domingo, 1 de mayo de 2016

Coldplay: lleno de sueños y colores


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A estas alturas, al hablar de una banda digna de estadios, mencionar a Coldplay ya es redundancia. Y los números récords de espectadores alcanzados en su tour por Sudamérica lo reconfirman. Los británicos, que hace poco culminaron su gira latinoamericana, llenaron todos los recintos que tuvieron en su haber en Argentina, Chile, Perú, Brasil, Colombia y México. Motivos, sobran.

Entramos, entre caminando y corriendo con toda la multitud para llegar primeros, al estadio Único de la Plata (Buenos Aires, Argentina). El objetivo principal: ver el primer show (31/03/2016), el de apertura, de la gira que la banda arranca en este lado del océano.

El comienzo de la gira mundial A head full of dreams Tour estaba dispuesto a sorprender desde el primer instante. Cuando a la entrada los encargados entregaban una pulsera blanca, un curioso dispositivo lumínico con forma de reloj y con las inscripciones de la banda y el nombre de la gira, más un Love Button, la actual campaña que apoya Chris Martin, quien ya tiene acostumbrado a sus fans a que como él apoyen sus mismas causas.

Entre lúdicos y soñadores, los fans iban acercándose al predio, imaginando, quizás, una pequeña parte de lo que se venía. "Ajusta la pulsera y disfruta el show", aconsejaban las pantallas gigantes desde temprano.

La velada arrancó con la telonera local Hanna y continuó con la grandiosa británica Lianne La Havas, que con una privilegiada voz y una figura etérea que parecía flotar en el escenario, deleitó y logró seducir al público con su repertorio de folk y soul, dejando a más de uno con la boca abierta, a otros con ganas de más y a los más escépticos que no apostaban por ella, completamente enamorados. Por momentos era como tener a Joss Stone o a Janis Joplin cantándonos suave al oído.

El momento estaba cada vez más cerca. Fans de Paraguay, Uruguay y otras latitudes habían recorrido miles de kilómetros para presenciar el show de los ingleses.
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El estado de comunión empezó. La pantalla gigante instalada en el medio del escenario mostraba un video de fans argentinas presentando a "la mejor banda del mundo", dos mini escenarios en el corazón del campo y una larga pasarela por donde Chris Martin pasearía después todo su encanto, asumiendo el rol enérgico y protagónico que solo trasladaría a sus compañeros de grupo cuando los himnos de Coldplay exigieran mayor intensidad.

Y así pasada las nueve de la noche se apagaron las luces y empezaba a sonar Color Spectrum, una de las rarezas instrumentales del último disco. Todo pasa tan rápido, que pese a haberlo imaginado, empezamos siendo parte de la coreografía, sin saberlo. La pulsera que nos entregaron antes empezaba a demostrar todo su atractivo. Se activaron las xylobands y empieza a sonar A head full of dreams, tema que da nombre a su más reciente material. Y todos nos encendemos de rojo gracias a las pulseras, mientras la energía, el pogo y las vibraciones comandan la apertura del show.

Las primeras serpentinas de colores volaron en directo solamente para recordarnos que toda la noche sería una explosión de alegría y vitalidad pura.

Ya de entrada, intercalan algunos clásicos con la presentación del nuevo álbum. Y así, muy pronto, llegaba uno de los grandes momentos de la noche. Yellow, ese himno característico de estadios apareció para recordarnos por qué Coldplay sigue manteniendo esa efervescencia en su público pese a que en su música ya no están esa melancolía y tristeza mezcladas con guitarras poderosas que le daban ese toque distintivo a la banda. Y el poder de encantamiento de Yellow se mantenía intacto, así, tal cual, como hace dieciséis años.
Fans.
Y una vez más, los de Coldplay sorprendieron. Una vez más las grandes pelotas -esta vez no eran solo amarillas, sino multicolores- hacían su aparición para flotar por encima de las cabecitas del campo y recordarnos una vez más por qué asociamos a la banda con la magia y la fiesta.

Agradecido, esa sería la mejor manera de definir a Chris Martin. Sus amigos, el humorista Simon Pegg y el guitarrista Jon Buckland ya lo habían confesado a la revista Rolling Stones hace poco. Y en el concierto nos lo confirmó. Antes de desenfundar Every Teardrop is a Waterfall, el primer single de Mylo Xyloto, en un español mal hablado, pero perfectamente perdonable, Chris saludó al público: "Buenas noches, amigos. Estamos muy muy felices y agradecidos de estar acá con ustedes" y en ese mismo idioma se desenvolvería durante toda la noche y expresaría ese sentimiento de gratitud continuamente. Chris es un buen muchacho y más que un chico común devenido en gran agitador de masas, demuestra ser tan mortal como cualquier vecino. Y los constantes abrazos y guiños a sus compañeros de banda, entre canción y canción, denotan la sencillez de este joven ambidiestro oriundo de Devon (Reino Unido). Lo que definitivamente hace de él alguien muy especial para sus fans.
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Sin dejar de dar saltos por el escenario, Chris, el comandante de la batuta, se alza con Birds, la segunda canción del último disco, un tema algo más tranquilo pero que mantiene ese carácter colorido y analógico que nos invita a disfrutar durante el resto de la noche.

Y no tardó en hacernos sentir majestuosos a los latinos con esa canción que más de una vez soñamos escucharla en el país agregándole Paraguay en su estribillo. Paradise sonaba con mucha fuerza y el cielo se ponía tornasolado... multicolor... El éxtasis se apoderaba del público, no había tiempo para respirar. Cerrar los ojos era perderse de algún momento del show. Energía y vibración pura se hicieron presentes cuando Martin, sentado al piano y aún así con sus característicos movimientos destartalados, nos invitaba a disfrutar la vida y la libertad en otro de los grandes momentos de la noche. Ya no había lugar para nada más que no sea la felicidad. Esa era la vida en tecnicolor según los ingleses y se sentía así: como en el Paraíso.
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Por encima de la lluvia de papelitos y estrellas de colores y los ataques pirotécnicos disparados en varias oportunidades desde el escenario principal, Coldplay mostraba un tremendo arsenal de hits que dosificó con maestría para estrenar siete canciones en vivo de su disco más feliz. Y ya en el escenario B -ubicado al pie de la pasarela-, uno más pequeño, aunque cercano al principal, estaban ellos, los cuatro caballeros ingleses. No es casual que para este momento Chris haya decidido sentarse al piano para justamente regalarnos una de las joyitas de A head full of dreams: Everglow. En ese momento de completa intimidad también nos regalaba uno de sus temas más introspectivos, Magic, aquella melodiosa cancioncita de su oscuro Ghost Stories, que fácilmente nos podría ayudar a resumir esa velada. La banda tocó y vibró con los miles de fans que los rodeaban con luces de colores en sus manos.

Por un momento, ya en el escenario principal, la avasallante máquina de éxitos llamada Coldplay nos invitó a un viaje por el pasado, como para recordarnos a los antiguos fans por qué nos enamoramos de este grupo hace más de 15 años. Clocks hizo su aparición triunfal con esos característicos arpegios de piano y con su acompañamiento minimalista de bajo y batería nos presentaba ese juego musical que pese a los años, nos sigue conquistando.

Segundos después, un pequeño ruido aumentaba en el silencio, y como un golpe de sangre, los instrumentos juntos arrancan la canción con toda la fuerza. En la introducción, Martin nos pide que le digamos las cosas de manera honesta, que le digamos cuál es nuestra política. Sinceridad, ante todo. Y luego, en los coros, pide que abramos los ojos. Para terminar diciendo ''dáme amor, sobre todo...''. Catorce años atrás, Politik  se había convertido en una de las canciones preferidas de los fans y no es para menos, gracias al fuerte mensaje que lanza gritos de esperanza y busca desesperadamente algo en qué creer, sumado a las impactantes visuales de la pantalla principal que muestran explosiones, atentados, misiles disparándose, mientras que hacia el final las mismas imágenes se reproducen hacia atrás, el mensaje es claro: "Give me love over this (Dáme amor por esto)". Fuertísimo.

Ese viejo clásico nos mostraría la dimensión de una banda que intercambia instrumentos, que descansa en la intensidad de la guitarra de Jonny Buckland y el sólido trabajo de Guy Berryman y Will Champion. Cada uno maestro en lo suyo, aunque desde un perfil mucho más bajo. Solo Chris Martin es dueño del escenario y parece ser que sus compañeros disfrutan de esa distribución de roles, aunque a ninguno se le escapa alguna que otra sonrisa, manteniendo la concentración más pura.
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Y si de rarezas hablamos, quizás uno de los sonidos más experimentales de la carrera de Coldplay llegaría de la mano de Midnight, para luego dar paso a una de esas canciones bailables y de las más vibrantes de la banda: Charlie Brown. Y es que aunque suene rara la combinación, es justamente con ese juego de sube y baja como se construye el show. He ahí gran parte de su atractivo. En este momento, a los chicos no les quedó más remedio que anunciarnos algo que ya lo sabíamos y que ya lo veníamos haciendo: "We'll run wild, we'll start glowing in the dark... (Nos volveremos locos, brillaremos en la oscuridad). Y nunca antes las xylobands fueron más oportunas y brillaron tanto como en ese preciso momento.

Fue así que la máquina del tiempo nos devolvió al 2016 para cambiar de color, y esta vez no hablo de las pulseras, sino de las canciones. Aunque la melancólica mirada brit-pop sigue presente en baladas, Martin sabe cómo encarar desde su función de pianista melódico canciones más movidas como Hymn for the Weekend, tema tan criticado como amado por los nuevos y viejos fans. Y es que aunque las críticas a su nuevo álbum no fueron muy positivas, lo cierto es que Coldplay sigue moviendo multitudes, llenando estadios en cualquier parte del mundo y reuniendo nichos de todas las edades y generaciones.

El show no son dos horas corridas, con pulseras encendidas y confetis contínuos y esparcidos por todos lados. El show se construye poco a poco, a partir de variantes: podemos saltar en medio de un poderosísimo pogo masivo como si fuéramos uno solo con la masa y al siguiente tema sentir que estamos en nuestro living con Chris cantándonos al oído.

Y es que Chris es Coldplay y Coldplay es Chris. En ninguno de los otros tres integrantes vive tanto Coldplay como lo hace en Chris. Y esto no lo puede negar nadie que se precie de ser fan de la banda. Amado y odiado. Martin se hace cargo de cada una de las críticas y acrecienta la épica de la redención con la memorable Fix you. Una de cal (Hymn for the Weekend) y otra de arena (Fix you). La canción es coreada de principio a fin por los presentes y el asombro de Chris parece tan sincero como el de un niño: "¡Wow, qué increíble!", y lo dice con ese español mal hablado que en él hasta suena encantador. Con este tema se magnificaba la postal más nítida de lo que es y será una banda de estadios. Fix you hizo revivir algún recuerdo en más de uno e hizo romper en llanto a varios. De momentos increíbles, si los hay, este sin duda quedará en la retina de los espectadores si no es eternamente, lo será por mucho tiempo más.
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Y si de emociones hablamos, los de Coldplay la tienen clara. Si bien el éxito del A head full of dreams Tour radica en el equilibrio musical y estético, los ingleses, pese a que a lo largo de su carrera jugaron a la condescendencia, no abandonaron su identidad. Uno de los momentos más emotivos de la noche fue justo antes de Viva la Vida: el homenaje a David Bowie. En ese instante, la imagen color de la pantalla gigante cambió a un blanco y negro como un gesto estético de respeto y emoción compartida. Con una versión muy personal de Heroes, hecho por Chris, el Duque Blanco tuvo un digno In Memoriam en La Plata. Simplemente emotivo.

Y ya que hablábamos de redención, el delirio colectivo alcanza su clímax más potente con Viva la Vida. Justamente este disco fue, a mi parecer, el que los ha convertido en una banda de estadios, un poco mirando hacia los reyes de la parafernalia y del rock de grandes arenas (U2) y otro poco edificando una obra cada vez más rica, al menos en cuanto a matices y sonidos experimentales se refiere. Una vez más la banda manejaba al público a su antojo entre la balada y la fiesta, entre lo clásico y lo nuevo. Y desde luego, la complicidad de los fanáticos fue incondicional.

El costado bailable de la banda siguió al ritmo contagioso de Adventure of a Lifetime, convirtiendo a la inmensidad del Estadio Único de La Plata en una enorme discoteca con pulseras audiorítmicas. Y nuevamente Chris dejó entrever su simpatía con su frase "Abajou, abajou", en alusión al tema que pone a bailar a la audiencia y su simpático intento de español que nos hechizaba por completo.

Tras dejar a la gente enardecida, el grupo se toma un breve receso para segmentar el último pasaje de su presentación. Durante la breve pausa proyectaron un video en el que puede verse al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, cantando el tema gospel Amazing Grace, durante el funeral de una víctima del tiroteo de Charleston (fragmento que la banda reprodujo en el último disco con la autorización de la Casa Blanca), los músicos cambiaron de locación.
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Muy celebrada es su aparición en el centro del campo. Y es aquí donde se repite el momento de intimidad en el mini escenario C, ubicado en el medio del estadio, más cerca de la gente. Vuelven bien abajo con el tándem antibélico Army of one y Us against the world. Dos de las canciones más comprometidas de la banda y ese clima cómplice aprovecharon, ya trepados en una tercera tarima, más pequeña e intimista aún, para darle lugar a una fan argentina, que gracias a un concurso organizado por la banda a través del Instagram, había pedido una canción. Y así sonaba Green Eyes
P.D.: Hay que darle las gracias a la chica que apareció en pantalla porque este tema casi nunca lo tocan en vivo.

Y así teníamos un hermoso flashback de aquel gran álbum que era A rush of blood to the head. Si algún día me encontrase con Martin, Buckland, Berryman o Champion, sin dudar les preguntaría por qué esta canción no fue sencillo. Si estás enamorado, este es el tema ideal para dedicar. Guitarra acústica, la voz de Chris y recién en el último minuto entran el piano -esta vez comandado por Will- y el bajo. "Honey you are the rock... (Querida, tú eres la roca...)". Como para morir de amor. Así, con un registro más folk, Martin protagonizó el bloque intimista de la noche.
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Ahora sí, el final es pura explosión. De nuevo en el escenario principal, el cuarteto levantó el ímpetu con Amazing day. Luego redoblaron el desafío y aunque para estas alturas de la velada, las piernas ya empezaban a pesar, no impidieron un último salto con A sky full of stars, para poner de vuelta al estadio en modo pista de baile. Y es que si de himnos alegres hablamos, este es, por antonomasia, el emblema del nuevo Coldplay.

La buena vibra no dejó de estar presente ni un solo instante del show. Y es que esa experiencia de buena onda que instala Coldplay allá donde vaya tuvo su explicación en la conferencia de prensa que ofrecieron a su llegada a México, antes de sus shows en el Foro Sol, cuando mencionaron que en el mundo siempre hay algo bueno y los noticieros ya se encargan de destacar lo malo, así que sienten que su trabajo es alegrar a sus fans. En esa misma ocasión, Chris, un hombre que rechaza los discursos de odio y desigualdad, también hizo alusión directa al muro que pretende Donald Trump: "Pensamos que existe algo de qué alegrarse. Gracias a la ciencia y la tecnología podemos conectarnos con el mundo. Aunque de pronto encontramos discursos de poner un muro en la frontera de México, con ello se pierde la esencia de que todos estamos aquí para amarnos los unos a los otros. Podré sonar un poco hippie, pero es la verdad, hay muchas cosas para sentirse bien y nosotros amamos a todo el mundo, estamos en este planeta para compartirlo y disfrutarlo". Magistral.

Chris -y por ende Coldplay- le es fiel a sus fans, y sus fans le son fieles a Chris. Y no es difícil notar que su banda, más allá de haberse convertido en una de las más grandes del mundo, no suenan a la banda más grande del mundo, sino a un grupo de cuatro amigos simpáticos, atentos, compañeros, entre quienes abunda la camaradería, el buen humor y una devoción entera a la música, sea cual fuera, pero siempre con ganas de experimentar, siempre con esa manía de cosmogonía que el grupo transmite allá a donde les toque estar.

Volviendo al show. Las pantallas ya habían mostrado nubes que cambiaban de color, espirales flúo, imágenes bélicas en Politik, el espacio lleno de estrellas y ciudades encantadas en Amazing Day, pero todavía faltaba algo. La noche alcanzaría ese clímax épico del que tanto les gusta presumir a los de Londres, con Up&Up. "We're going to get it together (Vamos a conseguirlo juntos)", repiten en el cierre sanador de esta canción, amplificado, además, por una descarga de fuegos artificiales y por si no hubiera sido suficiente, el cielo platense se alzó con más y más luces de colores y una inexplicable sensación de optimismo que prevale luego de dos horas de show. Así como empezaron con un tema del último disco, terminaron con la misma canción que cierra A head full of dreams. Y no es casualidad. Si algo nos enseñaron con ese álbum es que los sueños se hacen realidad, porque durante dos horas nos invitaron a recorrer el universo, y olvidarnos que existe mañana y disfrutar el presente con toda el alma.

Las pantallas del fondo del escenario mostraron los nombres de todos los participantes artísticos del show, como el del final de una película cuando los créditos indican que ya es momento de irse. Nadie pidió bises, porque la satisfacción se notó en el coro multitudinario que tarareó "oooh oooh oh oh oh", del estribillo de Viva la Vida, mientras comenzaba la lenta desconcentración.
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Todos los recursos estuvieron al alcance, sin abusar de ninguno. Los estímulos visuales sorprendentes fueron, por momentos, hasta abrumadores (no sabíamos hacia dónde mirar o por dónde saldría el próximo truco), pero éstos no se sostendrían sin grandes canciones. Cada haz de luz, cada globo, cada fuego artificial, cada nota... Todo está sincronizado para que Coldplay nos lleve de viaje por encima del arco iris, logrando un espectáculo multisensorial único y un estallido de colores que irremediablemente nos hace recuperar la fe en la humanidad. Quedó comprobado que el grupo se graduó con honores en una maestría de felicidad ultra contagiosa y era inevitable salir de su show sin una sonrisa en el rostro. Una vez más, los muchachos ratificaron su título de banda de estadios y yo me convencí de una cosa: si todos fuéramos un poquito más Coldplay, el mundo sería un lugar mucho mejor.
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P.D.: Lo único que tengo que agregar es que no concibo un concierto de Coldplay sin The Scientist. Me consuela saber que solo en el primer concierto de la gira no lo incluyeron y que el resto de los fans tuvieron la dicha de escuchar en vivo semejante joyita. Todos merecen vivir esa canción en vivo. Nadie merece morir sin ver al menos una vez a Coldplay en vivo. 

En definitiva, una vez más Coldplay justificó cada centavo de la entrada. Nos dejaron de recuerdo xylobands, pines de Love, papeles picados, mariposas y estrellas multicolores y lo más importante, una sensación de felicidad transmitida a través de las sonrisas con las que salíamos del show. Sin duda, un recuerdo que quedará por muchos años en nuestra memoria.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Inmortal



Llega un momento de la vida en el que uno se detiene a pensar en lo breve que puede ser el paso por este mundo.

Cuando chicos, la historia la íbamos midiendo en paquetes de caramelos, paseos en bici, vueltas en calesita y galletitas tippi remojadas en una taza de chocolatada.

De grandes, en la convivencia, la presentación familiar, en la ansiedad de conocer gente nueva y tener nuevas citas.

El primer amor, el primer beso, la primera casa, el primer salario, las primeras vacaciones. Todo parece perfectamete acomodado para no detenernos a pensar en que no somos más que unos simples mortales. 

Los amores, las amistades, las aventuras, los encuentros, los animales, la naturaleza, los domingos soleados en el parque, el olor a jazmín, el día que aprobé la tesis, las carcajadas... Todas estas cosas nos llevan a creer que capaz no moriremos nunca... Hasta que la muerte aparece y te parte al medio sin avisar, sacudiendo todas las interrogantes que estaban guardadas sin saber y poniendo en duda esos viejos deseos adolescentes de inmortalidad. Hasta ese momento en que la realidad llega para darnos una cachetada tan fuerte que nos hace poner los pies sobre la tierra haciéndonos ver que aquella persona querida que partió no va a volver nunca más, marcando así el indicio para que aprendamos a ver que en la vida nada es tan grave salvo el no poder volvernos a ver reflejados en aquellos ojos que ya no están más que en el recuerdo.

Quizás los que se van marcan el camino que seguiremos los que nos quedamos. Sin embargo, la cabeza se vuelve un laberinto eterno, la incertidumbre nos empieza a acechar y las preguntas sin respuestas comienzan a invadirnos a borbotones.

El más allá y el más acá empiezan a mezlcarse y los que permanecemos de este lado nos quedamos extrañando, palpando la vida o lo que queda de ella, con las manos apretadas para que no se nos escape por ningún lado, con la intención de prolongarla y animarnos a ser menos cobardes en el dolor y en el arte del vivir...

¿Quién se queda y quién se va? ¿Quién define lo efímero de lo eterno? Si alguien nos lo pudiera decir con tiempo para prepararnos para cuando llegue el momento de atravesar ese dolor, todo sería más sencillo... O quizás solo queda amigarnos con la idea de que así como llegamos de a poco, de igual manera nos iremos...

Cada partida, irremediablemente, me lleva a luchar con la idea de amigarme con lo desconocido, de amigarme con la muerte, aunque a veces me encantaría poder sentirme un poquito inmortal. O quizás lo soy de a ratos, cuando recurro a los recuerdos, a las risas, a los momentos felices.

La muerte es un tema que me cuesta mucho aceptar. 

Cuando tenía 11 años falleció mi abuela, la que me crió, la que me vestía para ir a la escuela, la que me preparaba el desayuno todas las mañanas, la que me copiaba la lección cuando se me hacía tarde para salir de clases, la que fungió de segunda mamá cuando la mía tenía que salir a trabajar. Pensé que nunca más iba a llorar desconsoladamente con una partida... Hasta que los años me fueron sorprendiendo una y otra vez con dolores ajenos y con diferentes pérdidas que poco a poco me hacían asimilar la idea de que la muerte es algo natural, como debe de ser, al fin y al cabo, ¿no? Ciclos de la vida le dicen, ¿verdad?

Me cuesta aceptar eso de que de polvo venimos y en polvo nos convertiremos. No quiero creer que la vida se reduzca a un montón de cenizas y que de creernos inmortales tengamos que pasar a darnos cuenta de que todo puede terminarse en un segundo, mientras que uno gasta tanto tiempo preocupándose por boludeces en lugar de aprovechar cada instante. Resulta que la línea que separa el más allá del más acá es más delgada de lo que podemos imaginar.

Lastimosamente nadie nos enseña a morir y a gestionar el dolor, nunca nadie nos inculca la idea de que la vida no es más que un regalo con fecha de caducidad, que indefectiblemente se acaba y que no podemos ni debemos desperdiciar las 24 horas que tenemos al día para gestionarlas. Claro, creemos que la vida es eterna hasta que la misma vida nos recuerda lo inevitable. 

Cuántas veces pasa que creemos que la muerte es algo que no nos va a pasar mañana y andamos así por la vida hasta que alguien se va. Y en ese momento estaría bueno pensar que no es que se fue, solo se nos adelantó en el camino y que aunque nos duela, alguna vez lo vamos a alcanzar. 

Por más natural que sea la muerte, es inexplicable cuando nos toca perder a algún ser querido. Sin embargo, sin querer queriendo, cuando alguno muere, muere también una parte de nosotros y eso impide que volvamos a ser los mismos. Lo que no quiere decir que no lleguemos a ser felices nunca más, simplemente son como espejitos que se rompen en el alma y que modifican nuestra realidad...

Hace poco leí en algún lugar que hay que perder todo aquello que formaba parte de tu vida para poder encontrarte a vos mismo. Y qué loco. Perder un ser querido para empezar a valorar el presente, aquí y ahora, y dejar de preocuparse por tonterías.

Y es que la conciencia de la finitud es capaz de hacernos valorar la vida más que nunca, de modo a que la muerte nos encuentre viviendo...  Hoy no me da miedo la muerte, lo que me da cosa es pensar que algún día va a llegar y me pregunto cómo me encontrará. Es por eso que a partir de ahora quiero esforzarme cada día para que al menos valga la pena.

Y quiero entender que quizás las primeras pérdidas como un juguete roto, una despedida, un cambio de colegio o una mascota desaparecida son solo pequeñas pérdidas que nos preparan para la muerte...

En realidad no sé si existe vida después de la muerte, tampoco sé si el lugar a donde van las almas sea mejor de lo que es acá, pero si algo tengo claro es que finalmente Don Agustín está descansando después de mucha agonía. Prefiero pensar que ahora tengo conmigo no solo a uno, sino que a dos seres de luz que nunca más van a dejar de brillar y acompañarme. 

Creo que este año fue de puro aprendizaje. Aprendí que ni mi juventud ni la de los míos va a ser eterna, que solo nos queda intentar hacerle una sonrisa burlona a la muerte y decirle: "seguramente algún día vas a llegar, pero hoy todavía no". 

Aprendí que algunas cosas es mejor tenerlas difusas en la mente. No al punto de ignorarlas, pero tampoco darles demasiadas vueltas. Al fin y al cabo todos marcharemos al mismo lugar, y eso es todo lo que hay que saber.

Pero sobre todo aprendí que no hay historia más triste que la de comprender que nacemos para morir.

Por segunda vez en 26 años me volví a sentir desolada y desconsolada. Y doblemente, porque por primera vez en mi vida estoy viviendo sin abuelos. Solamente me queda pensar que nadie podrá quitarme los momentos que viví con ellos y que nadie nunca podrá manchar el recuerdo de los que se van. Y que definitivamente, los padres y abuelos no deberían morir nunca, porque nos dejan huérfanos de afecto y totalmente desprotegidos.

Cumplir estos 27 años no van a ser iguales a los anteriores. Va a faltar él en la cabecera de la mesa, con su risa contagiante y sus chistes de sobremesa. Va a faltar él, con sus ocurrencias, sus bromas y sus historias interminables. Va a faltarme hoy y todos los siguientes años de mi vida. 

Pero algo me enseñó su partida, que la familia que me tocó, pese a ser tan diferente entre sí, al momento de la verdad, puede convertirse en el mejor equipo del mundo. Porque debe ser una maravilla vivir con la sensación de que la compañía, en las buenas y en las malas, es el mejor regalo.

Y siento que mi abuelo fue muy feliz. Varias veces lo escuché repetir que solo le quedaban ver dos sueños cumplidos: al menos a uno de sus nietos recibidos y conocer a algún bisnieto. Y lo logró. Y su buen vivir me enseñó a no desperdiciar el mío. Y eso solo me lleva a convencerme de una cosa: que la vida hay que vivirse al máximo, nada más. Para que el día que nos toque partir, los otros -quienes todavía se quedarán por aquí- sientan el consuelo de que fuimos felices. 

Después de todo, la eternidad tiene la duración que nosotros mismos le damos. De a poco su recuerdo se va asentando y deja de doler tanto, hasta que simplemente pasa a ser parte de uno mismo.

Después de cuatro meses todavía tengo mucha pena para seguir filosofando sobre la muerte y su descolorido abismo.

Sin embargo, hoy, que cumplo un año más, tengo un solo deseo que es enviar el abrazo más fuerte y el Te Quiero más sincero del mundo a ese lugar donde supongo que van todas las almas a las que uno amó hasta el final. Mi deseo es que eso llegue hasta allá.

Y si hay lugar para un deseo más, que la muerte no me tome nunca desprevenida. Después de todo, el pasado nos condena a ese encuentro incierto. El futuro nos dará una sensación de agradecimiento. Y el presente... el presente es el único hecho concreto.





"Quiero creer que la muerte no nos roba a los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente". Francois Mauriac.


Esta entrada es en memoria a esos seres que siguen aquí por medio de la única cosa que nunca va a morir: los recuerdos.

A mi abuelo, y a todos los que como él, se fueron y nos dejaron un vacío tremendo.



Sin lágrimas
No puedo sentir, sentir nada
No puedo gritar, no puedo chillar
Aspirarlo, espiarlo
todo este amor en mi interior
No voy a llorar cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
No voy a morir cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
No beberé, no comeré
no puedo escuchar,
no voy a hablar
Déjalo salir, déjalo entrar
Todo este dolor en mi interior
Y simplemente no puedo entregar mi corazón
a otro ser viviente
Soy un susurro, soy una sombra
Pero me pongo en pie para cantar
No voy a llorar cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
No voy a morir cuando digas adiós
me quedé sin lágrimas
Sì, así es
No voy a llorar, juro que mis ojos están secos
Me quedé sin lágrimas
No voy a llorar, te voy a decir por qué
Me quedé sin lágrimas, sin lágrimas
Dejar que salga, desde adentro
Algunas se pierde, algunas se gana
Puedo vagar, puedo soñar
hasta flotar

viernes, 30 de enero de 2015

Magistral shock de rock&roll


Foto: Rock and Studio

Para empezar a hablar de los Foo Fighters, como primera regla habría que decir que son domadores de multitudes. Y eso no entra en discusión. Después de su tremendo show de tres horas contínuas en el Estadio Único de La Plata, dieron fe de ello.

Si hay algo clarísimo, es que Dave Grohl es mucho más popular de lo que se pensaba. Desde el lanzamiento de su documental Sound City en el 2013, hasta el estreno de Sonic Highways versión serie para la famosísima cadena HBO, la grabación de los ocho temas del disco en ocho ciudades diferentes, su ingreso al Salón de la Fama del Rock, tocó con Paul McCartney, Brian May y muchos otros de sus ídolos personales y se afirmó como uno de los grandes héroes del rock de estadios.

"Les prometo que no vamos a esperar 17 años para volver. Lo juro. No sé por qué esperamos tanto, son el mejor fucking público del mundo. Este tema es para ustedes". Así se despedía Dave Grohl aquel 4 de abril de 2012, antes de tocar Everlong para dar cierre a un show imparable en el Monumental de River durante el Quilmes Rock de ese año. Dave prometió y que conste que lo cumplió. Y con creces, diría yo.

Solamente tuvieron que pasar casi tres años para volverlo a ver en Buenos Aires, más específicamente en La Plata, con un nuevo e interesante disco bajo el brazo para deleitar con tres horas de show impecable a no más de 30.000 almas.

Eran las 21.15 cuando Grohl y los suyos hicieron su aparición en un imponente escenario para lograr una entrega total a un público que les devolvía cada acotación.

Mucho antes, la banda argentina Eruca Sativa y los británicos Kaiser Chiefs, con mucha polenta, prepararon la velada para la llegada de los Foo Fighters.

Bajaron las luces del escenario y el estadio Único se paralizó, para luego estallar con el griterío ensordecedor que dio lugar a un estruendoso rugido de guitarras, un temblor que marcaba la entrada de la agrupación.

El líder absoluto es Grohl, un showman con todas las letras que se metió al público en el bolsillo al cargarse la guitarra al hombro y hacer vibrar a los presentes con la potente Something From Nothing, el primer corte de Sonic Highways, su último disco, para lograr así un brutal comienzo que dispara riffs y descarga la voz de Dave como artillería pesada. "Va a ser un show largo. Trajimos muchas canciones, así que van a tener que bailar toda la noche, motherfuckers", afirmaba recién subido al escenario y terminada la primera canción, con el pecho inflado y los brazos en alto.

Hay algo que no entra en discusión acá y es que los tipos se divierten en el escenario, sin olvidar que todo empezó en un garaje, hasta convertirse, 20 años después en una de las bandas de rock más vigentes del mundo.

Otra cosa que quedó clara es que los Foo prometen y cumplen. Tocaron sin parar tres horas sin bises y con un arsenal de hits que repasan con justicia su discografía (aunque me hubiera encantado escuchar Next Year -mi canción favorita por excelencia-, Walking after you, Big Me y What did I do/God as my witness, del último disco).

The Pretender, Learn to fly, Breakout, Arlandria y Generator funcionaron como disparadores para continuar una noche sin precedentes.

"¿Se bancan dos horas y media? ¿Se bancan tres horas? Vamos a tocar hasta que no podamos más. Nosotros no somos de los que se van del escenario y vuelven. Nosotros nos quedamos acá", continuaba el ex baterista de Nirvana devenido en frontman, capaz de interactuar constantemente con un público que a la segunda canción ya empezaba a desarmarse en pogos masivos y euforia descontrolada.

My Hero actuó como el detonador perfecto para que la bomba explote en uno de los puntos más altos de la noche.

Además de Dave, dueño de un carisma único, que se comunica con su público a través de códigos y sin poses de divo ni de estrella de rock and roll, sino como un rockero divertido, detrás había un show aparte, cuando la atención recaía en la figura de Taylor Hawkins, "el mejor jodido baterista del mundo. Te quiero", en propias declaraciones de Dave en vivo. Un rubio que es pura energía y que por momentos nos recuerda al Grohl de Nevermind y hasta al propio Kurt Cobain, repartiendo palazos y cimentando la potencia de la banda con golpes ágiles y pesados. Enérgico y arrollador. Todo un showman aparte, resguardado en el fondo del escenario, que lejos de pasar desapercibido, confirmaba de sobra el concepto que minutos atrás había dado Dave sobre su compañero.

La entrega de Foo Fighters es total, nada a medias. Quedó demostrado que con ellos no existen las medias tintas. Eso de tocar, pasar por caja y mandarse mudar no figura en su contrato. 

Enseguida disparan Hey, Johnny Park! y Monkey Wrench, para rematar con una seguidilla de éxitos que incluían Cold day in the sun, In the clear, I'll stick around y Congregation. Para lograr un final bestial con Walk, en su máxima potencia. Y el estallido del Estadio Único se hizo eco.

Para ese entonces Dave ya se convirtió en un líder auténtico, domador de masas, con cero por ciento de demagogia y un estadio de 30.000 personas a sus pies. Con gritos furiosos y un festival de "fucks" pedía al público que lo dejaran de alabar con el "olé, olé, olé, cada día te quiero más. Soy Foo Fighters... Es un sentimiento... No puedo parar...", para luego seguir tocando con una cerveza en la mano.

Luego de un juego tremendo de distorsiones, protagonizado por Chris Shiflett y el abuelo Pat Smear, que se dedicaron a construir una pared alterna entre calma y explosión, mientras la sobriedad de Nate Mendel se hacía presente en sus líneas de bajo, Dave, que tiene como un cañón en la garganta hace temblar al estadio con sus gritos desgarradores. En un momento pregunta si estamos dispuestos a gritar y cantar así toda la noche. Y obviamente la respuesta del público no se hizo esperar.

Ahora, bien, ¿quién dijo que el rock de estadios no puede emocionar? El comandante de la batuta llegó dispuesto a romper mitos, al dejar descansar a su banda, atravesar la pasarela que llegaba hasta el centro del campo, cargando la guitarra electroacústica para descargar una interpretación más intimista de Skin and Bones y una hermosisíma versión solista de Wheels. "No la tocamos muy seguido", remataba poco antes un solitario Grohl. Por suerte esta vuelta hizo una excepción y la tocó. Dave, él solito con su alma nos regalaron la mejor versión de esta canción. Para finalmente ejecutar solo los primeros acordes de Times like these esperando a que se sume el resto de la banda para terminarla, que emergía del subsuelo desde una plataforma giratoria instalada en el medio del campo. Impresionante.

La evolución del show fue creciendo y los fanáticos no podíamos dejar de sacudir las cabezas. Más que un show por contrato, lo de ellos parecía ser una reunión de viejos conocidos que disfrutan lo que hacen, sobre todo Dave, que se movía como pez en el agua por cualquier estilo o instrumento. Estaba en su salsa.

Foo Fighters no dio respiro alguno a su público. "Nosotros empezamos a tocar en un garaje, haciendo los clásicos que nos gustaban y soñando con estar en un estadio. Ahora llegamos a un Estadio, pero igual queremos tocar esas canciones que nos gustaban". Y una vez más, el comandante Grohl acaparaba toda la atención de su público. 

Ya reunidos los seis, se iniciaba un viaje al pasado con un set de covers del tamaño de Detroit Rock City de Kiss, Young Man Blues de Moe Allison y Miss You de los Stones, con Dave Krusen -batero fundador de Pearl Jam- y Jonny Kaplan en la voz. Invitados de lujo. 

Para el siguiente tema, Dave y Taylor intercambian los roles. Grohl se adueña de su primer amor: la batería, mientras Hawkins se apropia del micrófono para ofrecer una potente versión de Stiff Competition de Cheap Trick.

Mientras el miniescenario seguía girando y ante incontrolables aplausos y respuestas eufóricas de un público descontrolado, ambos showmans volvieron a sus roles principales para deleitarnos con una hermosa versión de Under Pressure, de Queen y Bowie, los dos cantando a partes iguales. Y el gran Freddie Mercury no habría podido sentirse más honrado al escuchar esta sencilla pero memorable versión. Una versión que irremediablemente podría remitir al de Nirvana en el Unplugged con los Meat Puppets. 

A estas alturas del show uno se acuerda eso de "vamos a rockear toda la jodida noche" que había dicho Dave un par de horas atrás y se da cuenta que es cierto. Los primeros acordes de las guitarras generan un entusiasmo colectivo y una masa de cuerpos se preparan porque saben lo que se viene. All my life irrumpe en escena y varios círculos descontrolados llegando al punto más agitado de la noche.

Y hablando de momentos intimistas, sonaba These Days, como suerte de canción de redención. La que en Back&Forth, el documental de la banda, que data del 2011 y en el que Dave confesó que esta canción se la escribó a Kurt Cobain y más tarde, en el 2012, se lo dedicó a sus ex compañeros de Nirvana (Cobain y Krist Novoselic) en el Festival de Reading de Inglaterra, mismo escenario en el que más de 20 años atrás Nirvana había dado su último concierto en Inglaterra.

Para este momento del show, al fin terminamos de entender por qué ese tipo risueño, de barba cuidadosamente descuidada, jeans, remera oscura y Converse gastados es tan distinto a cualquier cantante de rock. A Dave Grohl, ese ícono generacional, rock hero por donde se lo mire, no parece importarle nada más que su banda, gritar hasta el límite de su garganta y hacer un recorrido al pasado, llegar al presente y volver al pasado otra vez como haciendo un recorrido por toda la carrera musical de la banda que sucedió a un mito como Nirvana. Dave se paseó en el show, como si hubiera vuelto a tocar en el garaje de su casa.

Si hay algo que el público siempre valora, tanto en el rock como en el fútbol, eso es la entrega. Y en eso Dave y los suyos -especialmente Taylor Hawkins, el brillante baterista- dejan el cuerpo en cada acorde, en cada riff, en cada canción.

"Somos una banda muy afortunada por hacer lo que nos gusta", remata Dave. Y fue justo ahí cuando recordó la última vez que tocó en Argentina con los Artic Monkeys bajo la lluvia (2012) y la garra del público que nunca dejó de alentar en esa ocasión.

Y sin dejar de girar sobre el escenario redondo que le permitía quedar cara a cada rincón del público, Dave evalúa antes de disparar el tridente final con Outside, otra joyita del nuevo disco, que fue bien recibida y coreada por la masa. El máximo punto de ebullición llegaría con The best of you. Y la despedida, que nadie hubiera deseado después de tantas emociones y recuerdos juntos. "No nos gusta decir adiós. Preferimos decir esto: Y me pregunto... Cuando canto contigo... Si todo podría sentirse así de real por siempre... Si cualquier cosa podría ser así de buena otra vez...".

Sonaba Everlong y no hizo falta nada más.

Tras tres horas exactas de éxtasis, furor y emoción, se baja el telón de un tipo que se siente afortunado por hacer lo que le gusta hace más de dos décadas. Y en el escenario se notó el feeling con su público, uno que quedó con la sonrisa dibujada de ver a un tipo común apostando al vértigo total de cada show. Los pogos, los bailes y los cánticos desenfrenados no faltaron en toda la noche. Y los que salimos del Estadio Único después de ese shock -porque está claro que no fue un simple show- de tres horas terminamos empapados de rock.

El muchachito que formaba parte del trío que cambió la historia del rock independiente norteamericano con Nevermind (1991) estaba de regreso, o tal vez nunca se había ido. Estaba más latente que nunca, reafirmando lo que Kurt dijo cuando lo vio por primera vez: "Conocí al mejor baterista del mundo". El hombre detrás de los parches de Nirvana está hoy al frente de Foo Fighters.

Y surge la pregunta obligada: ¿Por qué no cantar temas de tu antigua banda que te permitió hacerte conocido? "Es terreno sagrado", diría Dave a la revista Rolling Stones. Probablemente el estigma de Kurt y Nirvana sea la cruz más pesada con la que Dave deba cargar el resto de sus días. Pero sin duda es la fuerza que alimentó su espíritu desde entonces. Después de todo, Dave es eso, como el Ave Fénix que resurgió de sus propias cenizas.

"Venimos haciendo esto por los últimos 20 fucking años. Nos sentimos realmente afortunados". Sí, Dave, después de esa magistral clase de rock and roll, te creemos.


Foto: Rock and Studio

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Dejar ir



Se va el año y esperé con ansias el momento para escribir mi tradicional balance. Irremediablemente esta época del año me invita a hacer un equilibrio para revisar lo que viví, lo que corrí, para seguir construyendo e intentar ser mejor persona.

Muchos se burlan o toman con ironía el hecho de hacer uno, pero para mí es la mejor manera que encuentro de exteriorizar lo aprendido a lo largo de 365 días y que no solo queden de manera aislada en un rincón de mi memoria. Además, los compromisos de año nuevo quedan pactados con testigos que están en línea siguiendo este blog.

El fin de año, inconscientemente, me obliga a repasar lo vivido. Es un pacto tácito que tenemos la vida, el tiempo y yo.

En este recuento exprimo a mi memoria y reviso todos los detalles de mi existencia. Me hago preguntas con la esperanza de encontrar muchas más respuestas y de paso confirmo que hay cuestiones y dudas que aún siguen siendo -y quizás lo serán siempre- un espacio en blanco, seguida por puntos suspensivos, como una hendidura y una grieta en mi espíritu nómada que intento restaurar a menudo -aunque sin éxito- y que se volvió en una mala costumbre. 

Tal vez no es tan malo después de todo. Honestamente, me hace sentir importante el saber esa capacidad mía de cuestionar el mundo y todo lo que me rodea, incluyéndome a mí. Pero... ¿cómo evitarlo? ¿Quién era yo hace un año? ¿Quién era antes de este año que viví corriendo? ¿Quién era yo antes de calzarme las zapatillas o los championes y salir a la calle a enfrentar los nuevos cambios que traen consigo un nuevo año o ciclo?

Me tomó vintiséis años llegar a este punto. Un punto que poco a poco se va pareciendo a lo que alguna vez soñé. Aunque me hubiera gustado que sucediera antes, tampoco me disgusta que pase ahora. En el camino, es cierto, se llegaron a marchitar ideales y verdades que creí absolutas. Guardé en un cajón cartas de amor y de amistad, junto a fotografías desteñidas y recuerdos en sepia. 

En estos trescientos sesenta y cinco días tuve experiencias que preferí olvidar y otras que me gustaría no olvidar jamás. Pero finalmete, este post va a ser positivo. Porque sobre todo, fue un año de aprendizajes. Un año que dejé ir oportunidades, viéndolas perderse en el recuerdo, como un globo. Y todo para apostar a un sueño pospuesto, como una materia pendiente (sí, sobre todo laboralmente).

El primer gran cambio fue justo y sumamente necesario. Cambio de aires, de ambiente, de equipo. Cambio de trabajo. Una asignatura en deuda conmigo misma y por la cual rechacé otras propuestas para aferrarme aún más a mi vocación de periodista (aclaro, por si quede la duda). Aprendí que lo único constante es el cambio y a veces suele ser algo irremediable. Que no me hallo puede ser un motivo más que suficiente para irme de un sitio y encarar otro desafío. Conocí gente que me ayudó de una forma inesperada. Que terminó siendo parte elemental de un año cargado de buena onda, positivismo, emociones, momentos compartidos y madurez.

Después de mucho tiempo puedo decir que mi trabajo me hace inmensamente feliz. Vivir de la palabra escrita y que te reconozcan por ello, es lo que más dignifica tu trabajo y tu persona. Y sobre todo te motiva a seguir, a crecer, a tirar para adelante, a estar siempre dispuesto a remar. Conlleva muchas más dificultades, muchos más desafíos y mucho más compromiso, pero nada es comparable al hecho de plasmar sentimientos, pensamientos, ideales e historias que de una u otra forma también marcan tu vida.

No puedo decir que todo fue color de rosas, tuve mis bajas. Pero soy una convencida de que si sentís que estás donde querés estar, las bajas pasan a ser parte de una lección constante, para crecer, madurar, aprender... Y finalmente, ser mejor.

Personalmente, el panorama no fue distinto. Mi humor cambió, mi estado de ánimo mejoró, las ganas de perseguir mi viejo sueño que ya se estaba durmiendo en algún estante viejo de mi trabajo anterior, afloraron con más fuerza que nunca. Y quizás volver a hacer terapia me ayudó. Cuando mi psicóloga me pidió que escribiera una frase que defina mi vida, al recordar las palabras de mi papá cuando le dije que quería ser Periodista y me respondió: "Te vas a morir de hambre", inmediatamente me inspiró a escribir la frase: "Todo es posible". Si algo me enseñó este año, es juestamente eso, que todo es posible. Trabajé, me esmeré por llegar a donde estoy ahora, que no me quedan dudas que todo es posible.

Y hablando de mi papá, de alguna manera, este año me permitió acercarme más a él, saber que tenemos muchas más cosas en común de las que creía tener. Como que dormimos de la misma forma -abrazados a una almohada-, o que tenemos la misma manía por el maní y el queso. Pero que también tenemos diferencias abismales en cuanto a ideologías y pensamientos. Pero me quedo con lo lindo, de saber que aún en la distancia, hay cosas mucho más fuertes que nos unen. Como mi idea de alguna vez ser tan grande como él. -Por cierto, pasé Navidad sola con él. Y lejos de pasarla mal, fue una de las mejores Navidades de los últimos años-.

Lo más importante de este año es que vislumbré una luz y una tenue brisa caló profundamente en mí al ver el par de ojitos de mi segunda sobrina. ¡Sí que fue un hermoso año! Tan lindo, que lo voy a atesorar como algo invaluable. Definí mi vocación de ser tía, de estar dispuesta a dar la vida por alguien más, de querer defender mis ideales a capa y espada, de no darme por vencida nunca. Y muchos otros valores que una nueva vida puede aflorar.

Vi muchas películas que marcaron mi año, pero La vida secreta de Walter Mitty afianzó mi ideal de seguir soñando. "En la vida hay que tener valor y afrontar lo desconocido", "Un recordatorio de que los sueños están para ser cumplidos" o finalmente "Ver el mundo, afrontar peligros, traspasar muros, acercarse a los demás, encontrarse y vivir. Ese es el propósito de la vida". Pillé que no está mal soñar despierto todo el tiempo. Me lo demostró Walter Mitty.

Musicalmente hablando, tampoco me puedo quejar. La música siempre te acerca a la gente, nunca te aleja. Me pasó con Coldplay, cinco años atrás. Amigos que un concierto musical unió, y que no lo separó nadie más, hasta ahora. Este año vi shows que siempre te dejan un sabor a insuficiencia -Los Piojos, Jarabe de Palo, Jack Johnson, Fito Paéz y muchos más-. Pero finalmente, lo más lindo de esos conciertos, siempre resultaron ser la compañía que en cada uno de ellos me acompañó para cantar, gritar, bailar, saltar, emocionarme y hacer el pogo masivo que nunca puede faltar. La música también me acompañó en cada momento de mi vida y afianzó relaciones con personas que hoy forman parte de una lista de seres intrañables en mi historia.

Existen muchas cábalas de año nuevo, como dar una vuelta a la manzana a la medianoche, con una valija en mano, para viajar más. O comer doce uvas. O vestir ropa blanca. Pero también dicen que si empezás el año viajando, vas a tener un año movido, ajetreado y con muchas aventuras. Yo las tuve. Los primeros días de enero y el paseo a Corrientes anticipaba un año con muchos más paseos, viajecitos cortos, recorridos y aventuras con amigos. 

Me entregué más a las horas y al tiempo, para finalmente sorprenderme con más momentos felices. Llegaron afectos nuevos, que espero hayan llegado para quedarse. Transité el año con más alegría y entusiasmo. Hice las paces con algunos enemigos como las dudas, los miedos, las confusiones, las soledades y el año que viene espero hacer las paces con el malhumor. Apendí a guardar cada momento en un frasquito -y no solo en la pantalla del celular-, para abrirlo cada vez que me sentía sola y así prolongar mis momentos de felicidad. Mi panza se llenó de carcajadas y mi imaginación no paró de crear.

Pero por sobre todo, este año dejé ir muchas cosas a las que no extraño, porque me fui desterrando de cosas negativas y corrosivas que solo afectaban mi bienestar y mi paz interior. Este año busqué, desesperadamente, resaltar más las virtudes y opacar más las miserias. Tomé un rumbo opuesto y elegí el lugar donde quiero estar, con las manos medio vacías o medio llenas, ¿qué importa? También con un manojo de dudas en el bolsillo, pero finalmente se trata de ir tras un sueño y dar un paso a la vez. Así que lo demás, poco y nada importa.

Y más que nunca, aprendí a creer en los finales felices.

El próximo año, que ya está por llegar, anhelo los mismos deseos de años anteriores. Seguir buscando más momentos de felicidad. Deseo poder ser más espontánea y dejarme llevar más por mis instintos que por los cálculos monetarios y matemáticos y desterrar el miedo y las dudas de una buena vez. Deseo enfocar mi energía en personas que de verdad lo necesiten y así devolver parte de todo lo bueno que la vida me regala todos los días.

Este año brindo por mi familia, sobre todo por mi abuelo, que celebró sus 83 años. Celebro la dicha de seguir teniéndolo entre nosotros. Brindo por mis amigos y mis compañeros que son pieza clave en mi crecimiento. Brindo por mis sobrinos, por hacerme ver todos los días que la felicidad plena no existe, que son pedacitos de momentos compartidos con las personas ideales. Que ser niños es la mejor etapa de la vida, porque es posible medir la alegría en paquetes de caramelos, en vueltas en calesita, en sube y baja y en hamacarse por los aires. 

En esta época es cuando más tomo consciencia de todo lo que hice y lo que no, de lo que aprendí, disfruté, compartí... Solo para darme cuenta de que un año más pasó volando. Busqué, soñé, cambié y justamente de todas esas búsquedas, sueños y cambios es de lo que estuvo hecho este 2014. Y en cada una de ellas, tuve presente a mi abuela. Porque nunca hay que olvidarse de dónde venís, para poder enfocarte a donde sea que vayas.

Me despido de este año con una mirada cómplice y una sonrisa. ¿Fue el mejor? No sé. Decir que fue el mejor sería limitarme a que el 2015 no lo sea. En realidad, si hay algo que se me grabó, es que cada año tengo que buscar que sea mejor que el anterior. 

Se va otro año y sin embargo se mantienen intacto en mí los deseos de vivir de acuerdo a mis pasiones y principios, a seguir sumando pequeños triunfos para cumplir grandes sueños. Pero por supuesto que en el camino también voy a ir disfrutando, como hasta ahora. Quizás haya elegido un camino duro, pero a veces pienso que esta carrera me eligió a mí, porque siento que esta puede ser mi forma de acercarme a la gente, de aportar mi grano de arena a este pedazo del mundo. Y en este camino, reconozco, me voy cruzando con gente tran grande y especial que me hace crecer y mejorar un poco más todos los días, que con su apoyo generan en mí las mejores sensaciones. 

Se va el 2014, dejándome un montón de cosas que no se comparan ni con un camión repleto de oro -al más puro estilo de la película La estafa maestra-. Con la diferencia de que el acceso a la caja fuerte está en mí misma, en mis ganas de seguir caminando y aprendiendo.

Con todo esto, lo que más deseo es que el año que viene, venga acompañado de mayor bondad para compartir más y mayor sabiduría para consumir menos. Y desde luego, la infinita capacidad de seguir soñando.

Finalmente, la felicidad cabe en galletitas tipi remojadas en un vaso de Toddy... ¡Claro que sí!

¡Feliz, feliz, feliz 2015!


Y vuelvo a compartir esta canción en un post -por segunda vez este año-, simplemente por dos razones: una, que me gusta y dos, los voy a ir a ver en vivo dentro de poquito, en lo que implicará la primera pequeña aventura del nuevo año. ¡Salú!