martes, 28 de octubre de 2014

Fito Paéz, el poeta del rock


'

Si hay un poeta indiscutible dentro del rock en español, ese es Fito Páez, que a lado de un puñado más de inmortales -entre los que destaca Spinetta-, forma parte de un cancionero inigualable entre los mayores exponentes del género.

Compositor, cantante, pianista y cineasta. Todo eso es Fito, con sus más de 30 años de trayectoria artística llevando su música e importantes mensajes a todos los rincones del mundo. No hay dudas de que es una de las grandes voces del rock en nuestro idioma. Y lo que hizo la noche del sábado en el Yatch y Golf Club no fue más que reafirmarlo.

Luego de 4 años de su última visita a suelo guaraní, el rosarino llegó para presentar su Rock and Roll Revolution. Cantó al amor, al desamor y a las injusticias con mucho rock. Y es que no sería exagerado decir que pocos compositores han dado a la música de la región frases tan célebres y profundas como las de él, o acordes tan enérgicos que inmediatamente nos transportan a experiencias musicales surrealistas. Si hay alguien que supo mejor que nadie reinventarse constantemente, fue él. 

Tengo que admitir que no soy fanática de este artista y que llegué al predio del show más por curiosidad. Puede sonar extremista, pero después de lo que pasó con Cerati -nunca lo vi en vivo- pensaba mucho en que no quería que se muriera Fito sin que yo lo haya visto en vivo alguna vez. En sus varias visitas al país, nunca había podido asistir a sus conciertos por diversos motivos. Así que me mandé y fui consciente de que escucharía a un gran exponente, pero siempre con el temor ese de presenciar su mal carácter, que ya lo había sacado a la luz en un show anterior en el BCP.

En un ambiente totalmente intimista, cómodamente plagada de fanáticos y no fanáticos que asistieron a recordar historias profundas en la voz de este artista que dejó en el escenario mucho más de lo que daban nuestras expectativas, ahí estaba yo.

Entré como para hacer una pasada, cantar unos cuantos hits que siempre quise corear en vivo y salir. Pero una vez que lo vi en escena me quedé. Tanta fue mi sorpresa, que mis pies se pegaron a la arena del campo y mis brazos a la baranda y no había forma de que me sacaran de ahí.

Desde el vamos, el músico salió en escena como dispuesto a comerse a un público que lo idolatraba con tímidos cánticos -no tan masivos como los de Calamaro, pero igual de magistrales que los cánticos a Charly-. Con un pantalón corto de jean y un saco albirrojo, sonaban los primeros acordes potentes de "vos pensás en tu revolución, yo pienso que te falta mucho rock and roll" y sonaba el tema que da nombre a su último disco Rock and Roll Revolution, álbum que homenajea a su gran mentor Charly García, de quien en más de una entrevista dijo que "me devolvió mi identidad cuando yo no sabía quién era".  "Si te dejo en una habitación frente a frente con Charly García, te orinarías y saldrías corriendo, te daría miedo, no lo bancarías", rezaba la canción en la que profesaba la admiración a García y gesto que se repetiría a lo largo de la velada. Y Asunción se convirtió en pura revolución.

Con la siguiente canción era imposible no inspirarse, Fito al piano cantándole a esa Muchacha, en cuyo corazón se ahogó. Yo te amo funcionó como el disparador perfecto para la apertura de una noche que presagiaba mucha emoción. Y los movimientos destartalados del artista nos dejaron entrever el impresionante carisma y buen humor con el que llegó a esta tierra. 

Un enérgico saludo al más puro estilo rock and roll no se hizo esperar: "¡Buenas noches, Asunción, carajo!". Y el público, desde luego, ni corto ni perezoso, estalló en euforia, que no era nada en comparación a lo que estaba por venir.

Acto seguido, expresó que en la vida tiene un único gran amor y que es su hija Margarita, y el momento más conmovedor de la noche llegó cuando interpretó la canción del mismo nombre. 

La velada comenzó a encenderse con una seguidilla de sus eternos hits. "Bienvenidos a esta rueda mágica", expresó, cantó La rueda mágica y fue cobijado por los gritos de los fans que no pararon de cantar y bailar cada una de sus canciones. Y cómo no, una de las canciones más rebeldes decía presente, con la furiosa, brutalmente honesta y revolucionaria Al otro lado del camino, que el auditorio acompañó con fuerza. Luego vino el mayor de sus clásicos que reza la historia de amor de dos jóvenes carenciados de la ciudad de Rosario, que fue coreada con lágrimas y emoción, 11 y 6 era ese poema urbano que fue adaptado musicalmente en el segundo álbum del cantante, allá a mediados de los 80.

La poderosa La mejor solución, también de Rock and Roll Revolution, sonaba en los decididos acordes de una banda que se complementaba al cantante y compositor logrando una simetría perfecta.

Con Tumbas de gloria, Fito llevó a los presentes al apogeo total, un éxtasis desmedido de entusiasmo se apoderó del Yatch, funcionando como antesala a un mix que merece ser recordada con la coreada Y dale alegría a mi corazón, She's Mine, Tus regalos deberían llegar y una hermosa versión de Cadáver exquisito, al piano.

Si de eternos éxitos hablamos, "no sé si eras un ángel o un rubí" cantaba con Un vestido y un amor, un tema histórico que no podía faltar.

El músico invitó a su público a levantarse para bailar al son de la psicodélica Circo Beat. El clímax total alcanzó con El amor después del amor, canción que da nombre al disco de rock argentino más vendido de la historia y de más está decir, el más exitoso de su carrera. La declaración de amor del rosarino, plasmada en esas letras 22 años atrás.

Una versión de Loco, tema original de Charly García, volvía descomunal a todos los asistentes que no se escatimaron en pogos. Y que funcionó como nexo ideal para, una vez más, homenajear a Charly por su cumpleaños número 63, que fue un día antes.

También sonó La canción de Sybil Vane en una velada de anécdotas entre las cuales Fito explicó inspirarse en el libro El retrato de Dorian Grey y en un episodio que habla de la estupidez de los hombres.

Una noche en que Fito rompió paradigmas y contra todo pronóstico se mostró afable y conversador con la audiencia hablando del calor en la ciudad, de la cerveza y del regreso después de tanto tiempo: "Hace mucho que no veníamos, así que vamos a hacer un concierto largo", prometió. Y sí que cumplió. Pudo conjugar a la perfección lo más nuevo de su repertorio con los clásicos que los fans siempre quieren oír. 

En medio de ovaciones y aplausos interminables, empezaba a sonar Naturaleza sangre, un pequeño adelanto, solamente como un presagio de lo que estaba por venir. Era inevitable, el momento romántico y melancólico tenía que ser. Fito pidió a su público encender sus celulares y crear una lluvia de estrellas con ellos mientras cantaba Brillante sobre el mic. Siguiendo al piano y con un sonido un poco más oscuro, como es costumbre para lo que estaba por sonar, se escuchaba Ciudad de pobres corazones, que da nombre al disco que lanzó en los 80 a modo de protesta al enterarse del asesinato de sus abuelas en Rosario, un álbum violento, con letras cargadas de impotencia y furia, como lo refleja este tema. 

Como anunciando el final de una velada inolvidable, con un cambio de vestuario, ahora de jeans y camisilla que empezó a revolotear mientras sonaba A rodar mi vida, logró sacudir a las miles de almas que se congregaron ilusionadas en el Yatch.

Era inminente. A duras penas, la despedida tenía que llegar. Y antes de abandonar el escenario por primera vez, agradecía a Paraguay por acompañarlo en tantos años de carrera. Y se fue.

Su partida no duró mucho, porque entre gritos de "Olé, olé, olé...", Fito volvió con otro cambio de ropa y acompañado por su banda. Él, de impecable traje blanco, regresó para complacer a sus fanáticos con Dar es dar, una canción sencilla y solidaria. Para luego crear una verdadera fiesta con todos los asistentes al son de su más grande himno, música de pogo y grandes estadios, una frenética y más que poderosa Mariposa teknicolor, la canción más exitosa de los 90, su marca registrada por excelencia. Para finalmente sellar una velada mágica con El diablo de tu corazón, una simple pero linda joyita de Rey Sol, álbum editado en el año 2000.

Y así se despedía el cantautor argentino que supo cómo ofrecer un espectáculo y hacer vibrar a sus fans con su música, sus pantalones de cuero, sus lentes oscuros, sus brincos en el escenario y tocando a la perfección la guitarra y el piano, siempre sonriente y agradecido, como para transportarnos a un mundo imaginario con más de 22 canciones que nunca, jamás serán suficientes.

Lleno de aplausos y ovaciones, producto de una noche que sus fanáticos difícilmente olvidarán y que con seguridad quedará en el inconsciente colectivo de los presentes, se despedía una estrella a la que no le gustan las etiquetas, que no se considera un rockstar y que demostró ser un Artista. Sí, con mayúscula.

Entre éxitos y nostalgia, Fito Páez me sorprendía más a cada minuto de show.

Y sí, con él solamente hay dos posibilidades: o lo catalogás como un genio o lo considerás un artista más, con un par de canciones exitosas. Mientras 30 años de trayectoria y una veintena de discos no son suficientes para algunos, otros lo consideran un monstruo del rock argentino. Y es justamente esa ambivalencia la que caracteriza a Rodolfo Fito Páez, que con su música es capaz de llevarnos a un estado de éxtasis total, como lo demostrado el sábado a la noche.

Ojalá te veamos volver pronto, Fito. Amén.


Fotografía: José Vega, de Acusado!

jueves, 12 de junio de 2014

Tutti futti de amores



Hay amores que no deberían terminar nunca. Y de hecho, creo que los hay. El infinito es atributo del mar y de los vientos, no de la mayoría de los humanos, pero sí de ciertos sentimientos. Los idealistas hablan del amor eterno, los más escépticos lo desmienten y reniegan del amor para toda la vida.

Hace un tiempo conocí a alguien que me hizo replantearme estas cuestiones. No porque me hubiera enamorado repentinamente o estuviera perdiendo una porción de lucidez, sino porque encontré el amor. Fue impensado, como suele ocurrir y me conquistó por su belleza natural, su feroz mirada, su inocencia y por los colores que me regala cada vez que le veo.

Un amor que impacta desde el primer minuto, que estremece, hace palpitar, y hace eco por el resto de los días. Un sentimiento que me acompaña en la cotidianeidad y que se nutre día a día hasta hacerse infinito. Es como un terremoto, nadie puede partirlo en dos mitades. Un amor que no molesta, no inquieta, y va madurando. Un amor desenfadado que me despabila, me distrae, me conquista. Que hace que mi felicidad quepa en una sonrisa y en unos bracitos desconocidos. Que me inquieta y me llena de preguntas.



El día que me enteré que iba a ser tía po primera vez, entendí el significado de la frase "no cabe en mí tanta felicidad". Es algo indescriptible. Y esperar... Esa fue la más larga de todas las esperas. Hasta que un día y de golpe, llegó. Y no podía borrar la sonrisa de mi cara. Cuando supe de su existencia habrá tenido como casi tres meses de vida en la panza de su mamá. Esperé muchos años por ese momento, quizás en parte porque estaba acostumbrada a ser la más chica de mi familia y quería empezar a sentir la sensación que causa tener que ocuparse de alguien más.

Al principio quizás no supe cómo reaccionar, porque estaba tan asustada como los padres. Aún veía al papá (mi hermano) como un berrinchudo, con el que podíamos pasar horas peleando por macanas y al minuto siguiente sentarnos por más horas todavía, hablando de la vida. No tuve un hermano menor, y tener a mi primer sobrino me hacía sentir algo de miedo, no por sentirme desplazada, sino porque estaba segura de los propios miedos de mi hermano, los que supongo les entra a cualquier padre primerizo: miedo a no ser el padre que uno desea para el hijo. 

Hace unos días nació mi segunda sobrina. Y esta vez no tuve el valor de aguantarme las lágrimas. Fue una mezcla de emoción, nervios y sentimientos encontrados. La emoción fue más grande que el afán de esconder el llanto de ver nacer una nueva vida ante tus ojos, tan chiquita y pura que te hace sentir tan grande y poderosa como para defenderla de lo que venga.



De golpe llegan a tu vida dos personitas nuevas para iluminar la familia. Y ver a tus hermanos tan orgullosos y felices hace que esa alegría se contagie. Era tía. Pero en realidad era algo que iba mucho más allá del título que estrenaba por esos días. Caer en la cuenta de que esos pequeños eran la confirmación de que habíamos dejado de ser chicos, porque llegaba una nueva generación. Ya somos grandes. Y ver a esos chiquitos como prolongaciones de ellos y a la vez como unos seres totalmente distintos es un golpe fuerte.

Y ahora a lo que voy. 

Muchos me vienen diciendo que ahora solo falto yo. ¿Para qué falto yo? ¿Para procrear? Honestamente, a veces creo que no voy a tener hijos. No me veo como madre, ni remotamente y no quiero ver cómo mis hijos crecen y me juzgan por lo mal que lo hice como mamá. Otras veces, sin embargo, llego a la simple conclusión de que todos mis planes son incompatibles con la maternidad. Me gustan los niños, quizás porque de chica cuando leí uno de mis libros preferidos ("El Principito"), me di cuenta de que no quería crecer y perder mi espíritu. Pero lo mío está lejos del instinto maternal. Pude discernir de esa sensación para darme cuenta de que me gusta jugar con ellos, sabiendo que siempre podrán retornar con su madre. Mis sobrinos son lo mejor que hay. 

Mis hermanos le han dado a mis papás la alegría de ser abuelos con nueve meses de diferencia, y a mí me dieron la dicha de poder disfrutar de ellos sin la necesidad de formalizar nada. Ser tía es la fórmula perfecta para correr por todos lados, malcriar y jugar hasta el cansancio y poder retornar a casa, donde no hay juguetes ni bebés llorando en la madrugada, ni pequeños demandándome tiempo. 

Por otro lado, soy pésima para dejar que la gente dependa de mí, de mis horarios, de mis actividades y de mi tiempo. Todavía me cuesta ser consciente de que en casa hay alguien esperando por mí (mamá) e inclusive se me hace extraño saber que Greta, una mestiza caniche y maltés, depende de mi persona para alimentarse, bañarse, jugar a la pelota y hasta dormir conmigo cuando hace frío. Soy muy estructurada en muchas cosas, pero no precisamente con mis tiempos. Inconscientemente, le veo divertido al hecho de improvisar sobre la marcha.

Amo ser tía. ¿Cómo no adorarlos cuando te sonríen y te brindan amor sin conocerte siquiera? Y lo mejor es que cuando la fiesta termine, después de reír y disfrutar de sus alegrías y pataleos, siempre podré volver a a mi casa para disfrutar del silencio y la calma de la no maternidad.



Desde que supe de la existencia de mi primer sobrino, supe que su recuerdo acapararía mi mente a cada hora. Y ahora que tengo dos, el atardecer se hace más intenso cuando acomodo el escritorio de la oficina contando los minutos para verlos. Y estoy segura que en un futuro no tan lejano odiarán, como yo en una época de mi vida, tener que escuchar "Yo a tu edad..." para argumentar cualquier negación o desacuerdo. También sé que no van a ser indiferentes a la sugerencia, aunque no tengan ni la más remota idea de lo que los "grandes" queremos decir con esa frase.

A lo mejor no podré llevarles a Disneylandia ni regalarles un castillo de juguetes. Solamente fortaleceré mi espíritu para acompañarles donde sea que vayan, darles la mano cuando la necesiten y cuando no, festejar sus alegrías, escuchar sus penas y desamores. Prometo ayudarles a comprender y a digerir las frustraciones, enseñarles a amar a los animales, a celebrar la vida y a festejar los cumpleaños.



Queda claro que el amor de larga duración es más probable que el eterno. Pero que uno siempre termina sorprendiéndose de lo mucho que un ser tan chiquito puede generar en una persona. Quisiera ser quien por primera vez les acompañe a leer las primeras páginas de "El Principito", para que sepan descubrir la esencia de la niñez y que puedan domesticar a los adultos y enseñarnos el gran sentido de la vida.

No sé si seré una tía ejemplar. No podré caminar a lado de ellos todo el tiempo, para eso están los padres. Lo único que puedo hacer es seguirlos de cerca, para actuar de soporte si alguna vez faltasen manos para levantarlos. Acompañarlos, solo para que sepan que alguna vez también los adultos fuimos y sentimos como ellos. Y ayudarlos para que nunca me olvide que alguna vez también fui niña.




lunes, 5 de mayo de 2014

Metamorfosis




Metamorfosis.
Para la RAE es la "transformación de algo en otra cosa. Mudanza que hace alguien o algo de un estado a otro, como de la avaricia a la liberalidad o de la pobreza a la riqueza".
Para wikipedia la Tansformación-Metamorfosis es un "proceso por el cual un objeto o entidad cambia de forma. Cambio irreversible".
Si hablamos de las mariposas, la definición de metamorfosis se refiere "al conjunto de transformaciones externas e internas que sufre el insecto durante el ciclo comprendido entre el huevo y el estado adulto".
Y para los menos científicos, metamorfosis "deriva de un vocablo griego que significa transformación, haciendo referencia a la mutación, la evolución o el cambio de una cosa que se convierte en otra diferente".

Es tan difícil saber si estamos en el camino correcto para dejar de ser larvas y finalmente convertirnos en mariposas…


Existe un momento de nuestra vida en el que, queramos o no, nos damos cuenta que dejamos el estado de gérmenes y que estamos entrando a la vida adulta. Sí, a esa misma vida que muchas veces nos mira desde el mural y que acostumbra ponernos en situaciones curiosas y lugares inesperados.

Ese momento en que crecer se vuelve irremediable y que implica aprender a decir adiós a ciertas situaciones, cosas y personas. Resignarse y desprenderse de sueños y milagros, y aún así mantener la fe.

Y así llega ese momento en que entramos en medio de ese proceso de toma de consciencia para pillar que nuestra metamorfosis no fue lo rápida que hubiéramos deseado y que perdimos tiempo relajados en forma de gusanos, temiendo que alguna vez llegaríamos a convertirnos en mariposa.

La metamorfosis puede ser cruel y agónica. Dejarnos en el medio con una brecha de emociones reacia a aceptar alas prefabricadas, besos a medias y colores sombríos.

Y se vuelve difícil confiar en uno mismo siendo un gusano. Y solo queda comprender que para que éste pueda volar, debe comenzar a pensar como mariposa. Es decir, para llegar a ser la persona que uno desea, debe creer que puede y empezar a transitar el camino que lo lleve a ese lugar o que al menos lo acerque a la parada más cercana.

Muchas veces las cosas no van en la dirección que uno se propuso tiempo atrás. Y surgen acontecimientos que nos marcan a fuego lento modificando por completo nuestro ser, llegando a ese punto de inflexión que marca un antes y un después en la vida, haciéndonos sentir que hasta ese momento éramos alguien y al instante siguiente somos uno distinto.



Nadie dijo que el recorrido sería fácil, o si no no tendría mucho sentido. Y de repente el ritual cotidiano nos embarca dejándonos de pie frente a la rutina y empezamos a andar por inercia. Otras, sin embargo, la rutina nos comienza a pesar y nos detenemos a pensar: ¿Este es el peso que quiero cargar? Un trabajo que no nos genera placer, un novio que no queremos tener, una relación que ya no nos llena, una palabra atorada en la garganta, un perdón necesitando salir, una vocación pidiendo a gritos una oportunidad, un cambio demorado, una pasión tardía…

Probablemente el tiempo de mutar esté cerca y empezamos a elegir los colores para nuestras alas. Al principio sentimos temor, pero al final del proceso la metamorfosis nos permite modificarnos, reinventarnos y ampliar nuestros propios límites.

Cada frase representa una nueva pregunta y una nueva búsqueda que no nos garantiza nada, pero que nos mantiene esperanzados. Nos cuestionamos distintas cosas a los veinte que los treinta ya olvidamos, nos cuestionamos cosas a los cuarenta que a los cincuenta ya ni nos importa. Pero siempre existe una incertidumbre: ¿Qué quiero ahora?




Se instala esa duda y germina en nuestro interior. Palpita, late, se acelera y cobra vida. Y de repente, una mañana cualquiera nos sacude frente a una taza de café. Y así, a fuerza de ensayo y error llegamos a descubrir cuál es el motor que mueve nuestras vidas. Aunque algunos lo pillan mucho antes que otros.

A veces es probable confundir creyendo que llegamos a ese punto en el que convergen el ayer y el mañana, lo que fuimos y lo que seremos. Y otros capaz andemos toda una vida por el camino equivocado hasta que de repente y sin querer queriendo acertamos y damos en el ojo con ese tan ansiado click que veníamos buscando.

Quizás existe un futuro incierto que se vincula directamente con el ayer. Como por ejemplo, hoy queremos largar todo, colgarnos la mochila al hombro y recorrer el mundo en una kombi amoblada Peace&Love, con los pesos justos que nos permitan llegar a un lugar para empezar a vivir, propiamente dicho. A fin de cuentas, en la necesidad uno encuentra la creatividad de hacer y la urgencia de supervivencia.

Pero al día siguiente vuelven a saltar esas ganas de retomar la rutinaria vida, ir al laburo de siempre, odiar los lunes y amar los viernes, empezar algún curso de idiomas, continuar con el posgrado y el gimnasio.

Por un minuto soñamos ser rockstars, al minuto siguiente queremos volar…

La metamorfosis no es otra cosa que un constante proceso de mudanza interior, que se debate constantemente entre el ayer, el hoy y el mañana. Pasado, presente y futuro. Yin y yan. Alfa y omega.

La transformación no suele ser rápida. No como un parpadeo, como el aleteo de una mariposa o como una estrella fugaz. Pero su huella es eterna como el horizonte, como el tiempo y como la muerte.

Cuando nos transformamos es el momento de compartir los colores y la alegría de nuestra creación con el mundo.

Siento que mi metamorfosis hoy sigue siendo una sucesión de puntos suspensivos… ¿Y el tuyo?


Rock nacional para acompañar el momento divague del mes. Mariposa, vuela libre hermosa, vuela de este sucio lugar. Más claro, agua.

viernes, 7 de febrero de 2014

Lo único constante es el cambio


El primer día que entré a Biedermann Publicidad fue para una entrevista de trabajo que al día siguiente marcaría una nueva etapa laboral en mi portuario profesional. Recuerdo que ese primer día llamó mi atención el mural de la entrada de recepción: “Lo único constante es el cambio”, decía, como una de las tantas frases que con frecuencia utilizaba don Enrique (Q.E.P.D., fundador de la agencia) para definir rasgos de una de las empresas publicitarias más antiguas del país.

La frase no es un copyright de él, sin embargo considero que cualquiera puede adoptarla por tratarse de algo universal y que a pesar de los años, sigue siendo tan contemporáneo. Al principio lo fui viendo como algo filosófico e idealista, recién hace pocos meses pillé que pasaba por un lado mucho más real y terrenal del que pensaba. Aún así me aferro a esa frase para definirme como persona y profesional. Nunca la encontré tan acertada, aunque siempre, inconscientemente, la tuve como filosofía de vida.

Ya hace casi un año y medio que esa frase comenzó a calar tan hondo en mí. Y hoy, que estoy por empezar otra etapa en mi vida profesional, sigo  sosteniendo que es así, lo único constante en esta vida es el cambio. Lo único que no se detiene, que no se retrasa, que no se hace esperar, pero que nunca se anula…

El cambio llega en el momento justo, cuando tiene que llegar, ni antes ni después. Llega cuando sabe que estamos listos para recibirlo. Cuando la rutina ya nos ganó la jugada, cuando la monotonía nos hizo jaque mate y nos dejó sin escapatoria.

Por lo general llega cuando hacés click con ese algo que te mueve toda la estantería. Como cuando conocés a una persona y pensás que es la indicada para compartir tu vida, hasta que con el correr del tiempo te das cuenta que no era lo que vos esperabas.



Soy partidaria de los cambios constantes, porque para mí cambiar significa libertad. Tener la libertad de elegir qué hacer, de decidir qué ponerme, de escoger a dónde ir y de preferir con quién quedarme. Cambiar siempre es un desafío, significa correr riesgos, animarse a ser distinto, atreverse a buscar tu lugar, enfrentarte a tus miedos. Eso es el cambio para mí, sin mirar lo que puedan opinar los demás. 

Además, cambiar siempre te hace más fuerte, te empuja a vivir otras experiencias, te obliga a ser un camaleón y tarde o temprano te enseña a adaptarte a todas las situaciones cómodas, incómodas y neutras. Considero que por lo general los cambios pueden hacernos mejores personas.

De chica me gustaban los cambios. Cambiar de juegos, en vez de jugar a juegos de nenas, jugar a la pelota en la canchita del barrio, preferir usar pantalones que usar vestidos, inventar cosas para no aburrirme, como disfrazarme de maga, o hacerme pasar por cantante o empresaria.

Involucrarme en todo lo que podía también era una forma de cambiar de ambiente, de aires, de equipo, de gente. Me metí a la selección de fútbol y handball del colegio, estudié inglés, danza, música…

Más tarde, mi afición al cambio se veía reflejado en mi cabello, con los cambios de corte y de color: rojo, bordo, naranja, púrpura, rubio, negro, castaño. Y así también empecé descubriendo otros hobbies que me permitían cambiar y ampliar mi espacio y campo de conocimiento: teatro, talleres de origami, fotografía… Siempre tuve la complicación de gustarme tantas cosas que nunca me terminé decidiendo por una. Creo que la carrera de Comunicación es lo único de todo lo que empecé que logré completar… ¿prósperamente, se dice?




Para mí los cambios son normales. Y mi vida estuvo y sigue estando lleno de ellos. Y quizás hoy lo refleje en mi trabajo. Suena un poco más serio. ¿Cambiar de trabajo cuando te invade la rutina? Suena frívolo. Pero al hecho de no hacerlo y quedarte porque tenés la tranquilidad de que a fin de mes vas a cobrar y el ciclo va a volver a empezar sin que la rueda pare de girar, yo simplemente le llamo “estar en la zona de confort” o “confortmismo”, que es lo mismo.

La tranquilidad que te brinda una estabilidad laboral no tiene precio. Sin embargo, lo que comienza como una pasantía, termina por lo general en el comienzo de una historia sin fin que se llama vida laboral. Todo tiene su ciclo en esta vida. Nosotros, los humanos, también tenemos fecha de expiración. Por lo que se me hace un ejercicio bastante importante el de la introspección, el de ser capaces de mirar para atrás y ver qué es lo que no nos gusta de nosotros mismos y pensar en cómo lo podemos cambiar. No seguir siempre en la misma línea, con la misma historia.

Por ahí, de vez en cuando está bueno dejar pasar ciertas oportunidades a las que quizás otros se aferrarían con total intensidad. Acá lo importante es estar en la búsqueda constante de algo mejor y eso solo puede nacer de la inconformidad propia, la inconformidad con uno mismo. Si no te hallás en un sitio, buscar otro lugar, otro rumbo. No necesariamente tiene que haber un motivo lo suficientemente convincente para cambiar de aires. “No hallarse” o no estar a gusto tal vez sea el motivo más importante para abrirse de una situación.




Los cambios, además, son curiosos. Un día te levantás y sentís la imperiosa necesidad de ser mejor. Sentís como que hay una mejor versión de vos esperando salir. Cuando te pasa eso, te das cuenta que tenés que cambiar Vas manejando a toda velocidad por la avenida rumbo al laburo porque se te hizo tarde, estás consciente de que existe un riesgo, pero nunca pensás que puede ser algo realmente malo lo que pudiera ocurrir porque solo te enfocás en llegar, en eso se te atraviesa un vehículo que pudo haberte llevado directo al hospital, vos lo esquivás y solo sentís que tu corazón está latiendo a toda presión y continuás tu camino. Bueno, los cambios suceden más o menos así. Sea cual sea el caso, existe una necesidad de cambiar, donde estás, donde querés estar y con quién querés estar. Y obviamente no necesitás demasiados fundamentos para dar el paso. Simplemente te tiene que nacer. Hacer las cosas por hacer, sin motivo aparente, por la simple percepción de estar haciendo lo correcto. Esa debería ser la consigna. No ser uno más del montón también es una opción.



Muchos especulan acerca de mi inestabilidad emocional, o de que ni yo sé lo que quiero, como si estuviese en la edad del pavo. Pero nadie habla de mi capacidad de sentirme disconforme conmigo misma, de mis ganas de buscar mi lugar en este pedazo del mundo. Y me tranquiliza en parte saber que esa es una capacidad de las que muy pocos se pueden prevalecer.

Nunca le huí a los cambios. Siempre les tengo miedo, como es natural temerle a algo nuevo, por primera vez. Muchas veces me negué a cambiar, porque quizás todavía no era el momento. Otras veces tuve que cambiar por obligación más que por elección y costó mucho más, pero todos los cambios me terminaron llevando a un sitio, y a otro, y a otro más y así hasta el infinito.

Hoy vuelvo a cambiar, con muchos más miedos que antes, pero más convencida que nunca de que es un cambio totalmente necesario para mi vida. Y sobre todo porque tardó en llegar, se hizo esperar. Pero lo mejor de todo es que es una nueva experiencia que me va a servir para seguir buscando mi lugar, ese lugar que me corresponde. Una experiencia que va a colaborar y me va a ayudar a encontrar ese click que me indique que es ahí donde quiero quedarme.




Lo más importante de todo es que de todos los caminos que transito, aprendí a llevarme un poco de cada quien, un pedazo de cada lugar en donde estoy. Como ahora. A pesar de los constantes tira y afloje, no es fácil desprenderse así nomás de un año y medio de tu vida, que a partir de ahora pasará a ser pasado y quedará en el recuerdo... Y en el currículo.

Creo firmemente en los cambios, para mí siempre son buenos, porque son impredecibles, innovadores y emocionantes. Y soy partidaria de creer que absolutamente todo lo que ocurre pasa por algo y nos ayuda a crecer.

Los cambios, indefectiblemente, son necesarios. Y no hay fuerza sobrehumana que pueda contra eso. Sí, lo único constante es el cambio.



domingo, 5 de enero de 2014

Tiempo de reconstrucción



Arrancó el año.
Finalmente se despegó el calendario nuevo y ya está listo para que llenemos cada día con aquellas cosas que nos hacen bien.

Este es el primer post de este 2014, y como tal, vuelvo a mis andanzas, a mi vida tal cual, sin camuflar palabras ni disfrazar sensaciones.

El 2013 se acaba de ir y yo estoy acá estrenando horas nuevas, y en el primer domingo del año tratando de tejer planes para los doce meses venideros. Mi cabeza está a mil por hora, como una una procesadora analizando el presente, y poniendo toda la fe en el futuro. Intentando sacar conclusiones sobre el difícil oficio de vivir y sobre la dura tarea de alcanzar momentos felices.

Digamos que el año viejo me dejó una sensación rara, que fue algo ambiguo en su despedida. Y ese gusto agridulce (algo amargo a veces) que dejó fue lo que me impulsó a empezar este nuevo año con una mentalidad diferente. No en vano dicen que hay que estar muy mal, para estar realmente bien.

Concluyamos con que este año no habrá ninguna posibilidad de negociar con nada corrosivo ni lacrimógeno, con nada que esté contraindicado a nuestra felicidad. Este año no habrá lugar para gente nociva y peligrosa. Quienes no vayan a dejar una estela de positivismo en nuestro almanaque, será mejor que se encaminen hacia lugares abandonados y sombríos para sembrar su semilla de negativismo.

Siempre me gusta dar la bienvenida a un nuevo año, porque para mí es una época en que todo vuelve a empezar, que me permite hacer un nuevo pacto con la vida a fin de renovar las ganas y las esperanzas. Y sobre este 2014, por el cual mi sexto sentido apostó todas sus fichas como un año muy prometedor.

Y acá estoy, con ganas de descubrir ese secreto que me conecte con lo que quiero y me apasiona antes de que vaya a ocupar una cama en un neuropsiquiátrico. Trataré de entender que así de rápido como pasaron veinticinco pueden pasar otros tantos años y de repente me toque contemplar los créditos finales de la película de mi vida, sin haberme dado cuenta de la rapidez del tiempo.

Este año hice un pacto conmigo misma y con mi futuro. Prometo acercarme a lo espiritual, a lo creativo, a todo aquello que viniera de la imaginación y que me permita alejarme de toda frivolidad.

Contar hasta diez antes de llenarme de furia cuando me doy cuenta de que para pagar las cuentas, hacer las compras del mes o pensar en ahorrar un guaraní que me permita tomarme mis tan programadas, pospuestas y soñadas vacaciones en este año, tengo que aceptar mi inconformismo, amoldarme a la insípida cotidianeidad en la que me sumerjo día a día, y solamente aguantar. Y tratar de disfrutar lo que queda.

La verdad es que me gustaría patear el escritorio, dejar la luz encendida y salir corriendo. Agarrar lo poco que tengo y subirme al primer avión cuyo destino sea un lugar que pueda sorprenderme. Reclinar la reposera y repirar hondo mientras planeo dejarme llevar por lo que siento y no por lo que se impone. Y ahí, en algún otro lugar del mundo, impregnarme de vida, de experiencias y de sensaciones que me atraviesen y que ya no se me escapen de las manos.

A este año prometo llenarlo de momentos de felicidad conmigo. Podría tener más motivos para sonreír, pero sin embargo estoy segura que el espíritu de este 2014 me está preparando un container de alegría para los próximos días. Y esa es la esperanza que me alcanza.

Este año que ya nos abrió sus puertas también es una posibilidad de cambio, de una reconstrucción total de uno mismo.

Les propongo a que también hagan una introspección, a que se reconstruyan. Vamos a renovarnos y ser libres. Cambiemos de actitud. Estoy segura que en el proceso nos vamos a encontrar con miles de sorpresas.


Ah, y este año prometí actualizar constantemente este blog. Ya es un paso más para retomar y hacer lo que me apasiona. Lo anoto por si acaso se me olvide.


Ahora les invito a que vean esto.
"En la noche nosotros brillaremos"

martes, 31 de diciembre de 2013

Sí, quiero



Y llegó nomás fin de año, la famosa Nochevieja. 

Se va un año que fue imprudente en algunas elecciones. 

Un año que tuvo miedo a montones. 

Un año en que fui incorrecta por momentos (en muchos!). 
Impulsiva, todo lo que pude. 
Temerosa a ciertos desafíos. 

Un año en que se acentuó mi incontinencia verbal. Y acá me toca hacer un mea culpa. Jamás mentí en nada de lo que dije, pero tengo que aprender a medir los momentos y ser más oportuna en próximas ocasiones. Aguantarme mi bronca acumulada y rematarla sin herir ni lastimar a personas cercanas a mí.


Se va un año que me mareó. Me torció. Me resbaló. Me abofeteó. Un año en que se me quebraron dos, tres o cuatro ilusiones, como mucho. Si no fueron más. 

Quise, hice, dije, callé (solo algunas cosas, por el bien de la humanidad). 

Abracé muchísimo menos de lo que me hubiera gustado.
Amé más de lo debido. 
Lloré cantidades algo inncesarias. 
Dormí lo justo, aunque tal vez un poco menos. 
Soñé mucho más de lo que dormí. 
Me frustré, como no esperaba hacerlo nunca. 
Escribí mucho menos de lo que en realidad tenía para decir (en el blog). 

Llegué hasta acá, con un poco más de experiencia que con la que empecé este año. Llegué con otro tanto de arrugas... Lo curioso del caso es que me vaya como me vaya, siempre mantengo la esperanza. Y sobre todo para el nuevo año, en que vengo más dispuesta que nunca a renovar mis votos de esperanza con el 2014 y con el mundo. 



Quiero entregarme a las horas que se vienen para ver si me sorprenden con más momentos felices. 
Quiero seguir creyendo en los finales felices y emocionarme por las pequeñas cosas de este mundo. 
Quiero esperar la llegada de afectos nuevos que solo traigan consigo ganas de quedarse. 
Quiero asimilar que nadie es perfecto. Ni siquiera yo. Así que no debo pretender que absolutamente todo salga tal cual quiero. 
Quiero transitar los días venideros con mayor destreza, astucia y diversión, con felicidad, alegría y entusiasmo, sin llantos ni melancolías de por medio. 
Quiero mantener mi capacidad para tolerar lo que la mayoría de las veces creo intolerable. 
Quiero amigarme con mis eternos enemigos: dudas, miedos, confusiones, malestares, nervios, soledades y malhumores. 
Quiero que mi espíritu sea siempre nómada, que pueda conservar la paz interior, que jamás venda mi conciencia al mejor postor, que mi sexto sentido no me abandone nunca y que consiga digerir las desilusiones y los fracasos con mayor madurez. 
Quiero festejar todo, lo que venga. La mañana, el atardecer y el anochecer. El otoño y el invierno. La primavera y el verano. Las buenas compañías. Los gratos momentos. Los consejos de amigos. El trabajo. La salud. La familia... 
Quiero guardar cada momento feliz en un frasquito, para así abrirlo cada vez que pierdo la fe en mí misma o en la humanidad. 
Quiero mantener intacta mi gran capacidad de seguir soñando, aunque esté despierta. 
Quiero seguir sonriendo y bailando, así tenga que hacerlo bajo la lluvia. 
Quiero prolongar los momentos de felicidad, y acordarme siempre de ser agradecida. 
Quiero seguir creyendo que la imaginación nunca se me va a quedar en pausa, ni la voz muda. Y rogar porque siempre haya alguien a quien pueda dar una mano. 
Quiero llenar la panza de carcajadas, la mente de buenas ideas, el corazón de amores sinceros, y el mundo de colores. 
Quiero enamorarme desde la punta de la cabeza hasta la punta de mis pies de los próximos 365 días que están a punto de ser estrenados. 

Pero por sobre todas las cosas, y antes de cerrar este año, me veo en la necesidad de agradecer por las tres cosas más grandes que me dio este 2013. La bendición de permitir a mi abuelo disfrutar de sus 82 años de vida y que el mismo día venga al mundo mi primer sobrino. Y desde luego, enterarme que en el 2014 viene la próxima. 

De momento, termino este año con una gran meta que me puse para el próximo. Y mi deseo es tener la fuerza necesaria y la gran capacidad para merecer que este proyecto se haga realidad.

Sí, todo eso quiero. 

Brindo por un 2014 con más momentos que nos dejen sin aliento. 
Mucha buena vibra para ustedes. 
Mucha luz. 
Mucha magia. 
Mucha paz. 
Y mucho amor. 

Intentemos ser felices cada segundo de este nuevo año. Con eso alcanza. 

Amén. 


Y acuérdense de sus mascotas. Ellos también sufren. Cuídenlos, sobre todo en estas fechas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Confesiones de cumpleaños


Cuando empiezo a ver las calles y los locales adornados con guirnaldas, globos, lucecitas y arbolitos de Navidad, empiezo a sentir esa alarma de que ya llega mi cumpleaños.

Si bien todos los años estoy con el espíritu de festejo, en esta oportunidad me dan ganas de desconectar esa alarma con la misma rabia e intensidad con la que apago el despertador todas las mañanas, mientras intento acomodar el cansancio en algún rincón e intento sonreírle al nuevo día.

A mis casi casi veinticinco años, siento como si un huracán me hubiera arrastrado el día que cumplí veinte y me hubiera depositado en el hoy y el ahora. Es que todo pasó demasiado rápido... El tiempo no espera... Y la vida menos.

Las cicatrices que el tiempo fue dejando en mí, se convirtieron en experiencias de vida, muchas de las cuales espero no volver a repetirlas, pero la vida nunca termina de sorprenderme. 

Me miro al espejo una y otra vez, e intento acostumbrarme a esta nueva imagen mía que me devuelve el espejo. Y me doy cuenta que esta soy hoy, y no me parezco en nada a lo que creía que iba a ser a los veinticinco años. Esperaba otra vida, u otra forma de vivirla al menos. Y eso me pone mal y me angustia a rabiar, porque no encuentro al culpable que me sacó de mi rumbo y que me obligó a navegar un barco que iba a contracorriente. En medio de tanto naufragio se me fue el tiempo y perdí pedacitos de vida que ya no vuelven tratando de esquivar tempestades.


Me llegué a acostumbrar a muchas cosas de las cuales sentía que nunca llegaría a dejar de prescindir, pero así también el tiempo me llevó a desacostumbrarme de las mismas y tomar otros hábitos que si bien hoy me molestan, voy aprendiendo a aceptarlos y sino, a dar un paso al costado para no aferrarme nuevamente a ellos.

Un tiempo me acostumbré a la espera de algo que no llegaba. Y lo que al comienzo era una rutina de emociones que agigantaban mi alma, se convirtió en una espera sin retorno. Y así tuve que ir aprendiendo a no esperar nada más. Así como fui aprendiendo que siempre hay gente que te va a seguir moviendo alguna baldosa por más de que pasen los años.

Me terminé por adaptar a la soledad latente de los domingos y a no compartir mis malos momentos con esa persona que alguna vez me robó el corazón y que ahora me tiene confundida.

Estoy trabajando en el proceso de adiestrar mis manos para no pedir más de la cuenta y para aprender a no esperar más demasiada entrega de ciertas personas y en ciertas relaciones que fueron consumidas por la rutina y demás males.

Me siento desorientada. Hoy tengo una pelea con la vida que a los dieciocho no imaginaba. Continúo buscandolo mi polo, eso que me apasione, sigo buscando mi lugar en el mundo, el lugar donde pueda hacer click, del cual pueda irme cuando quiera, pero al que pueda volver porque me hace feliz. Hasta decidir que es ahí donde quiero quedarme. 

Sigo esperando a esa persona que me acompañe en la supervivencia de cada jornada. Que me tome la mano para que caminemos juntos, sin soltarme jamás, acompañándome en lo bueno y lo malo, dándome mi espacio, pero dejándome claro que a pesar de dejar que yo persiga mi libertad, esa persona me va a estar esperando. Sigo esperando a quien me de esa confianza y esa seguridad de que lo puedo hacer, que disfrute de mis sueños aunque poco tengan que ver con los suyos. Que mientras estoy volando, no busque acertarme con la hondita y dejarme caer al vacío sin protección. 

Tal vez me alcance con saber que alguna vez alguien me quiso hasta el llanto. Y quizás duela reconocer que esa persona que el destino hizo que yo quisiera alguna vez, hoy ya no lo hiciera.

Hoy, sé que no tengos sueños muy convencionales. Sigo queriendo cambiar las cosas, conocer el mundo y sumar mi granito de arena. Mis ideales de paz, amor y libertad están latentes.

En estos años viví varios cambios. Cumplí algunos sueños, terminé mi carrera, laburé donde quise laburar y también me cansé. Todavía no llegué a hacer click con eso que me apasionara. Encontré la amistad verdadera, encontré el amor... Y también lo desencontré. Y así un par de veces hasta llegar donde estoy.

Me peleé, lloré a mares, discutí, debatí, defendí mi postura, ofendí sin querer, padezco de incontinencia verbal, y pánico escénico. Morí de risa, reí a carcajadas y todos los días tengo ganas de cambiar mi vida, de independizarme y emprender vuelo.

Pasan muchas cosas. El mundo no se detiene. 

Tengo mucho por qué agradecer y por qué reclamar. Pero ya haré un post con un balance de fin de año para agendar los próximos pendientes del nuevo año.


No sé si con cinco días agotadores de trabajo a la semana alcance. Quizás esté fastidiosa y disconforme con mi situación actual, quizás sea el cansancio o tal vez el magro salario, o la abstinencia obligada a todo aquello que no sea imprescindible. Lo único que sé es que ahora mismo mi vida es como un rompecabezas, tengo muchas piezas que acomodar para completar la hazaña.

Hay muchas cosas, pero quizás solo una sea verdaderamente importante. A lo mejor es suficiente el simple hecho de estar viva, pero así también quizás para vivir no alcance con sólo respirar. Es mucho más que eso. Y quiero intentar descubrirlo, probando y probando, a fin de cuentas algún día la tapita que de vuelta va a decir algo más que "Siga participando" y me puedo llevar alguna grata sorpresa.

Así que al Gordito Pascuero le pido que el próximo año que está por llegar me traiga muchos más momentos de mayor felicidad, más risas y menos lágrimas, y más amor que de costumbre.

Quizás la felicidad esté hecha solamente de momentos esporádicos de alegría. Viéndolo así, fui muy feliz. Pero nunca es suficiente.