lunes, 5 de mayo de 2014

Metamorfosis




Metamorfosis.
Para la RAE es la "transformación de algo en otra cosa. Mudanza que hace alguien o algo de un estado a otro, como de la avaricia a la liberalidad o de la pobreza a la riqueza".
Para wikipedia la Tansformación-Metamorfosis es un "proceso por el cual un objeto o entidad cambia de forma. Cambio irreversible".
Si hablamos de las mariposas, la definición de metamorfosis se refiere "al conjunto de transformaciones externas e internas que sufre el insecto durante el ciclo comprendido entre el huevo y el estado adulto".
Y para los menos científicos, metamorfosis "deriva de un vocablo griego que significa transformación, haciendo referencia a la mutación, la evolución o el cambio de una cosa que se convierte en otra diferente".

Es tan difícil saber si estamos en el camino correcto para dejar de ser larvas y finalmente convertirnos en mariposas…


Existe un momento de nuestra vida en el que, queramos o no, nos damos cuenta que dejamos el estado de gérmenes y que estamos entrando a la vida adulta. Sí, a esa misma vida que muchas veces nos mira desde el mural y que acostumbra ponernos en situaciones curiosas y lugares inesperados.

Ese momento en que crecer se vuelve irremediable y que implica aprender a decir adiós a ciertas situaciones, cosas y personas. Resignarse y desprenderse de sueños y milagros, y aún así mantener la fe.

Y así llega ese momento en que entramos en medio de ese proceso de toma de consciencia para pillar que nuestra metamorfosis no fue lo rápida que hubiéramos deseado y que perdimos tiempo relajados en forma de gusanos, temiendo que alguna vez llegaríamos a convertirnos en mariposa.

La metamorfosis puede ser cruel y agónica. Dejarnos en el medio con una brecha de emociones reacia a aceptar alas prefabricadas, besos a medias y colores sombríos.

Y se vuelve difícil confiar en uno mismo siendo un gusano. Y solo queda comprender que para que éste pueda volar, debe comenzar a pensar como mariposa. Es decir, para llegar a ser la persona que uno desea, debe creer que puede y empezar a transitar el camino que lo lleve a ese lugar o que al menos lo acerque a la parada más cercana.

Muchas veces las cosas no van en la dirección que uno se propuso tiempo atrás. Y surgen acontecimientos que nos marcan a fuego lento modificando por completo nuestro ser, llegando a ese punto de inflexión que marca un antes y un después en la vida, haciéndonos sentir que hasta ese momento éramos alguien y al instante siguiente somos uno distinto.



Nadie dijo que el recorrido sería fácil, o si no no tendría mucho sentido. Y de repente el ritual cotidiano nos embarca dejándonos de pie frente a la rutina y empezamos a andar por inercia. Otras, sin embargo, la rutina nos comienza a pesar y nos detenemos a pensar: ¿Este es el peso que quiero cargar? Un trabajo que no nos genera placer, un novio que no queremos tener, una relación que ya no nos llena, una palabra atorada en la garganta, un perdón necesitando salir, una vocación pidiendo a gritos una oportunidad, un cambio demorado, una pasión tardía…

Probablemente el tiempo de mutar esté cerca y empezamos a elegir los colores para nuestras alas. Al principio sentimos temor, pero al final del proceso la metamorfosis nos permite modificarnos, reinventarnos y ampliar nuestros propios límites.

Cada frase representa una nueva pregunta y una nueva búsqueda que no nos garantiza nada, pero que nos mantiene esperanzados. Nos cuestionamos distintas cosas a los veinte que los treinta ya olvidamos, nos cuestionamos cosas a los cuarenta que a los cincuenta ya ni nos importa. Pero siempre existe una incertidumbre: ¿Qué quiero ahora?




Se instala esa duda y germina en nuestro interior. Palpita, late, se acelera y cobra vida. Y de repente, una mañana cualquiera nos sacude frente a una taza de café. Y así, a fuerza de ensayo y error llegamos a descubrir cuál es el motor que mueve nuestras vidas. Aunque algunos lo pillan mucho antes que otros.

A veces es probable confundir creyendo que llegamos a ese punto en el que convergen el ayer y el mañana, lo que fuimos y lo que seremos. Y otros capaz andemos toda una vida por el camino equivocado hasta que de repente y sin querer queriendo acertamos y damos en el ojo con ese tan ansiado click que veníamos buscando.

Quizás existe un futuro incierto que se vincula directamente con el ayer. Como por ejemplo, hoy queremos largar todo, colgarnos la mochila al hombro y recorrer el mundo en una kombi amoblada Peace&Love, con los pesos justos que nos permitan llegar a un lugar para empezar a vivir, propiamente dicho. A fin de cuentas, en la necesidad uno encuentra la creatividad de hacer y la urgencia de supervivencia.

Pero al día siguiente vuelven a saltar esas ganas de retomar la rutinaria vida, ir al laburo de siempre, odiar los lunes y amar los viernes, empezar algún curso de idiomas, continuar con el posgrado y el gimnasio.

Por un minuto soñamos ser rockstars, al minuto siguiente queremos volar…

La metamorfosis no es otra cosa que un constante proceso de mudanza interior, que se debate constantemente entre el ayer, el hoy y el mañana. Pasado, presente y futuro. Yin y yan. Alfa y omega.

La transformación no suele ser rápida. No como un parpadeo, como el aleteo de una mariposa o como una estrella fugaz. Pero su huella es eterna como el horizonte, como el tiempo y como la muerte.

Cuando nos transformamos es el momento de compartir los colores y la alegría de nuestra creación con el mundo.

Siento que mi metamorfosis hoy sigue siendo una sucesión de puntos suspensivos… ¿Y el tuyo?


Rock nacional para acompañar el momento divague del mes. Mariposa, vuela libre hermosa, vuela de este sucio lugar. Más claro, agua.

viernes, 7 de febrero de 2014

Lo único constante es el cambio


El primer día que entré a Biedermann Publicidad fue para una entrevista de trabajo que al día siguiente marcaría una nueva etapa laboral en mi portuario profesional. Recuerdo que ese primer día llamó mi atención el mural de la entrada de recepción: “Lo único constante es el cambio”, decía, como una de las tantas frases que con frecuencia utilizaba don Enrique (Q.E.P.D., fundador de la agencia) para definir rasgos de una de las empresas publicitarias más antiguas del país.

La frase no es un copyright de él, sin embargo considero que cualquiera puede adoptarla por tratarse de algo universal y que a pesar de los años, sigue siendo tan contemporáneo. Al principio lo fui viendo como algo filosófico e idealista, recién hace pocos meses pillé que pasaba por un lado mucho más real y terrenal del que pensaba. Aún así me aferro a esa frase para definirme como persona y profesional. Nunca la encontré tan acertada, aunque siempre, inconscientemente, la tuve como filosofía de vida.

Ya hace casi un año y medio que esa frase comenzó a calar tan hondo en mí. Y hoy, que estoy por empezar otra etapa en mi vida profesional, sigo  sosteniendo que es así, lo único constante en esta vida es el cambio. Lo único que no se detiene, que no se retrasa, que no se hace esperar, pero que nunca se anula…

El cambio llega en el momento justo, cuando tiene que llegar, ni antes ni después. Llega cuando sabe que estamos listos para recibirlo. Cuando la rutina ya nos ganó la jugada, cuando la monotonía nos hizo jaque mate y nos dejó sin escapatoria.

Por lo general llega cuando hacés click con ese algo que te mueve toda la estantería. Como cuando conocés a una persona y pensás que es la indicada para compartir tu vida, hasta que con el correr del tiempo te das cuenta que no era lo que vos esperabas.



Soy partidaria de los cambios constantes, porque para mí cambiar significa libertad. Tener la libertad de elegir qué hacer, de decidir qué ponerme, de escoger a dónde ir y de preferir con quién quedarme. Cambiar siempre es un desafío, significa correr riesgos, animarse a ser distinto, atreverse a buscar tu lugar, enfrentarte a tus miedos. Eso es el cambio para mí, sin mirar lo que puedan opinar los demás. 

Además, cambiar siempre te hace más fuerte, te empuja a vivir otras experiencias, te obliga a ser un camaleón y tarde o temprano te enseña a adaptarte a todas las situaciones cómodas, incómodas y neutras. Considero que por lo general los cambios pueden hacernos mejores personas.

De chica me gustaban los cambios. Cambiar de juegos, en vez de jugar a juegos de nenas, jugar a la pelota en la canchita del barrio, preferir usar pantalones que usar vestidos, inventar cosas para no aburrirme, como disfrazarme de maga, o hacerme pasar por cantante o empresaria.

Involucrarme en todo lo que podía también era una forma de cambiar de ambiente, de aires, de equipo, de gente. Me metí a la selección de fútbol y handball del colegio, estudié inglés, danza, música…

Más tarde, mi afición al cambio se veía reflejado en mi cabello, con los cambios de corte y de color: rojo, bordo, naranja, púrpura, rubio, negro, castaño. Y así también empecé descubriendo otros hobbies que me permitían cambiar y ampliar mi espacio y campo de conocimiento: teatro, talleres de origami, fotografía… Siempre tuve la complicación de gustarme tantas cosas que nunca me terminé decidiendo por una. Creo que la carrera de Comunicación es lo único de todo lo que empecé que logré completar… ¿prósperamente, se dice?




Para mí los cambios son normales. Y mi vida estuvo y sigue estando lleno de ellos. Y quizás hoy lo refleje en mi trabajo. Suena un poco más serio. ¿Cambiar de trabajo cuando te invade la rutina? Suena frívolo. Pero al hecho de no hacerlo y quedarte porque tenés la tranquilidad de que a fin de mes vas a cobrar y el ciclo va a volver a empezar sin que la rueda pare de girar, yo simplemente le llamo “estar en la zona de confort” o “confortmismo”, que es lo mismo.

La tranquilidad que te brinda una estabilidad laboral no tiene precio. Sin embargo, lo que comienza como una pasantía, termina por lo general en el comienzo de una historia sin fin que se llama vida laboral. Todo tiene su ciclo en esta vida. Nosotros, los humanos, también tenemos fecha de expiración. Por lo que se me hace un ejercicio bastante importante el de la introspección, el de ser capaces de mirar para atrás y ver qué es lo que no nos gusta de nosotros mismos y pensar en cómo lo podemos cambiar. No seguir siempre en la misma línea, con la misma historia.

Por ahí, de vez en cuando está bueno dejar pasar ciertas oportunidades a las que quizás otros se aferrarían con total intensidad. Acá lo importante es estar en la búsqueda constante de algo mejor y eso solo puede nacer de la inconformidad propia, la inconformidad con uno mismo. Si no te hallás en un sitio, buscar otro lugar, otro rumbo. No necesariamente tiene que haber un motivo lo suficientemente convincente para cambiar de aires. “No hallarse” o no estar a gusto tal vez sea el motivo más importante para abrirse de una situación.




Los cambios, además, son curiosos. Un día te levantás y sentís la imperiosa necesidad de ser mejor. Sentís como que hay una mejor versión de vos esperando salir. Cuando te pasa eso, te das cuenta que tenés que cambiar Vas manejando a toda velocidad por la avenida rumbo al laburo porque se te hizo tarde, estás consciente de que existe un riesgo, pero nunca pensás que puede ser algo realmente malo lo que pudiera ocurrir porque solo te enfocás en llegar, en eso se te atraviesa un vehículo que pudo haberte llevado directo al hospital, vos lo esquivás y solo sentís que tu corazón está latiendo a toda presión y continuás tu camino. Bueno, los cambios suceden más o menos así. Sea cual sea el caso, existe una necesidad de cambiar, donde estás, donde querés estar y con quién querés estar. Y obviamente no necesitás demasiados fundamentos para dar el paso. Simplemente te tiene que nacer. Hacer las cosas por hacer, sin motivo aparente, por la simple percepción de estar haciendo lo correcto. Esa debería ser la consigna. No ser uno más del montón también es una opción.



Muchos especulan acerca de mi inestabilidad emocional, o de que ni yo sé lo que quiero, como si estuviese en la edad del pavo. Pero nadie habla de mi capacidad de sentirme disconforme conmigo misma, de mis ganas de buscar mi lugar en este pedazo del mundo. Y me tranquiliza en parte saber que esa es una capacidad de las que muy pocos se pueden prevalecer.

Nunca le huí a los cambios. Siempre les tengo miedo, como es natural temerle a algo nuevo, por primera vez. Muchas veces me negué a cambiar, porque quizás todavía no era el momento. Otras veces tuve que cambiar por obligación más que por elección y costó mucho más, pero todos los cambios me terminaron llevando a un sitio, y a otro, y a otro más y así hasta el infinito.

Hoy vuelvo a cambiar, con muchos más miedos que antes, pero más convencida que nunca de que es un cambio totalmente necesario para mi vida. Y sobre todo porque tardó en llegar, se hizo esperar. Pero lo mejor de todo es que es una nueva experiencia que me va a servir para seguir buscando mi lugar, ese lugar que me corresponde. Una experiencia que va a colaborar y me va a ayudar a encontrar ese click que me indique que es ahí donde quiero quedarme.




Lo más importante de todo es que de todos los caminos que transito, aprendí a llevarme un poco de cada quien, un pedazo de cada lugar en donde estoy. Como ahora. A pesar de los constantes tira y afloje, no es fácil desprenderse así nomás de un año y medio de tu vida, que a partir de ahora pasará a ser pasado y quedará en el recuerdo... Y en el currículo.

Creo firmemente en los cambios, para mí siempre son buenos, porque son impredecibles, innovadores y emocionantes. Y soy partidaria de creer que absolutamente todo lo que ocurre pasa por algo y nos ayuda a crecer.

Los cambios, indefectiblemente, son necesarios. Y no hay fuerza sobrehumana que pueda contra eso. Sí, lo único constante es el cambio.



domingo, 5 de enero de 2014

Tiempo de reconstrucción



Arrancó el año.
Finalmente se despegó el calendario nuevo y ya está listo para que llenemos cada día con aquellas cosas que nos hacen bien.

Este es el primer post de este 2014, y como tal, vuelvo a mis andanzas, a mi vida tal cual, sin camuflar palabras ni disfrazar sensaciones.

El 2013 se acaba de ir y yo estoy acá estrenando horas nuevas, y en el primer domingo del año tratando de tejer planes para los doce meses venideros. Mi cabeza está a mil por hora, como una una procesadora analizando el presente, y poniendo toda la fe en el futuro. Intentando sacar conclusiones sobre el difícil oficio de vivir y sobre la dura tarea de alcanzar momentos felices.

Digamos que el año viejo me dejó una sensación rara, que fue algo ambiguo en su despedida. Y ese gusto agridulce (algo amargo a veces) que dejó fue lo que me impulsó a empezar este nuevo año con una mentalidad diferente. No en vano dicen que hay que estar muy mal, para estar realmente bien.

Concluyamos con que este año no habrá ninguna posibilidad de negociar con nada corrosivo ni lacrimógeno, con nada que esté contraindicado a nuestra felicidad. Este año no habrá lugar para gente nociva y peligrosa. Quienes no vayan a dejar una estela de positivismo en nuestro almanaque, será mejor que se encaminen hacia lugares abandonados y sombríos para sembrar su semilla de negativismo.

Siempre me gusta dar la bienvenida a un nuevo año, porque para mí es una época en que todo vuelve a empezar, que me permite hacer un nuevo pacto con la vida a fin de renovar las ganas y las esperanzas. Y sobre este 2014, por el cual mi sexto sentido apostó todas sus fichas como un año muy prometedor.

Y acá estoy, con ganas de descubrir ese secreto que me conecte con lo que quiero y me apasiona antes de que vaya a ocupar una cama en un neuropsiquiátrico. Trataré de entender que así de rápido como pasaron veinticinco pueden pasar otros tantos años y de repente me toque contemplar los créditos finales de la película de mi vida, sin haberme dado cuenta de la rapidez del tiempo.

Este año hice un pacto conmigo misma y con mi futuro. Prometo acercarme a lo espiritual, a lo creativo, a todo aquello que viniera de la imaginación y que me permita alejarme de toda frivolidad.

Contar hasta diez antes de llenarme de furia cuando me doy cuenta de que para pagar las cuentas, hacer las compras del mes o pensar en ahorrar un guaraní que me permita tomarme mis tan programadas, pospuestas y soñadas vacaciones en este año, tengo que aceptar mi inconformismo, amoldarme a la insípida cotidianeidad en la que me sumerjo día a día, y solamente aguantar. Y tratar de disfrutar lo que queda.

La verdad es que me gustaría patear el escritorio, dejar la luz encendida y salir corriendo. Agarrar lo poco que tengo y subirme al primer avión cuyo destino sea un lugar que pueda sorprenderme. Reclinar la reposera y repirar hondo mientras planeo dejarme llevar por lo que siento y no por lo que se impone. Y ahí, en algún otro lugar del mundo, impregnarme de vida, de experiencias y de sensaciones que me atraviesen y que ya no se me escapen de las manos.

A este año prometo llenarlo de momentos de felicidad conmigo. Podría tener más motivos para sonreír, pero sin embargo estoy segura que el espíritu de este 2014 me está preparando un container de alegría para los próximos días. Y esa es la esperanza que me alcanza.

Este año que ya nos abrió sus puertas también es una posibilidad de cambio, de una reconstrucción total de uno mismo.

Les propongo a que también hagan una introspección, a que se reconstruyan. Vamos a renovarnos y ser libres. Cambiemos de actitud. Estoy segura que en el proceso nos vamos a encontrar con miles de sorpresas.


Ah, y este año prometí actualizar constantemente este blog. Ya es un paso más para retomar y hacer lo que me apasiona. Lo anoto por si acaso se me olvide.


Ahora les invito a que vean esto.
"En la noche nosotros brillaremos"

martes, 31 de diciembre de 2013

Sí, quiero



Y llegó nomás fin de año, la famosa Nochevieja. 

Se va un año que fue imprudente en algunas elecciones. 

Un año que tuvo miedo a montones. 

Un año en que fui incorrecta por momentos (en muchos!). 
Impulsiva, todo lo que pude. 
Temerosa a ciertos desafíos. 

Un año en que se acentuó mi incontinencia verbal. Y acá me toca hacer un mea culpa. Jamás mentí en nada de lo que dije, pero tengo que aprender a medir los momentos y ser más oportuna en próximas ocasiones. Aguantarme mi bronca acumulada y rematarla sin herir ni lastimar a personas cercanas a mí.


Se va un año que me mareó. Me torció. Me resbaló. Me abofeteó. Un año en que se me quebraron dos, tres o cuatro ilusiones, como mucho. Si no fueron más. 

Quise, hice, dije, callé (solo algunas cosas, por el bien de la humanidad). 

Abracé muchísimo menos de lo que me hubiera gustado.
Amé más de lo debido. 
Lloré cantidades algo inncesarias. 
Dormí lo justo, aunque tal vez un poco menos. 
Soñé mucho más de lo que dormí. 
Me frustré, como no esperaba hacerlo nunca. 
Escribí mucho menos de lo que en realidad tenía para decir (en el blog). 

Llegué hasta acá, con un poco más de experiencia que con la que empecé este año. Llegué con otro tanto de arrugas... Lo curioso del caso es que me vaya como me vaya, siempre mantengo la esperanza. Y sobre todo para el nuevo año, en que vengo más dispuesta que nunca a renovar mis votos de esperanza con el 2014 y con el mundo. 



Quiero entregarme a las horas que se vienen para ver si me sorprenden con más momentos felices. 
Quiero seguir creyendo en los finales felices y emocionarme por las pequeñas cosas de este mundo. 
Quiero esperar la llegada de afectos nuevos que solo traigan consigo ganas de quedarse. 
Quiero asimilar que nadie es perfecto. Ni siquiera yo. Así que no debo pretender que absolutamente todo salga tal cual quiero. 
Quiero transitar los días venideros con mayor destreza, astucia y diversión, con felicidad, alegría y entusiasmo, sin llantos ni melancolías de por medio. 
Quiero mantener mi capacidad para tolerar lo que la mayoría de las veces creo intolerable. 
Quiero amigarme con mis eternos enemigos: dudas, miedos, confusiones, malestares, nervios, soledades y malhumores. 
Quiero que mi espíritu sea siempre nómada, que pueda conservar la paz interior, que jamás venda mi conciencia al mejor postor, que mi sexto sentido no me abandone nunca y que consiga digerir las desilusiones y los fracasos con mayor madurez. 
Quiero festejar todo, lo que venga. La mañana, el atardecer y el anochecer. El otoño y el invierno. La primavera y el verano. Las buenas compañías. Los gratos momentos. Los consejos de amigos. El trabajo. La salud. La familia... 
Quiero guardar cada momento feliz en un frasquito, para así abrirlo cada vez que pierdo la fe en mí misma o en la humanidad. 
Quiero mantener intacta mi gran capacidad de seguir soñando, aunque esté despierta. 
Quiero seguir sonriendo y bailando, así tenga que hacerlo bajo la lluvia. 
Quiero prolongar los momentos de felicidad, y acordarme siempre de ser agradecida. 
Quiero seguir creyendo que la imaginación nunca se me va a quedar en pausa, ni la voz muda. Y rogar porque siempre haya alguien a quien pueda dar una mano. 
Quiero llenar la panza de carcajadas, la mente de buenas ideas, el corazón de amores sinceros, y el mundo de colores. 
Quiero enamorarme desde la punta de la cabeza hasta la punta de mis pies de los próximos 365 días que están a punto de ser estrenados. 

Pero por sobre todas las cosas, y antes de cerrar este año, me veo en la necesidad de agradecer por las tres cosas más grandes que me dio este 2013. La bendición de permitir a mi abuelo disfrutar de sus 82 años de vida y que el mismo día venga al mundo mi primer sobrino. Y desde luego, enterarme que en el 2014 viene la próxima. 

De momento, termino este año con una gran meta que me puse para el próximo. Y mi deseo es tener la fuerza necesaria y la gran capacidad para merecer que este proyecto se haga realidad.

Sí, todo eso quiero. 

Brindo por un 2014 con más momentos que nos dejen sin aliento. 
Mucha buena vibra para ustedes. 
Mucha luz. 
Mucha magia. 
Mucha paz. 
Y mucho amor. 

Intentemos ser felices cada segundo de este nuevo año. Con eso alcanza. 

Amén. 


Y acuérdense de sus mascotas. Ellos también sufren. Cuídenlos, sobre todo en estas fechas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Confesiones de cumpleaños


Cuando empiezo a ver las calles y los locales adornados con guirnaldas, globos, lucecitas y arbolitos de Navidad, empiezo a sentir esa alarma de que ya llega mi cumpleaños.

Si bien todos los años estoy con el espíritu de festejo, en esta oportunidad me dan ganas de desconectar esa alarma con la misma rabia e intensidad con la que apago el despertador todas las mañanas, mientras intento acomodar el cansancio en algún rincón e intento sonreírle al nuevo día.

A mis casi casi veinticinco años, siento como si un huracán me hubiera arrastrado el día que cumplí veinte y me hubiera depositado en el hoy y el ahora. Es que todo pasó demasiado rápido... El tiempo no espera... Y la vida menos.

Las cicatrices que el tiempo fue dejando en mí, se convirtieron en experiencias de vida, muchas de las cuales espero no volver a repetirlas, pero la vida nunca termina de sorprenderme. 

Me miro al espejo una y otra vez, e intento acostumbrarme a esta nueva imagen mía que me devuelve el espejo. Y me doy cuenta que esta soy hoy, y no me parezco en nada a lo que creía que iba a ser a los veinticinco años. Esperaba otra vida, u otra forma de vivirla al menos. Y eso me pone mal y me angustia a rabiar, porque no encuentro al culpable que me sacó de mi rumbo y que me obligó a navegar un barco que iba a contracorriente. En medio de tanto naufragio se me fue el tiempo y perdí pedacitos de vida que ya no vuelven tratando de esquivar tempestades.


Me llegué a acostumbrar a muchas cosas de las cuales sentía que nunca llegaría a dejar de prescindir, pero así también el tiempo me llevó a desacostumbrarme de las mismas y tomar otros hábitos que si bien hoy me molestan, voy aprendiendo a aceptarlos y sino, a dar un paso al costado para no aferrarme nuevamente a ellos.

Un tiempo me acostumbré a la espera de algo que no llegaba. Y lo que al comienzo era una rutina de emociones que agigantaban mi alma, se convirtió en una espera sin retorno. Y así tuve que ir aprendiendo a no esperar nada más. Así como fui aprendiendo que siempre hay gente que te va a seguir moviendo alguna baldosa por más de que pasen los años.

Me terminé por adaptar a la soledad latente de los domingos y a no compartir mis malos momentos con esa persona que alguna vez me robó el corazón y que ahora me tiene confundida.

Estoy trabajando en el proceso de adiestrar mis manos para no pedir más de la cuenta y para aprender a no esperar más demasiada entrega de ciertas personas y en ciertas relaciones que fueron consumidas por la rutina y demás males.

Me siento desorientada. Hoy tengo una pelea con la vida que a los dieciocho no imaginaba. Continúo buscandolo mi polo, eso que me apasione, sigo buscando mi lugar en el mundo, el lugar donde pueda hacer click, del cual pueda irme cuando quiera, pero al que pueda volver porque me hace feliz. Hasta decidir que es ahí donde quiero quedarme. 

Sigo esperando a esa persona que me acompañe en la supervivencia de cada jornada. Que me tome la mano para que caminemos juntos, sin soltarme jamás, acompañándome en lo bueno y lo malo, dándome mi espacio, pero dejándome claro que a pesar de dejar que yo persiga mi libertad, esa persona me va a estar esperando. Sigo esperando a quien me de esa confianza y esa seguridad de que lo puedo hacer, que disfrute de mis sueños aunque poco tengan que ver con los suyos. Que mientras estoy volando, no busque acertarme con la hondita y dejarme caer al vacío sin protección. 

Tal vez me alcance con saber que alguna vez alguien me quiso hasta el llanto. Y quizás duela reconocer que esa persona que el destino hizo que yo quisiera alguna vez, hoy ya no lo hiciera.

Hoy, sé que no tengos sueños muy convencionales. Sigo queriendo cambiar las cosas, conocer el mundo y sumar mi granito de arena. Mis ideales de paz, amor y libertad están latentes.

En estos años viví varios cambios. Cumplí algunos sueños, terminé mi carrera, laburé donde quise laburar y también me cansé. Todavía no llegué a hacer click con eso que me apasionara. Encontré la amistad verdadera, encontré el amor... Y también lo desencontré. Y así un par de veces hasta llegar donde estoy.

Me peleé, lloré a mares, discutí, debatí, defendí mi postura, ofendí sin querer, padezco de incontinencia verbal, y pánico escénico. Morí de risa, reí a carcajadas y todos los días tengo ganas de cambiar mi vida, de independizarme y emprender vuelo.

Pasan muchas cosas. El mundo no se detiene. 

Tengo mucho por qué agradecer y por qué reclamar. Pero ya haré un post con un balance de fin de año para agendar los próximos pendientes del nuevo año.


No sé si con cinco días agotadores de trabajo a la semana alcance. Quizás esté fastidiosa y disconforme con mi situación actual, quizás sea el cansancio o tal vez el magro salario, o la abstinencia obligada a todo aquello que no sea imprescindible. Lo único que sé es que ahora mismo mi vida es como un rompecabezas, tengo muchas piezas que acomodar para completar la hazaña.

Hay muchas cosas, pero quizás solo una sea verdaderamente importante. A lo mejor es suficiente el simple hecho de estar viva, pero así también quizás para vivir no alcance con sólo respirar. Es mucho más que eso. Y quiero intentar descubrirlo, probando y probando, a fin de cuentas algún día la tapita que de vuelta va a decir algo más que "Siga participando" y me puedo llevar alguna grata sorpresa.

Así que al Gordito Pascuero le pido que el próximo año que está por llegar me traiga muchos más momentos de mayor felicidad, más risas y menos lágrimas, y más amor que de costumbre.

Quizás la felicidad esté hecha solamente de momentos esporádicos de alegría. Viéndolo así, fui muy feliz. Pero nunca es suficiente.


domingo, 17 de noviembre de 2013

El Salmón nadó en Paraguay a contracorriente



Si hay alguien que sabe de hits, ese es sin duda Andrés Calamaro. Un hombre que no conoce de términos medios: lo querés o lo odíás. Así de simple. Esto mismo genera su música, que a lo largo de los años ha ido experimentando con diferentes estilos, desde el rock pasando por el folklore y hasta la cumbia. Y eso fue justamente lo que vivimos el 16 de noviembre en el Court Central del Yatch y Golf Club, un popurrí musical con uno de los artistas más representativos del rock en español.

Después de más de 3 años de su última visita (mayo de 2010), Andrés Calamaro volvió a Asunción y dejó temblando a seis mil fanáticos que se agolparon para vivir una noche memorable y de entrega absoluta.

En una noche fresca, casi a orillas del río Paraguay y teniendo a la luna por testigo, todo parecía prestarse para vivir un show completo. Pasaban 5 minutos de las diez de la noche cuando cesaron las luminarias y la cuadrilla que acompaña al Salmón en "la mejor banda que formó en su vida" (según palabras textuales de él mismo), apareció en escena para permitir al Cantante renovar con su público paraguayo esa pasión y ese respeto que genera cada vez que pisa suelo guaraní.

Y así, vestido de impecable negro lograba que bajo ese contexto uno empezara a apreciar más que nunca a ese artista de lentes oscuros, y sonando los primeros acordes de esa balada rockera noventosa llamada "Mi enfermedad", Calamaro hacía su aparición sentado, ofreciendo un momento intimista desde su teclado y siendo coreado al pie de la letra por un público eufórico que no escatimó en arrancar la velada con pogos y alegría descontrolada.

La primera parte del show estaba marcada por su era Los Rodríguez y haciendo honor a su ex grupo español-argentino, detonó la bomba con "A los ojos" y la clase magistral de Julián Kanevsky en las seis cuerdas. Para luego llegar al corazón de más de uno con "Todavía una canción de amor", aquella eterna melodía que casi dos décadas atrás Andrés la firmara con el mismísimo Joaquín Sabina, como resultado de una admiración mutua reconocida públicamente. Y así se daría el inicio perfecto para un show que sería tan intenso como étereo y casi irreal.

Y hablando de intimismo, ahí estaba otra vez él, todavía aferrado a su piano Roland V descubriendo la balada más inmortal y rompecorazones de todas. "¿Sentiste alguna vez lo que es tener el corazón roto?". Y con "Crímenes perfectos" los gritos y coros estallaron el Court Central y las emociones a flor de piel no tardaron en aparecer.

"¡Muy buenas noches, Paraguay. Gracias, Asunción. Gracias, de verdad!", eran las primeras palabras de un artista a quien el complejo del Yatch le quedó chico y que veía con emoción a un público tan entregado.

Y así, luego de ese fugaz viaje al pasado, y sin mediar palabra, volvió al presente para deleitarnos con "Cuando no estás", quizás el tema más pegadizo y difundido del nuevo disco, música dedicada a su musa inspiradora (Micaela Breque), inaugurando así la escala de Bohemio con el primer corte de difusión de su último álbum, lanzado en setiembre pasado y en el cual Calamaro volcó toda su energía a la parte vocal.


Andrés prometió seguir estrenando canciones. Se acercó al salmón colgado del pedestal del micrófono y no sin antes cebarse "un mate caliente y amargo", se puso de pie y con aires de bolero continuó con la canción que da nombre al álbum, para seguir, mate de por medio mediante, con Rehenes, una frenética canción que en sus pantallas gigantes mostraba sangre rebosando haciendo honor al coro "vayamos pintados con sangre de los dos, siempre". La velada se prolongaba sin ganas de terminar con una poesía existencial, una crónica en forma de una bella y provocativa balada denominada "Plástico fino", hasta llegar a la mayor declaración de perdón con un Andrés Calamaro totalmente inspirado y pleno, poniéndole la voz a la emotividad hecha canción de la mano de "Tantas veces", haciéndonos sentir la sinceridad en sus palabras.

Si alguien sabe de remover los setimientos de multitudes a través de sus canciones, ese es Calamaro. Al igual de su conocimiento sobre hacer sacudir la cintura y sin avisar, ponernos a todos a bailar al ritmo de la cumbia, la milonga y el rock de la mano de "Las Tres Marías", volviendo a hacer estallar al público con "Tuyo siempre". A estas alturas el show ya había llegado a un clímax mucho más superior y emocionante, encontrando a un artista dándolo todo durante su interminable recorrida por todo el escenario.

Era momento de continuar con los éxitos, conjugando una justa mezcla de estilos musicales y haciendo enloquecer al público. Ahí, con el refinado bajo de Mariano Domínguez le dieron vuelo a "Loco", esa polémica y célebre canción data del año 1997, que intregraba "Alta Suciedad" y que debido a su primer verso que dice "voy a salir a caminar solito, sentarme en un parque a fumar un porrito" causó la censura en múltiples ocasiones y problemas de otros tipos a Calamaro.


No hace falta decir que se contradijo. A la par de crearle canciones a sus diferentes musas ("Flaca" le dedicó a Mónica, una antigua novia. "Soy Tuyo" se lo dedicó a su por entonces esposa, Julieta Cardinali y "Cuando no estás" a su actual novia, Breque), él mismo desmentía a la musa como fuente de inspiración, objetando que "no son asuntos pendientes, ni canciones urgentes", a través de los fervientes versos de "Carnaval de Brasil". Mientras generaba esta contradicción, en clave de homenaje e interpretada en medley, colmó los corazones rockeros entonando con su particular tonada inglés el oportuno "Walk on the wild side", logrando un emotivo homenaje al legendario músico neoyorkino Lou Reed, fallecido en octubre pasado, y recordándolo como "el primer poeta con campera de cuero y anteojos oscuros".

De vuelta a los clásicos. Una más de "La Lengua Popular" (2007) y era momento de volver a hacer partícipe a esas seis mil almas soñadoras que para ese entonces ya volaban en una nube de felicidad, con "Mi gin tonic", coreada de principio a fin por su fiel público. Y acá, una vez más, Andrés no dejó de sorprendernos. Una canción olvidada desde hacía varios años en las últimas giras, y que afortunadamente para esta fue sacada del baúl de los recuerdos, con un rasgueo grueso de las guitarras sonaba la enérgica "Me arde", que daba espacio a una más de esas perlitas características de Calamaro, con la cercanía de "Dead Flowers", de Los Rolling Stones (versión que alguna vez la llegó a grabar), emulando al incomparable Mick Jagger.

Para ese instante ya se presagiaba el calentamaniento de motores para lo que se venía. Y así, sin decir más, con una espectacular intro, se estrenó en Paraguay el rock cuadrado de "Doce Pasos", tema que cierra con luces el último disco de Andrés, generando una duda existencial planteada por el propio Salmón bajo el verso"no sé si tengo lo que quiero, no sé si quiero lo que tengo".

Tampoco pudo faltar la influencia española de Calamaro y engalanó las pantallas con imágenes compartiendo con el público paraguayo su ya conocida pasión por la tauromaquia (cultura taurina), y las guitarras conjugadas a la perfección con el tecado de Germán Wiedemer, hicieron temblar los cimientos del Yatch, al ritmo de "Días distintos", con un gran sonido guitarrero que alternaba el protagonismo de Kanevsky y Baltazar Comotto.


Después de la tempestad viene la calma, dicen las malas lenguas. Y fue así que luego de la descarga eléctrica de alto voltaje generada, hubo lugar para la paz, llegando al momento instrumental de la noche con una Jam Session en la que Calamaro se adueñó de su kuisi bunsi (que significa gaita hembra, en dialecto kogui), un instrumento de viento (proveniente de la Costa Caribe colombiana), autóctono y que la ejecutó acompañado por el virtuosismo de sus "cinco magníficos", como él mismo definió a la nueva banda que lo acompaña en esta gira. Así iba entonando versos de "Milonga del trovador" e improvisando frases del tipo "Quiero todas las flores del Paraguay".

La intro se escuchaba tenue, suave... El teclado sonaba sublime, en la soledad del viento. "Estadio Azteca" despertó la euforia colectiva, el aplauso, la ovación de ese himno de arenas eminentemente rockeras, donde también hay "un mundo de tentaciones, también hay caramelos con forma de corazones". El misterio se esfumó. Y así, Calamaro, entre tema y tema se hacía querer un poco más. "Ajenos, pero no ingenuos, acompañamos en su lucha y en su protesta al pueblo paraguayo", decía, apoyando la causa nuestra que retumbaba con marchas que justamente coincidieron con su llegada, en referencia a la protesta ciudadana como resistencia a los senadores que votaron en contra del desafuero de Víctor Bogado.

La velada no terminaría ahí. Todavía faltaba mucho más. Y Andrés lo sabía. La complicidad generada entre el artista y su público era absoluta y el clímax soñado llegó. "Te quiero igual" hizo estallar a la multitud, cantándola a coro con toda la platea, llegando a la simbiosis perfecta con un arsenal de hits inagotables que en Calamaro ya son habituales, pero que vistos con detenimiento no dejan de ser un montón. A este final se sumó un emotivo saludo a Charly García, que la noche anterior fue hospitalizado en Bogotá, enviando un deseo de recuperación al son de "Cui-de-sé, Charly cuidesé", coreado al unísono por todos los presentes.

Y nuevamente estalló la bomba. Uno de esos himnos, la canción emblema que es banda sonora de un estilo de vida que trata de ir siempre contra la corriente. Calamaro obsequió a sus fanáticos una excelente interpretación de "El Salmón", para saltar, sin pausa, a un hit generacional: "Sin documentos", ese tema grabado en 1993 y que significó la masividad de los años dorados de "Los Rodríguez", con una impecable presentación desde la batería de Sergio Verdinelli, que al final incluyó una pequeña estrofa, un fragmento de aquel clásico de Rubén Blades, que Calamaro versionó en el 2004, luego de su regreso magistral a los escenarios, en su disco tributo llamado "El Cantante".

La complicidad con sus seguidores era notable. Admiraba el porro de alta calidad que se produce acá: "Nuestra bandera verde...", pregonaba y seguía la seducción con su público mientras recibía ofrendas de todo tipo (indecibles, aunque fumables), hablaba del "tereré bien frío" y la tentadora propuesta de tomarse uno a orillas del río. Y así regaló su ya conocido final interpretando el emblemático tango de Carlos Gardel "Volver". ¡Otro emotivo momento!


Asimismo, y sin detenerse, a modo de medley, continúo con otro de sus himnos, el que lo catapultó en lo más alto del estrellato, una vez más y como no podía ser de otra manera, Mónica volvió a estar presente en su vida, pero esta vez solo en los versos de esa "Flaca", a la que pide que no le clave sus puñales por la espalda, la "Flaca" que se tatuó en el antebrazo hace como quince años. Esta canción estalló en su máximo punto de ebullición y un coro de seis mil almas extasiadas de deseo, con ganas de más, ya que dos horas de show no serían suficientes para compensar más de 30 años de éxitos.

Pero con todo eso, la cúspide no llegó hasta que sonó la eternamente emotiva "Paloma". Y las lágrimas no cesaron. Esa balada infinita y surrealista que inspiró profundamente a unos cuantos, dejándolos con más de un lagrimón (verídico esto, lo ví con mis propios ojos, tanto en hombres como en mujeres). Y así, con imágenes de dstintos momentos de su carrera, que recorrían las pantallas gigantes, Andrés se despedía de un público que no dejaba de clamar por él. Mientras culminaba la sublime canción con fragmentos de "No woman no cry", de Bob Marley. Así se fue alejando del escenario junto a sus músicos. Pero no tardaría en volver.

Y así, ante los incesantes gritos de calidez de un público que se rendía a sus pies, Calamaro regresó para el encore, volviendo a pisar el escenario mientras el pedestal del micrófono volvía a cobrar protagonismo al atar a él una bandera paraguaya. Volvió al ruedo y acarició a todos donde más les gusta. 

El show que hasta ese momento se había tornado en algo mágico... Tenía que tener un cierre a lo Calamaro. Bestial... Salvaje... Potente... Rompiendo esquemas y yendo (cómo no) contra la corriente. Así volvíamos al pasado más brillante del Salmón, mientras sonaba la enérgica y rockera elevada a la enésima potencia "Alta Suciedad", que teniendo en cuenta la situación actual del país, nunca antes fue mejor empleada. La fuerza de este tema plagada de arrolladores solos de guitarra, llegando al pleno del éxtasis, daban fuerza a una noche espectacular que irremediablemente llegaría a su final.

Y el show de ensueño terminaba como lo que parecía ser, un sueño. Y una vez más desplegó su facilidad para expresar tanto en canciones tan profundas. Para el final quedó la emotividad de estadios al ritmo de "Los chicos", dedicada a aquellos "ämigos ausentes", irónicamente una canción en la que un ateo confeso, duda de la existencia de Dios y la posibilidad de vida más allá de la muerte. Ya decíamos, a este show no faltó nadie y dando la espalda a un público delirante, el Cantante saludó con este homenaje a esos "amigos que se fueron primero", y cuyos rostros aparecían en pantalla. Y así iban pasando Julián Infante, Federico Moura, Guillermo Martín, Pappo Napolitano, Adrián Otero, Alberto Olmedo, Carlos Gardel, Luca Prodan, Pantaleón Piazzolla, Rodrigo Bueno, Sandro, Miguel Abuelo y Luis Alberto Spinetta. Estos fueron solo algunos de los chicos a los que nunca dejó en el olvido.


Para el final quedó el homenaje a Gustavo Cerati y Soda Stereo, ¡y qué homenaje! Lo recordó con una breve pero sólida versión de un fragmento de "Música ligera", que generó la ovación del público, y logrando un quiebre de éxtasis total, tanto arriba como abajo del escenario.


"¡Gracias, Paraguay, gracias!", expresaba un emocionado Calamaro, al borde de las lágrimas. Parecía que todo se venía abajo, como escribiría él después con su puño y letra, pero "en el más bendito de los sentidos". Se abrazaron con sus músicos, extendieron la bandera paraguaya, que besó, para luego cubrir su rostro con sus manos, como rehusándose a llorar, y después besar el suelo en señal de agradecimieto.


Este suelo, que una vez más demostró el respeto y la admiración a un artista de este tamaño, que continúa nadando a contracorriente. Una estrella totalmente entregada, que durante dos horas dio más de lo que pudo, ofreciendo un show donde no faltó nada. Su #BohemioTour trajo rock, reggae, tango, cumbia, balada y milonga en una noche en la cual rindió homenaje a todos, desde el Flaco Spinetta hasta Bob Marley, Mick Jagger y Lou Reed. Dos horas de show, en que Andrés se hizo querer cada vez más con su carisma y su predisposición. Dos horas de show, que nunca serán suficientes para quedarnos con todos sus éxitos en forma de recuerdos grabados en la memoria. Dos horas que no sabemos si alcanzarán para paliar otro par de años de su ausencia.

En una noche diáfana y perfecta, como para poner en práctica el rock en vivo y al aire libre, Calamaro se llevó flores y aplausos de un público que no esperó a que él se fuera, y que ya estaba pidiendo su vuelta. Ese es Andrés, tan vigente como siempre, tan de ir a contracorriente. Tan acompañado de un multitudinario coro que lo siguió en cada frase, en cada gesto, en cada palabra, en cada canción. La complicidad fue total, como el resto de la noche y como en cada visita que el Salmón hace a tierra guaraní.