mis ideales a capa y espada, de no darme por vencida nunca. Y muchos otros valores que una nueva vida puede aflorar.

Vi muchas películas que marcaron mi año, pero La vida secreta de Walter Mitty afianzó mi ideal de seguir soñando. "En la vida hay que tener valor y afrontar lo desconocido", o "Un recordatorio de que los sueños están para ser cumplidos" o finalmente "Ver el mundo, afrontar peligros, traspasar muros, acercarse a los demás, encontrarse y vivir. Ese es el propósito de la vida". Pillé que no está mal soñar despierto todo el tiempo. Me lo demostró Walter Mitty.

Musicalmente hablando, tampoco me puedo quejar. La música siempre te acerca a la gente, nunca te aleja. Me pasó con Coldplay, cinco años atrás. Amigos que un concierto musical unió, y que no lo separó nadie más, hasta ahora. Este año vi shows que siempre te dejan un sabor a insuficiencia -Los Piojos, Jarabe de Palo, Jack Johnson, Fito Paéz y muchos más-. Pero finalmente, lo más lindo de esos conciertos, siempre resultaron ser la compañía que en cada uno de ellos me acompañó para cantar, gritar, bailar, saltar, emocionarme y hacer el pogo masivo que nunca puede faltar. La música también me acompañó en cada momento de mi vida y afianzó relaciones con personas que hoy forman parte de una lista de seres intrañables en mi historia.

Existen muchas cábalas de año nuevo, como dar una vuelta a la manzana a la medianoche, con una valija en mano, para viajar más. O comer doce uvas. O vestir ropa blanca. Pero también dicen que si empezás el año viajando, vas a tener un año movido, ajetreado y con muchas aventuras. Yo las tuve. Los primeros días de enero y el paseo a Corrientes anticipaba un año con muchos más paseos, viajecitos cortos, recorridos y aventuras con amigos. 

Me entregué más a las horas y al tiempo, para finalmente sorprenderme con más momentos felices. Llegaron afectos nuevos, que espero hayan llegado para quedarse. Transité el año con más alegría y entusiasmo. Hice las paces con algunos enemigos como las dudas, los miedos, las confusiones, las soledades y el año que viene espero hacer las paces con el malhumor. Apendí a guardar cada momento en un frasquito -y no solo en la pantalla del celular-, para abrirlo cada vez que me sentía sola y así prolongar mis momentos de felicidad. Mi panza se llenó de carcajadas y mi imaginación no paró de crear.

Pero por sobre todo, este año dejé ir muchas cosas a las que no extraño, porque me fui desterrando de cosas negativas y corrosivas que solo afectaban mi bienestar y mi paz interior. Este año busqué, desesperadamente, resaltar más las virtudes y opacar más las miserias. Tomé un rumbo opuesto y elegí el lugar donde quiero estar, con las manos medio vacías o medio llenas, ¿qué importa? También con un manojo de dudas en el bolsillo, pero finalmente se trata de ir tras un sueño y dar un paso a la vez. Así que lo demás, poco y nada importa.

Y más que nunca, aprendí a creer en los finales felices.

El próximo año, que ya está por llegar, anhelo los mismos deseos de años anteriores. Seguir buscando más momentos de felicidad. Deseo poder ser más espontánea y dejarme llevar más por mis instintos que por los cálculos monetarios y matemáticos y desterrar el miedo y las dudas de una buena vez. Deseo enfocar mi energía en personas que de verdad lo necesiten y así devolver parte de todo lo bueno que la vida me regala todos los días.

Este año brindo por mi familia, sobre todo por mi abuelo, que celebró sus 83 años. Celebro la dicha de seguir teniéndolo entre nosotros. Brindo por mis amigos y mis compañeros que son pieza clave en mi crecimiento. Brindo por mis sobrinos, por hacerme ver todos los días que la felicidad plena no existe, que son pedacitos de momentos compartidos con las personas ideales. Que ser niños es la mejor etapa de la vida, porque es posible medir la alegría en paquetes de caramelos, en vueltas en calesita, en sube y baja y en hamacarse por los aires. 

En esta época es cuando más tomo consciencia de todo lo que hice y lo que no, de lo que aprendí, disfruté, compartí... Solo para darme cuenta de que un año más pasó volando. Busqué, soñé, cambié y justamente de todas esas búsquedas, sueños y cambios es de lo que estuvo hecho este 2014. Y en cada una de ellas, tuve presente a mi abuela. Porque nunca hay que olvidarse de dónde venís, para poder enfocarte a donde sea que vayas.

Me despido de este año con una mirada cómplice y una sonrisa. ¿Fue el mejor? No sé. Decir que fue el mejor sería limitarme a que el 2015 no lo sea. En realidad, si hay algo que se me grabó, es que cada año tengo que buscar que sea mejor que el anterior. 

Se va otro año y sin embargo se mantienen intacto en mí los deseos de vivir de acuerdo a mis pasiones y principios, a seguir sumando pequeños triunfos para cumplir grandes sueños. Pero por supuesto que en el camino también voy a ir disfrutando, como hasta ahora. Quizás haya elegido un camino duro, pero a veces pienso que esta carrera me eligió a mí, porque siento que esta puede ser mi forma de acercarme a la gente, de aportar mi grano de arena a este pedazo del mundo. Y en este camino, reconozco, me voy cruzando con gente tran grande y especial que me hace crecer y mejorar un poco más todos los días, que con su apoyo generan en mí las mejores sensaciones. 

Se va el 2014, dejándome un montón de cosas que no se comparan ni con un camión repleto de oro -al más puro estilo de la película La estafa maestra-. Con la diferencia de que el acceso a la caja fuerte está en mí misma, en mis ganas de seguir caminando y aprendiendo.

Con todo esto, lo que más deseo es que el año que viene, venga acompañado de mayor bondad para compartir más y mayor sabiduría para consumir menos. Y desde luego, la infinita capacidad de seguir soñando.

Finalmente, la felicidad cabe en galletitas tipi remojadas en un vaso de Toddy... ¡Claro que sí!

¡Feliz, feliz, feliz 2015!


Y vuelvo a compartir esta canción en un post -por segunda vez este año-, simplemente por dos razones: una, que me gusta y dos, los voy a ir a ver en vivo dentro de poquito, en lo que implicará la primera pequeña aventura del nuevo año. ¡Salú!

lunes, 15 de diciembre de 2014

El testamento de los 25



A pocas horas de cumplir 26 años es momento de hacer una confesión algo triste, lamentable, pero irremediable: soy adulta. Y quizás lo sea desde hace mucho tiempo, pero hasta ahora me cuesta reconocerlo del todo. ¿Será por eso que me niego a dejar de ver capítulos de mis dibujitos animados favoritos en internet?

Sin embargo, no sé cuándo fue que suprimí del placard los pantalones y las blusas rosadas para evitar convertirme en la Belinda de su época de actriz de telenovelas infantiles. Aunque me puedo jactar de que todavía no me encuentro leyendo con curiosidad el prospecto de alguna crema anti-age, o comprando tacones para ir a la oficina, o abundante maquillaje para salir a tomar algo con amigos. No, esa no soy yo y afortunadamente nunca lo fui. Y mucho menos pienso serlo a los 26.

Tampoco me acuerdo cuándo fue la primera noche de sábado que preferí dejarme puestas las pantuflas, comprar una pizza, o ponerme a cocinar algo sencillo, darle play a una película y exclamar convencida que era el mejor sábado de mi vida.

Mucho menos recuerdo cuándo empezaron a decirme "Señora" en la estación de servicio, en el bus, en la tienda de ropas, en la caja del súper, o en la calle. "Señora"... Sí, "señora", ese término que desde los tiempos arcaicos se le aplica a cualquier persona mayor o adulta, es decir, más anciana. Frase letal.

Me doy cuenta que ya entré al mundo adulto cada vez que veo las diferencias generacionales con personas menores que yo. O cuando me toca separar mis 5% y 10% de IVA mensuales, hacerme cargo de muchas compras del súper, el pago de mantenimiento de ciertas cosas de la casa y el tener que hacerme cargo de cada una de mis decisiones, buenas, malas y hasta bochornosas, diría. Además, me lo hacen notar mis compañeros de la clase de inglés, conformado en su gran mayoría por chicos que rondan los 20 años, cuando se sorprenden al escuchar mis expresiones y experiencias.

Supongo que también caigo en la cuenta cada vez que tomo consciencia de que traigo incorporado el microchip que se ocupa de alertar a los adolescentes bajo el famoso lema: A tu edad yo... Ese chip que se encarga de alertar a las personas menores que yo bajo esa frase tan letal que parece activarse automáticamente en un determinado momento de la vida y que funciona como suerte de predicador únicamente dispuesto a difundir las virtudes de la adolescencia y la juventud entre cualquier persona menor.

Y justamente esperé ver una película para hacer este post y quería que sea antes de mi cumpleaños. Finalmente la vi anoche. La película narra la historia de cuatro jóvenes que se conocieron en preparatoria (secundaria), que doce años después vuelven a encontrarse, cuando están a punto de cumplir 30 años y les asaltan todas las dudas de las que vienen huyendo desde los 20: ¿Soy quién creí que iba a ser? ¿Estoy con quien quiero estar? ¿Qué pasó con aquel gran amor de mi vida? ¿Estoy donde realmente quiero estar? Los protagonistas se plantean cuestiones de su vida que aparentemente nunca lograron resolver. Dudas existenciales que están ahí nomás, que conviven con todos ellos y que están dispuestas a despertar en cualquier momento.

Marina, una de las protagonistas, en 12 años no pudo completar la escultura, que según ella, la definirá como artista y después de más de una década sigue preguntándose si Ignacio era el amor de su vida. Por su parte, debido al trauma que le generó la muerte de su novia, Ignacio dejó de lado su sueño de ser físico para convertirse en evaluador de riesgo y maneja todo en base a estadísticas. Mimí es obligada por su mamá a ser actriz infantil, renunciando a su sueño de ser azafata. Y Adán es un arquitecto adicto y promiscuo. 

Al final de la historia, una frase retumba en la voz de la protagonista: "En el fondo no hay nada que hacer. Siempre tendrás 18, porque eres joven sólo una vez, pero inmaduro para siempre". ¿Será tan así?

La película es Efectos secundarios, un film mexicano del año 2007, el primero coproducido por Warner y siendo sincera, no es para celebrarla con bombos y platillos, porque lo que da a entender la historia es que ninguno de ellos logró superar su adolescencia ni madurar emocionalmente. Pero pese a cumplir recién 26, me hizo replantearme muchas cuestiones de las que siempre fui consciente -todos lo somos-, pero que la mayoría de las veces nos negamos a ver. 

En realidad me hizo un click profundo al pensar que al final no importa cuántos años tenga, mientras siempre esté dispuesta a empezar de nuevo. Después de todo, nunca es tarde. 


Como sea, a todos los que me leen, me gustaría advertirles que en la infancia se rasparán las rodillas, pero el corazón seguirá desprendiendo alegría.
Que jugarán mucho más de lo que recordarán cuando grandes.
Que reirán por cosas que de adultos ni siquiera conseguirán entender.
Que correrán más de lo que resistan sus piernas.
Que nunca se cansarán de jugar -no lo hagan ni aún de grandes-.
Que se asombrarán por todo, amarán mucho, abrazarán porque sí y sin motivo aparente y se encariñarán más de la cuenta.
Que harán amigos con tanta faclidad, que de grandes los hará olvidar y se preguntarán cómo es que alguna vez fueron tan sociables.
Que en la adolescencia se llora por amores de los que más adelante no recordarán ni su nombre ni su forma de caminar ni el por qué del adiós.
Que a lo mejor se van a frustrar al elegir una carrera porque con el tiempo descubrirán que eso no era lo que pretendía el espíritu. Pero que con eso no llega el fin del mundo. Al contrario, nunca es tarde para volver a empezar una carrera ni cualquier otra cosa.
Que la mayoría de las veces está bueno seguir los instintos y dejarse llevar sin pensar mucho. 
Pregunten, charlen, anímense, háblenlo. Maten su curiosidad aunque les acusen de preguntones. Hasta "¿por qué el cielo es azul?" será una interrogante válida.
Obedezcan a la razón, no a la autoridad. Obedezcan porque están convencidos de que deben hacerlo, porque su corazón les lleve hacia ese lado. Nunca obedezcan sólo porque sí. A veces objetando se obtienen respuestas interesantes.
Habrán veces que deberán parar y dar unos pasos hacia atrás solo para volver a empezar.
Que se sentirán decepcionados el día que perciban que la rutina no tiene una tenue luz ni música a todo volumen, sino una pared blanca a la que se aprende a ver de distintos colores cada mañana.
Que la gente se esmera más en parecer que en ser.
Que lo que de joven parece posible, de grande se asemeja más a lo improbable -pero existe la ley de la atracción y a toda regla una excepción, ténganlo en cuenta-.
Que aquello que se entiende por belleza puede mutar de mil maneras hasta convertirse en un solo gesto.
Que una carcajada y una conversación inteligente enamoran más que un envase brillante y despampanante.
Que se sobrevive al desamor.
Que por amor y de amor, no muere nadie.

Y además...
No se alejen de las amistades por un novio o una novia de turno.
A veces la mejor respuesta puede ser no responder.
La conversación es uno de los factores más importantes. En cualquier tipo de relación. En el lugar que fuere.
No tomen los consejos que les den todo el mundo. A veces solo alcanza con seguir la intuición. El don de fluir, diría Jorge Drexler.
No se ahoguen en sus silencios. Si tienen algo que decir, díganlo. Con el tiempo, los silencios les pesarán y dolerán más que una uña encarnada o el dolor de muelas.
Aprendan a poner límites a las personas.
Sean positivos y optimistas. Vivirán en paz y serán más felices.
Lloren mucho por algo que les haya molestado, pero nunca más vuelvan a llorar por lo mismo.
Prueben cosas nuevas y diviértanse. Es la mejor forma de darse cuenta de lo que son.
La edad NO es garantía de madurez.
La gente NO cambia. En un 99% de los casos.
Nunca terminarán de conocer verdaderamente a alguien.
No sigan las modas. En el futuro podrían arrepentirse de esa calza de animal print que se pusieron.
Perdonar los convierte en personas más fuertes, no más débiles.
Es bueno que reconozcan cuándo es necesario disculparse y retractarse.
El pasado no los definirá, pero puede enseñarles lecciones de vida muy importantes.
No deberían quedarse con algo o con alguien solo por comodidad o conveniencia.
Cualquier relación que tengan en la vida, les dejará alguna lección.
Las penas de amor nunca serán fáciles, pero aprenderán a lidiar con ellas.
Llegará un momento en que simplemente deberán dejar ir a las personas.
Hagan una lista de todo lo que no les guste de ustedes y luego tírenla. Son lo que son. Y nunca serán tan malos como se imaginan.
Tiren el equipaje que les sobra. El trayecto es largo y la carga no les permitirá mirar hacia adelante. Y además, les joderá la espalda. Recuerden, a veces hay que dejar ir...
Enamórense, aunque les rompan el corazón. Caigan y vuelvan a levantarse las veces que sea necesario. A lo mejor hay un verdadero amor, a lo mejor no. Pero mientras, bailen aunque no haya música.
Amen sin desmoronarse, para que más tarde no tengan que juntar pedacitos de corazones esparcidos por ahí.
Coman sano y gasten energía haciendo ejercicio. Esa es la base para tener una vida saludable -yo lo aprendí recién después de los 20-. Ah, y anden en bicicleta.
Equivóquense, cambien, intenten, fallen, reinvéntense, manden todo a la China y empiecen de nuevo cada vez que sea necesario. En serio, no pasa nada.
Prueben otros sabores de helado, otras marcas de bebidas y de crema dental.
Empiecen una banda -mejor si es de rock-. Tomen clases de baile, aprendan idiomas, hagan cursos de cocina.
Perdonen... Olviden... Dejen ir...
Decidan quién es imprescindible -aunque en realidad nadie lo es-. 
Mientras más grandes se vuelven, más difícil se hace hacer amigos de verdad y es justamente cuando más van a necesitar de gente que sepa quiénes son en realidad sin tener que darles explicaciones. Esos son los amigos. Cuídenlos y manténganlos cerca.
Aprendan que en las clases no van a aprender nada. Que en la escuela de la vida no hay examen final, ni calificaciones, ni fiesta de graduación -menos mal-.
Pero por sobre todo, viajen mucho. Tengan a mano una mochila, championes cómodos y una cámara de fotos y conozcan tantos lugares como gente. Los recuerdos de esas experiencias no tendrán fecha de expiración. Y anoten esas aventuras en una libretita que entre en el bolsillo. En el futuro, cuando tengan su primera cana, van a tener buenos argumentos para empezar a envejecer tranquilos. Y todo lo que vivan va a sonar como el bonustrack del mejor disco de sus vidas.
Pero sobre todo, por este medio, les digo, ante todo, nunca, jamás de los jamases renuncien a sus sueños. Por más grandes, chicos, ínfimos y ridículos que parezcan. Nunca.
Y por este medio, dejo constancia de mi materia pendiente más inmediata: Arrancar el auto un día y conducir sin parar hasta que se acabe el combustible.

Muchas cosas pasan sin previo aviso: la muerte, el amor, un encuentro, la lluvia, cumplir años... No siempre anticipan su llegada de una forma evidente y sólo cuando suceden nos enfrentan a una nueva versión de nosotros mismos. Nos modifican, nos redibujan el presente y cuelgan entre pinzas el futuro.

Ahora, mis proyectos a cumplir están más latentes que nunca. Con más ganas, con más optimismo y sobre todo, con más esperanza.

Esto me dejó los 25 años. Los 26, sé que me dejarán mucho, pero muchísimo más.


Este post está dedicado a mis dos pequeños humanos favoritos en el mundo: mis sobrinos Seba y Sofi, por enseñarme, sin querer quizás, que una sonrisa de ustedes puede hacerme feliz toda la semana. Por enseñarme que no quiero crecer nunca, pero que como es algo inevitable, al menos no pierda jamás ese espíritu. Y para que sepan que no podré obligarles el camino a seguir, pero sí podré acompañarles y simplemente enseñarles lo que yo aprendí. Las decisiones serán de ustedes, buenas o malas, pero donde sea que vayan, mis manos los ayudarán a levantarse de cada caída. Hagan lo que hagan.

Por cierto, el soundtrack ideal para este momento. 
Amaral, por esta canción es que te quiero.




domingo, 23 de noviembre de 2014

El síndrome de anti-Cenicienta




No encontré una banda sonora adecuada para iniciar este post. Ese soundtrack ideal para poner los puntos a una sociedad machista que se empecina en que toda mujer soltera (comprometida o no) obtenga marido, como si con eso se completara la otra mitad de la que tanto nos hablan los cuentos de hadas que nos leían en la infancia.

Pero resulta que todo era una falacia. Desde chicas consumimos historias de amor con finales felices como perdices, que resultan ya un copyright de todas las mujeres soñar con lo mismo. Pero la realidad es que ni somos cenicientas, ni los príncipes azules existen. Primero que nada, amigas, les recomiendo que sean conscientes de que las opciones para conseguir pareja incluyen un mar de sapos por cada uno de los mal llamados “príncipes”.



Hoy voy a hablar sobre los sentimientos encontrados que me inundan sobre esto de estar soltera -y sin hijos- a los veinte y tantos.

Nuestra sociedad está tan obsesionada con hablar de las relaciones, de sus altos y bajos, de sus comienzos y finales, como si fueran lo más importante del mundo. Como si nacer, crecer, reproducirse y morir fueran los motivos de nuestra existencia. ¿Y dónde queda el vivir?

Cuando la gente me pregunta cuánto tiempo llevo de novia, me miran sorprendidos ante mi respuesta de más de cuatro años, asumiendo directamente mi rol de comprometida: “Ya es hora de casarte”. Intento hacer memoria de las veces que me dijeron: “¿Cuándo vamos a tomar la sopa?”. Pero es imposible. Incluso, me sigo sorprendiendo cuando alguien me hace esta pregunta tan fastidiosa. Pero la gente la hace. ¿Y qué se supone que debo responder para sonar diplomática?

No hubo un momento específico en mi vida en que haya llegado al límite y tampoco nunca dije que el matrimonio no era para mí. O bueno, alguna vez recuerdo haber estallado en crisis diciendo que no iba a casarme nunca. Pero lo cierto es que ahora no pienso ni remotamente en ello. Veo a amigas que se casan, tienen hijos, agrandan sus familias y me da un poco de ‘cosa’ imaginarme a mí en esos roles. No es algo a lo que aspire. No es que sienta que mi plenitud como mujer se basa en eso. En realidad, ni tan siquiera es que haya decidido rotundamente que el matrimonio no fuera para mí. 

Tampoco es a causa de antecedentes como que me haya abandonado algún novio -cosa que nunca pasó- o que mis padres se hayan separado después de 25 años de casados -cuando yo solo era una adolescente conflictiva-. De hecho, tengo ejemplos de sobra para creer que el amor puede ser verdadero y perdurar. Mis hermanos se casaron después de largos años de noviazgos y siguen hasta hoy. Mis abuelos estuvieron casados por 42 años hasta que la muerte de mi abuela los separó. Ejemplos, me sobran.

Mis amigos y mi familia siempre me cargan con que alguna vez me va a llegar ese momento e incluso muchos cuestionan mi relación diciéndome: “¿Cuatro años y medio de novia y no te ves casada con él? No lo amás, no lo querés, ¿te lo planteaste?”. Y honestamente, siempre lo hago y siempre llego a la misma conclusión. Y realmente, lo que suena como una linda tradición para la mayoría, para mí es como una trampa y una tendencia que comenzó hace tiempo con la intención de fortalecer relaciones. Cuando en realidad, mi opinión radica en que no se necesitan papeles firmados para hacer constar mi compromiso con la otra persona. ¿O acaso ustedes firman un convenio para apoyar a los amigos y celebrar un 30 de julio?

Tampoco es que no sea romántica. Claramente me emocionan las millones de manifestaciones artísticas que expresan amor, desde libros, poemas, canciones, historias y hasta el subgénero literario completo sobre este tema. Aunque no lo crean, me afectan las rupturas de mis amigos con sus parejas. Hasta el día de hoy, sigo llorando con la muerte de Jack en Titanic. Llegué a odiar a Summer Finn cuando hacía sufrir de amor a Tom Hansen en 500 días con ella. Y hasta fantaseé con el encuentro amoroso de Kat Stratford y Patrick Verona en Las 10 cosas que odio de ti. Incluso hasta ahora, hay veces que me siguen haciendo ilusión las historias de amor de mis series preferidas de la adolescencia.

Así que no es que nunca haya soñado con ese día tan especial. Es más, tengo un álbum de bodas completamente organizado en Pinterest y sé que quiero un anillo de compromiso pequeño con forma de infinito. Un vestido hawaiano de bambula, holgado y con tirantes, en color crema –porque odio el blanco-. Sé que quiero flores en el pelo y que abunden los girasoles. Y como no quiero una boda convencional, mi fantasía es casarme descalza y caminar por la arena blanca al altar, que no quiero que sea precisamente una Iglesia. Y si es posible, que Areguá sea el escenario.

Sin embargo, toda esta descripción no refleja mi deseo de estar casada y atada realmente a alguien. Me encantan las cosas bellas y pienso que un matrimonio debe ser la unión de todas las cosas bellas que uno puede imaginar. Pero aún así, tampoco nombro ni pienso en el esposo perfecto.

Cuando les cuento mis pensamientos a las personas, sean éstas amigos, mamá, papá, hermanos y cuñadas, siempre recibo la misma respuesta: “Alguna vez vas a conocer a la persona correcta y vas a cambiar de parecer. A todos nos llega”. Claro, en una sociedad machista es normal que los hombres se sientan así con respecto al matrimonio, pero que la mujer lo haga, no es ‘normal’, o mejor dicho, ‘no está socialmente aceptado’.

La última respuesta que di ante el planteamiento fue hace poco en el casamiento de una amiga. Y es que no sé si quiera casarme alguna vez o es que solamente ahora, a corto plazo, no lo quiero hacer porque pienso que todavía tengo mucho camino por recorrer antes de tomar semejante decisión de anteponer a otras personas por delante de mí. 


Quiero seguir trabajando, ahorrar, viajar, disfrutar del silencio, dormir tarde, dormir hasta tarde, no tener horarios, no tener que rendirle cuentas a nadie, independizarme, no pedir permiso a nadie, trasnochar, improvisar sobre la marcha, alguna vez llegar a trabajar como si no necesitara dinero y sobre todo, descubrir quién soy. Nadie me dice “ah, qué interesante” o “contáme algo más sobre tus planes”. Y aunque no quieran saberlo, les digo. Quiero seguir estudiando, hacer un postgrado o un máster en comunicación en el exterior, inscribirme a un curso de cocina -sí, a los 25 pillé que me gusta cocinar-, conectarme conmigo misma a través del yoga, seguir asistiendo a terapia, continuar con mi afición a la fotografía, gastar las energías que quedan después del trabajo trotando en la ciclovía todas las mañanas o tardes, mudarme a vivir sola, ser voluntaria en alguna organización dedicada a niños, ser activista social (pro ambiente y pro vida animal), adoptar muchos perros, retomar alguna vez mi frustrada carrera musical, ser escritora, emprender mi propio proyecto, dirigir mi propio espacio artístico, ser la tía malcriadora de los sobrinos que tengo y que vayan a venir, y sobre todo, lo que es un gran impedimento al afán ese que tiene todo el mundo de casarme, de cumplir un sueño que tengo desde los 15 años: cargarme la mochila al hombro e ir de mochilera por el mundo.

Sí, ríanse. Pero cuando lo consiga hacer, mientras yo esté en otro continente logrando una de mis hazañas o comiendo comida tailandesa, todos esos amigos que optaron por la vida familiar estarán criando y afianzando sus roles de esposos, esposas, madres y padres de familia. Y no me parece mal. Considero que el matrimonio es un acto de valentía. Sí, como lo leyeron. Animarse a reafirmar el compromiso con alguien ‘hasta que la muerte los separe’ es una revolución contra la poligamia y la monotonía de hoy en día. Y me saco el sombrero ante el gesto.

Pero no es yo que no crea en el amor ni en el compromiso. Sí, creo. Y les aseguro que más intensamente que muchos familieros. Pero creo en un compromiso hecho por dos personas en lo más profundo de sus corazones. Estoy convencida de que unos papeles firmados, unos testigos y una fiesta costosa no van a hacer que alguien se quede para siempre.

Me da miedo pensar que una pareja deba crecer y cambiar junta, sin separarse. Me gusta pensar que nunca nadie termina de crecer mental y emocionalmente. Y justamente esa incertidumbre al mismo tiempo me aterra.

En los conflictos matrimoniales, las parejas asisten a terapias y renuevan su amor constantemente. Pero a veces resulta necesario irse solo y alejarse temporalmente para renovarse. Siendo que es natural terminar una relación, las complejidades del divorcio te podrían llevar a creer que siempre vale la pena quedarse peleando una batalla perdida, impidiendo que los involucrados sigan adelante con sus vidas y descubran verdaderamente su camino.

En realidad, mi visión acerca de las relaciones cambia con cada experiencia que vivo, que escucho, que leo o de la que soy testigo a diario. 

Hace casi cinco años comencé a salir con mi actual novio, mi primer novio ‘serio’, alguien a quien conocí a través de un tour musical, un hombre lo opuesto totalmente a lo que alguna vez soñé y que por cinco meses hizo méritos para que pudiera darle el acceso a mi vida.  Y llegué a estar profunda y ciegamente enamorada. ¿Llegué a verme casada con él? Alguna vez, quizás. Pero ya no. Y no es que no esté enamorada. Es más, me convirtió en una mejor persona, me ayudó a fortalecer mis valores y a recobrar la confianza y seguridad en mí misma, pero no sé si será el hombre de mi vida. Ninguna de estas cosas considero que sean las señales definitivas de que deberíamos comprometer nuestras vidas el uno al otro, que deberíamos elegirnos solo mutuamente. ¿Cómo compruebo esto? ¿Existe una fórmula mágica que me garantice el éxito?

Está bien que el casamiento sea la decisión de muchas parejas para consagrar y perpetuar su amor. Pero yo prefiero verlo como una opción de vida más que como una expectativa a corto, largo o mediano plazo. Así como elegir el restaurante donde comer, el departamento donde vivir, qué perro adoptar y si me quedo o no en casa un sábado a la noche.

A todo esto, todavía no estoy segura de querer casarme alguna vez. Tal vez sí. Tal vez no. Pero tampoco cierro mi mente. Aún así, mi elección de estar soltera se basa en considerarme lo suficientemente valiosa e independiente, como para que alguien más lo certifique. Lo que se requiera para que dos personas quieran elegirse y estar juntas, todavía no me pasó. Y no sé cuándo ocurra y ni siquiera tengo la certeza de que vaya a suceder.

Pero mi elección no tiene que ver con que me sienta egoísta o incompleta. Me siento plena cuando logro mis objetivos. Cuando acepto críticas constructivas que me ayuden a mejorar. Soy feliz cuando hago lo que quiero hacer sin lastimar a nadie. Cuando hago sonreír a las personas. Cuando veo jugueteando felices a mis sobrinos. Cuando veo en calma a mi familia. Cuando comparto con mis amigos. Cuando trabajo en lo que me gusta. Cuando tomo con entusiasmo y humildad cada desafío. Vivo con propósitos, con empatía y sin arrepentimientos. Y el hecho de no poner “casarme y formar una familia” en mi libretita de pendientes no significa que esté yendo en la dirección equivocada o incorrecta.



No existen caminos errados si vamos con amabilidad, pasión y simpatía por la vida. Siento respeto y admiración por todas las madres y padres, esposos y esposas del mundo. Y lo único que pido es ese mismo respeto para quienes decidimos tomar un camino distinto en la búsqueda de la realización y la felicidad.
Me gustan los finales felices, pero mucho más, me gustan los finales reales.


P.D.: Este post necesariamente tenía que ser largo. Me lo debía hace tiempo. Cuando empecé a escribir, las palabras salieron a borbotones de mis dedos. Y además, se lo debía a todas las mujeres solteras que buscan vivir plenas y felices.
P.D. 2: Próximamente se viene un post sobre las muchas historias de amor que tengo en mi memoria y que me hacen recuperar mi fe en el amor y en la humanidad.