domingo, 23 de noviembre de 2014

El síndrome de anti-Cenicienta




No encontré una banda sonora adecuada para iniciar este post. Ese soundtrack ideal para poner los puntos a una sociedad machista que se empecina en que toda mujer soltera (comprometida o no) obtenga marido, como si con eso se completara la otra mitad de la que tanto nos hablan los cuentos de hadas que nos leían en la infancia.

Pero resulta que todo era una falacia. Desde chicas consumimos historias de amor con finales felices como perdices, que resultan ya un copyright de todas las mujeres soñar con lo mismo. Pero la realidad es que ni somos cenicientas, ni los príncipes azules existen. Primero que nada, amigas, les recomiendo que sean conscientes de que las opciones para conseguir pareja incluyen un mar de sapos por cada uno de los mal llamados “príncipes”.



Hoy voy a hablar sobre los sentimientos encontrados que me inundan sobre esto de estar soltera -y sin hijos- a los veinte y tantos.

Nuestra sociedad está tan obsesionada con hablar de las relaciones, de sus altos y bajos, de sus comienzos y finales, como si fueran lo más importante del mundo. Como si nacer, crecer, reproducirse y morir fueran los motivos de nuestra existencia. ¿Y dónde queda el vivir?

Cuando la gente me pregunta cuánto tiempo llevo de novia, me miran sorprendidos ante mi respuesta de más de cuatro años, asumiendo directamente mi rol de comprometida: “Ya es hora de casarte”. Intento hacer memoria de las veces que me dijeron: “¿Cuándo vamos a tomar la sopa?”. Pero es imposible. Incluso, me sigo sorprendiendo cuando alguien me hace esta pregunta tan fastidiosa. Pero la gente la hace. ¿Y qué se supone que debo responder para sonar diplomática?

No hubo un momento específico en mi vida en que haya llegado al límite y tampoco nunca dije que el matrimonio no era para mí. O bueno, alguna vez recuerdo haber estallado en crisis diciendo que no iba a casarme nunca. Pero lo cierto es que ahora no pienso ni remotamente en ello. Veo a amigas que se casan, tienen hijos, agrandan sus familias y me da un poco de ‘cosa’ imaginarme a mí en esos roles. No es algo a lo que aspire. No es que sienta que mi plenitud como mujer se basa en eso. En realidad, ni tan siquiera es que haya decidido rotundamente que el matrimonio no fuera para mí. 

Tampoco es a causa de antecedentes como que me haya abandonado algún novio -cosa que nunca pasó- o que mis padres se hayan separado después de 25 años de casados -cuando yo solo era una adolescente conflictiva-. De hecho, tengo ejemplos de sobra para creer que el amor puede ser verdadero y perdurar. Mis hermanos se casaron después de largos años de noviazgos y siguen hasta hoy. Mis abuelos estuvieron casados por 42 años hasta que la muerte de mi abuela los separó. Ejemplos, me sobran.

Mis amigos y mi familia siempre me cargan con que alguna vez me va a llegar ese momento e incluso muchos cuestionan mi relación diciéndome: “¿Cuatro años y medio de novia y no te ves casada con él? No lo amás, no lo querés, ¿te lo planteaste?”. Y honestamente, siempre lo hago y siempre llego a la misma conclusión. Y realmente, lo que suena como una linda tradición para la mayoría, para mí es como una trampa y una tendencia que comenzó hace tiempo con la intención de fortalecer relaciones. Cuando en realidad, mi opinión radica en que no se necesitan papeles firmados para hacer constar mi compromiso con la otra persona. ¿O acaso ustedes firman un convenio para apoyar a los amigos y celebrar un 30 de julio?

Tampoco es que no sea romántica. Claramente me emocionan las millones de manifestaciones artísticas que expresan amor, desde libros, poemas, canciones, historias y hasta el subgénero literario completo sobre este tema. Aunque no lo crean, me afectan las rupturas de mis amigos con sus parejas. Hasta el día de hoy, sigo llorando con la muerte de Jack en Titanic. Llegué a odiar a Summer Finn cuando hacía sufrir de amor a Tom Hansen en 500 días con ella. Y hasta fantaseé con el encuentro amoroso de Kat Stratford y Patrick Verona en Las 10 cosas que odio de ti. Incluso hasta ahora, hay veces que me siguen haciendo ilusión las historias de amor de mis series preferidas de la adolescencia.

Así que no es que nunca haya soñado con ese día tan especial. Es más, tengo un álbum de bodas completamente organizado en Pinterest y sé que quiero un anillo de compromiso pequeño con forma de infinito. Un vestido hawaiano de bambula, holgado y con tirantes, en color crema –porque odio el blanco-. Sé que quiero flores en el pelo y que abunden los girasoles. Y como no quiero una boda convencional, mi fantasía es casarme descalza y caminar por la arena blanca al altar, que no quiero que sea precisamente una Iglesia. Y si es posible, que Areguá sea el escenario.

Sin embargo, toda esta descripción no refleja mi deseo de estar casada y atada realmente a alguien. Me encantan las cosas bellas y pienso que un matrimonio debe ser la unión de todas las cosas bellas que uno puede imaginar. Pero aún así, tampoco nombro ni pienso en el esposo perfecto.

Cuando les cuento mis pensamientos a las personas, sean éstas amigos, mamá, papá, hermanos y cuñadas, siempre recibo la misma respuesta: “Alguna vez vas a conocer a la persona correcta y vas a cambiar de parecer. A todos nos llega”. Claro, en una sociedad machista es normal que los hombres se sientan así con respecto al matrimonio, pero que la mujer lo haga, no es ‘normal’, o mejor dicho, ‘no está socialmente aceptado’.

La última respuesta que di ante el planteamiento fue hace poco en el casamiento de una amiga. Y es que no sé si quiera casarme alguna vez o es que solamente ahora, a corto plazo, no lo quiero hacer porque pienso que todavía tengo mucho camino por recorrer antes de tomar semejante decisión de anteponer a otras personas por delante de mí. 


Quiero seguir trabajando, ahorrar, viajar, disfrutar del silencio, dormir tarde, dormir hasta tarde, no tener horarios, no tener que rendirle cuentas a nadie, independizarme, no pedir permiso a nadie, trasnochar, improvisar sobre la marcha, alguna vez llegar a trabajar como si no necesitara dinero y sobre todo, descubrir quién soy. Nadie me dice “ah, qué interesante” o “contáme algo más sobre tus planes”. Y aunque no quieran saberlo, les digo. Quiero seguir estudiando, hacer un postgrado o un máster en comunicación en el exterior, inscribirme a un curso de cocina -sí, a los 25 pillé que me gusta cocinar-, conectarme conmigo misma a través del yoga, seguir asistiendo a terapia, continuar con mi afición a la fotografía, gastar las energías que quedan después del trabajo trotando en la ciclovía todas las mañanas o tardes, mudarme a vivir sola, ser voluntaria en alguna organización dedicada a niños, ser activista social (pro ambiente y pro vida animal), adoptar muchos perros, retomar alguna vez mi frustrada carrera musical, ser escritora, emprender mi propio proyecto, dirigir mi propio espacio artístico, ser la tía malcriadora de los sobrinos que tengo y que vayan a venir, y sobre todo, lo que es un gran impedimento al afán ese que tiene todo el mundo de casarme, de cumplir un sueño que tengo desde los 15 años: cargarme la mochila al hombro e ir de mochilera por el mundo.

Sí, ríanse. Pero cuando lo consiga hacer, mientras yo esté en otro continente logrando una de mis hazañas o comiendo comida tailandesa, todos esos amigos que optaron por la vida familiar estarán criando y afianzando sus roles de esposos, esposas, madres y padres de familia. Y no me parece mal. Considero que el matrimonio es un acto de valentía. Sí, como lo leyeron. Animarse a reafirmar el compromiso con alguien ‘hasta que la muerte los separe’ es una revolución contra la poligamia y la monotonía de hoy en día. Y me saco el sombrero ante el gesto.

Pero no es yo que no crea en el amor ni en el compromiso. Sí, creo. Y les aseguro que más intensamente que muchos familieros. Pero creo en un compromiso hecho por dos personas en lo más profundo de sus corazones. Estoy convencida de que unos papeles firmados, unos testigos y una fiesta costosa no van a hacer que alguien se quede para siempre.

Me da miedo pensar que una pareja deba crecer y cambiar junta, sin separarse. Me gusta pensar que nunca nadie termina de crecer mental y emocionalmente. Y justamente esa incertidumbre al mismo tiempo me aterra.

En los conflictos matrimoniales, las parejas asisten a terapias y renuevan su amor constantemente. Pero a veces resulta necesario irse solo y alejarse temporalmente para renovarse. Siendo que es natural terminar una relación, las complejidades del divorcio te podrían llevar a creer que siempre vale la pena quedarse peleando una batalla perdida, impidiendo que los involucrados sigan adelante con sus vidas y descubran verdaderamente su camino.

En realidad, mi visión acerca de las relaciones cambia con cada experiencia que vivo, que escucho, que leo o de la que soy testigo a diario. 

Hace casi cinco años comencé a salir con mi actual novio, mi primer novio ‘serio’, alguien a quien conocí a través de un tour musical, un hombre lo opuesto totalmente a lo que alguna vez soñé y que por cinco meses hizo méritos para que pudiera darle el acceso a mi vida.  Y llegué a estar profunda y ciegamente enamorada. ¿Llegué a verme casada con él? Alguna vez, quizás. Pero ya no. Y no es que no esté enamorada. Es más, me convirtió en una mejor persona, me ayudó a fortalecer mis valores y a recobrar la confianza y seguridad en mí misma, pero no sé si será el hombre de mi vida. Ninguna de estas cosas considero que sean las señales definitivas de que deberíamos comprometer nuestras vidas el uno al otro, que deberíamos elegirnos solo mutuamente. ¿Cómo compruebo esto? ¿Existe una fórmula mágica que me garantice el éxito?

Está bien que el casamiento sea la decisión de muchas parejas para consagrar y perpetuar su amor. Pero yo prefiero verlo como una opción de vida más que como una expectativa a corto, largo o mediano plazo. Así como elegir el restaurante donde comer, el departamento donde vivir, qué perro adoptar y si me quedo o no en casa un sábado a la noche.

A todo esto, todavía no estoy segura de querer casarme alguna vez. Tal vez sí. Tal vez no. Pero tampoco cierro mi mente. Aún así, mi elección de estar soltera se basa en considerarme lo suficientemente valiosa e independiente, como para que alguien más lo certifique. Lo que se requiera para que dos personas quieran elegirse y estar juntas, todavía no me pasó. Y no sé cuándo ocurra y ni siquiera tengo la certeza de que vaya a suceder.

Pero mi elección no tiene que ver con que me sienta egoísta o incompleta. Me siento plena cuando logro mis objetivos. Cuando acepto críticas constructivas que me ayuden a mejorar. Soy feliz cuando hago lo que quiero hacer sin lastimar a nadie. Cuando hago sonreír a las personas. Cuando veo jugueteando felices a mis sobrinos. Cuando veo en calma a mi familia. Cuando comparto con mis amigos. Cuando trabajo en lo que me gusta. Cuando tomo con entusiasmo y humildad cada desafío. Vivo con propósitos, con empatía y sin arrepentimientos. Y el hecho de no poner “casarme y formar una familia” en mi libretita de pendientes no significa que esté yendo en la dirección equivocada o incorrecta.



No existen caminos errados si vamos con amabilidad, pasión y simpatía por la vida. Siento respeto y admiración por todas las madres y padres, esposos y esposas del mundo. Y lo único que pido es ese mismo respeto para quienes decidimos tomar un camino distinto en la búsqueda de la realización y la felicidad.
Me gustan los finales felices, pero mucho más, me gustan los finales reales.


P.D.: Este post necesariamente tenía que ser largo. Me lo debía hace tiempo. Cuando empecé a escribir, las palabras salieron a borbotones de mis dedos. Y además, se lo debía a todas las mujeres solteras que buscan vivir plenas y felices.
P.D. 2: Próximamente se viene un post sobre las muchas historias de amor que tengo en mi memoria y que me hacen recuperar mi fe en el amor y en la humanidad.

martes, 28 de octubre de 2014

Fito Paéz, el poeta del rock


'

Si hay un poeta indiscutible dentro del rock en español, ese es Fito Páez, que a lado de un puñado más de inmortales -entre los que destaca Spinetta-, forma parte de un cancionero inigualable entre los mayores exponentes del género.

Compositor, cantante, pianista y cineasta. Todo eso es Fito, con sus más de 30 años de trayectoria artística llevando su música e importantes mensajes a todos los rincones del mundo. No hay dudas de que es una de las grandes voces del rock en nuestro idioma. Y lo que hizo la noche del sábado en el Yatch y Golf Club no fue más que reafirmarlo.

Luego de 4 años de su última visita a suelo guaraní, el rosarino llegó para presentar su Rock and Roll Revolution. Cantó al amor, al desamor y a las injusticias con mucho rock. Y es que no sería exagerado decir que pocos compositores han dado a la música de la región frases tan célebres y profundas como las de él, o acordes tan enérgicos que inmediatamente nos transportan a experiencias musicales surrealistas. Si hay alguien que supo mejor que nadie reinventarse constantemente, fue él. 

Tengo que admitir que no soy fanática de este artista y que llegué al predio del show más por curiosidad. Puede sonar extremista, pero después de lo que pasó con Cerati -nunca lo vi en vivo- pensaba mucho en que no quería que se muriera Fito sin que yo lo haya visto en vivo alguna vez. En sus varias visitas al país, nunca había podido asistir a sus conciertos por diversos motivos. Así que me mandé y fui consciente de que escucharía a un gran exponente, pero siempre con el temor ese de presenciar su mal carácter, que ya lo había sacado a la luz en un show anterior en el BCP.

En un ambiente totalmente intimista, cómodamente plagada de fanáticos y no fanáticos que asistieron a recordar historias profundas en la voz de este artista que dejó en el escenario mucho más de lo que daban nuestras expectativas, ahí estaba yo.

Entré como para hacer una pasada, cantar unos cuantos hits que siempre quise corear en vivo y salir. Pero una vez que lo vi en escena me quedé. Tanta fue mi sorpresa, que mis pies se pegaron a la arena del campo y mis brazos a la baranda y no había forma de que me sacaran de ahí.

Desde el vamos, el músico salió en escena como dispuesto a comerse a un público que lo idolatraba con tímidos cánticos -no tan masivos como los de Calamaro, pero igual de magistrales que los cánticos a Charly-. Con un pantalón corto de jean y un saco albirrojo, sonaban los primeros acordes potentes de "vos pensás en tu revolución, yo pienso que te falta mucho rock and roll" y sonaba el tema que da nombre a su último disco Rock and Roll Revolution, álbum que homenajea a su gran mentor Charly García, de quien en más de una entrevista dijo que "me devolvió mi identidad cuando yo no sabía quién era".  "Si te dejo en una habitación frente a frente con Charly García, te orinarías y saldrías corriendo, te daría miedo, no lo bancarías", rezaba la canción en la que profesaba la admiración a García y gesto que se repetiría a lo largo de la velada. Y Asunción se convirtió en pura revolución.

Con la siguiente canción era imposible no inspirarse, Fito al piano cantándole a esa Muchacha, en cuyo corazón se ahogó. Yo te amo funcionó como el disparador perfecto para la apertura de una noche que presagiaba mucha emoción. Y los movimientos destartalados del artista nos dejaron entrever el impresionante carisma y buen humor con el que llegó a esta tierra. 

Un enérgico saludo al más puro estilo rock and roll no se hizo esperar: "¡Buenas noches, Asunción, carajo!". Y el público, desde luego, ni corto ni perezoso, estalló en euforia, que no era nada en comparación a lo que estaba por venir.

Acto seguido, expresó que en la vida tiene un único gran amor y que es su hija Margarita, y el momento más conmovedor de la noche llegó cuando interpretó la canción del mismo nombre. 

La velada comenzó a encenderse con una seguidilla de sus eternos hits. "Bienvenidos a esta rueda mágica", expresó, cantó La rueda mágica y fue cobijado por los gritos de los fans que no pararon de cantar y bailar cada una de sus canciones. Y cómo no, una de las canciones más rebeldes decía presente, con la furiosa, brutalmente honesta y revolucionaria Al otro lado del camino, que el auditorio acompañó con fuerza. Luego vino el mayor de sus clásicos que reza la historia de amor de dos jóvenes carenciados de la ciudad de Rosario, que fue coreada con lágrimas y emoción, 11 y 6 era ese poema urbano que fue adaptado musicalmente en el segundo álbum del cantante, allá a mediados de los 80.

La poderosa La mejor solución, también de Rock and Roll Revolution, sonaba en los decididos acordes de una banda que se complementaba al cantante y compositor logrando una simetría perfecta.

Con Tumbas de gloria, Fito llevó a los presentes al apogeo total, un éxtasis desmedido de entusiasmo se apoderó del Yatch, funcionando como antesala a un mix que merece ser recordada con la coreada Y dale alegría a mi corazón, She's Mine, Tus regalos deberían llegar y una hermosa versión de Cadáver exquisito, al piano.

Si de eternos éxitos hablamos, "no sé si eras un ángel o un rubí" cantaba con Un vestido y un amor, un tema histórico que no podía faltar.

El músico invitó a su público a levantarse para bailar al son de la psicodélica Circo Beat. El clímax total alcanzó con El amor después del amor, canción que da nombre al disco de rock argentino más vendido de la historia y de más está decir, el más exitoso de su carrera. La declaración de amor del rosarino, plasmada en esas letras 22 años atrás.

Una versión de Loco, tema original de Charly García, volvía descomunal a todos los asistentes que no se escatimaron en pogos. Y que funcionó como nexo ideal para, una vez más, homenajear a Charly por su cumpleaños número 63, que fue un día antes.

También sonó La canción de Sybil Vane en una velada de anécdotas entre las cuales Fito explicó inspirarse en el libro El retrato de Dorian Grey y en un episodio que habla de la estupidez de los hombres.

Una noche en que Fito rompió paradigmas y contra todo pronóstico se mostró afable y conversador con la audiencia hablando del calor en la ciudad, de la cerveza y del regreso después de tanto tiempo: "Hace mucho que no veníamos, así que vamos a hacer un concierto largo", prometió. Y sí que cumplió. Pudo conjugar a la perfección lo más nuevo de su repertorio con los clásicos que los fans siempre quieren oír. 

En medio de ovaciones y aplausos interminables, empezaba a sonar Naturaleza sangre, un pequeño adelanto, solamente como un presagio de lo que estaba por venir. Era inevitable, el momento romántico y melancólico tenía que ser. Fito pidió a su público encender sus celulares y crear una lluvia de estrellas con ellos mientras cantaba Brillante sobre el mic. Siguiendo al piano y con un sonido un poco más oscuro, como es costumbre para lo que estaba por sonar, se escuchaba Ciudad de pobres corazones, que da nombre al disco que lanzó en los 80 a modo de protesta al enterarse del asesinato de sus abuelas en Rosario, un álbum violento, con letras cargadas de impotencia y furia, como lo refleja este tema. 

Como anunciando el final de una velada inolvidable, con un cambio de vestuario, ahora de jeans y camisilla que empezó a revolotear mientras sonaba A rodar mi vida, logró sacudir a las miles de almas que se congregaron ilusionadas en el Yatch.

Era inminente. A duras penas, la despedida tenía que llegar. Y antes de abandonar el escenario por primera vez, agradecía a Paraguay por acompañarlo en tantos años de carrera. Y se fue.

Su partida no duró mucho, porque entre gritos de "Olé, olé, olé...", Fito volvió con otro cambio de ropa y acompañado por su banda. Él, de impecable traje blanco, regresó para complacer a sus fanáticos con Dar es dar, una canción sencilla y solidaria. Para luego crear una verdadera fiesta con todos los asistentes al son de su más grande himno, música de pogo y grandes estadios, una frenética y más que poderosa Mariposa teknicolor, la canción más exitosa de los 90, su marca registrada por excelencia. Para finalmente sellar una velada mágica con El diablo de tu corazón, una simple pero linda joyita de Rey Sol, álbum editado en el año 2000.

Y así se despedía el cantautor argentino que supo cómo ofrecer un espectáculo y hacer vibrar a sus fans con su música, sus pantalones de cuero, sus lentes oscuros, sus brincos en el escenario y tocando a la perfección la guitarra y el piano, siempre sonriente y agradecido, como para transportarnos a un mundo imaginario con más de 22 canciones que nunca, jamás serán suficientes.

Lleno de aplausos y ovaciones, producto de una noche que sus fanáticos difícilmente olvidarán y que con seguridad quedará en el inconsciente colectivo de los presentes, se despedía una estrella a la que no le gustan las etiquetas, que no se considera un rockstar y que demostró ser un Artista. Sí, con mayúscula.

Entre éxitos y nostalgia, Fito Páez me sorprendía más a cada minuto de show.

Y sí, con él solamente hay dos posibilidades: o lo catalogás como un genio o lo considerás un artista más, con un par de canciones exitosas. Mientras 30 años de trayectoria y una veintena de discos no son suficientes para algunos, otros lo consideran un monstruo del rock argentino. Y es justamente esa ambivalencia la que caracteriza a Rodolfo Fito Páez, que con su música es capaz de llevarnos a un estado de éxtasis total, como lo demostrado el sábado a la noche.

Ojalá te veamos volver pronto, Fito. Amén.


Fotografía: José Vega, de Acusado!

jueves, 12 de junio de 2014

Tutti futti de amores



Hay amores que no deberían terminar nunca. Y de hecho, creo que los hay. El infinito es atributo del mar y de los vientos, no de la mayoría de los humanos, pero sí de ciertos sentimientos. Los idealistas hablan del amor eterno, los más escépticos lo desmienten y reniegan del amor para toda la vida.

Hace un tiempo conocí a alguien que me hizo replantearme estas cuestiones. No porque me hubiera enamorado repentinamente o estuviera perdiendo una porción de lucidez, sino porque encontré el amor. Fue impensado, como suele ocurrir y me conquistó por su belleza natural, su feroz mirada, su inocencia y por los colores que me regala cada vez que le veo.

Un amor que impacta desde el primer minuto, que estremece, hace palpitar, y hace eco por el resto de los días. Un sentimiento que me acompaña en la cotidianeidad y que se nutre día a día hasta hacerse infinito. Es como un terremoto, nadie puede partirlo en dos mitades. Un amor que no molesta, no inquieta, y va madurando. Un amor desenfadado que me despabila, me distrae, me conquista. Que hace que mi felicidad quepa en una sonrisa y en unos bracitos desconocidos. Que me inquieta y me llena de preguntas.



El día que me enteré que iba a ser tía po primera vez, entendí el significado de la frase "no cabe en mí tanta felicidad". Es algo indescriptible. Y esperar... Esa fue la más larga de todas las esperas. Hasta que un día y de golpe, llegó. Y no podía borrar la sonrisa de mi cara. Cuando supe de su existencia habrá tenido como casi tres meses de vida en la panza de su mamá. Esperé muchos años por ese momento, quizás en parte porque estaba acostumbrada a ser la más chica de mi familia y quería empezar a sentir la sensación que causa tener que ocuparse de alguien más.

Al principio quizás no supe cómo reaccionar, porque estaba tan asustada como los padres. Aún veía al papá (mi hermano) como un berrinchudo, con el que podíamos pasar horas peleando por macanas y al minuto siguiente sentarnos por más horas todavía, hablando de la vida. No tuve un hermano menor, y tener a mi primer sobrino me hacía sentir algo de miedo, no por sentirme desplazada, sino porque estaba segura de los propios miedos de mi hermano, los que supongo les entra a cualquier padre primerizo: miedo a no ser el padre que uno desea para el hijo. 

Hace unos días nació mi segunda sobrina. Y esta vez no tuve el valor de aguantarme las lágrimas. Fue una mezcla de emoción, nervios y sentimientos encontrados. La emoción fue más grande que el afán de esconder el llanto de ver nacer una nueva vida ante tus ojos, tan chiquita y pura que te hace sentir tan grande y poderosa como para defenderla de lo que venga.



De golpe llegan a tu vida dos personitas nuevas para iluminar la familia. Y ver a tus hermanos tan orgullosos y felices hace que esa alegría se contagie. Era tía. Pero en realidad era algo que iba mucho más allá del título que estrenaba por esos días. Caer en la cuenta de que esos pequeños eran la confirmación de que habíamos dejado de ser chicos, porque llegaba una nueva generación. Ya somos grandes. Y ver a esos chiquitos como prolongaciones de ellos y a la vez como unos seres totalmente distintos es un golpe fuerte.

Y ahora a lo que voy. 

Muchos me vienen diciendo que ahora solo falto yo. ¿Para qué falto yo? ¿Para procrear? Honestamente, a veces creo que no voy a tener hijos. No me veo como madre, ni remotamente y no quiero ver cómo mis hijos crecen y me juzgan por lo mal que lo hice como mamá. Otras veces, sin embargo, llego a la simple conclusión de que todos mis planes son incompatibles con la maternidad. Me gustan los niños, quizás porque de chica cuando leí uno de mis libros preferidos ("El Principito"), me di cuenta de que no quería crecer y perder mi espíritu. Pero lo mío está lejos del instinto maternal. Pude discernir de esa sensación para darme cuenta de que me gusta jugar con ellos, sabiendo que siempre podrán retornar con su madre. Mis sobrinos son lo mejor que hay. 

Mis hermanos le han dado a mis papás la alegría de ser abuelos con nueve meses de diferencia, y a mí me dieron la dicha de poder disfrutar de ellos sin la necesidad de formalizar nada. Ser tía es la fórmula perfecta para correr por todos lados, malcriar y jugar hasta el cansancio y poder retornar a casa, donde no hay juguetes ni bebés llorando en la madrugada, ni pequeños demandándome tiempo. 

Por otro lado, soy pésima para dejar que la gente dependa de mí, de mis horarios, de mis actividades y de mi tiempo. Todavía me cuesta ser consciente de que en casa hay alguien esperando por mí (mamá) e inclusive se me hace extraño saber que Greta, una mestiza caniche y maltés, depende de mi persona para alimentarse, bañarse, jugar a la pelota y hasta dormir conmigo cuando hace frío. Soy muy estructurada en muchas cosas, pero no precisamente con mis tiempos. Inconscientemente, le veo divertido al hecho de improvisar sobre la marcha.

Amo ser tía. ¿Cómo no adorarlos cuando te sonríen y te brindan amor sin conocerte siquiera? Y lo mejor es que cuando la fiesta termine, después de reír y disfrutar de sus alegrías y pataleos, siempre podré volver a a mi casa para disfrutar del silencio y la calma de la no maternidad.



Desde que supe de la existencia de mi primer sobrino, supe que su recuerdo acapararía mi mente a cada hora. Y ahora que tengo dos, el atardecer se hace más intenso cuando acomodo el escritorio de la oficina contando los minutos para verlos. Y estoy segura que en un futuro no tan lejano odiarán, como yo en una época de mi vida, tener que escuchar "Yo a tu edad..." para argumentar cualquier negación o desacuerdo. También sé que no van a ser indiferentes a la sugerencia, aunque no tengan ni la más remota idea de lo que los "grandes" queremos decir con esa frase.

A lo mejor no podré llevarles a Disneylandia ni regalarles un castillo de juguetes. Solamente fortaleceré mi espíritu para acompañarles donde sea que vayan, darles la mano cuando la necesiten y cuando no, festejar sus alegrías, escuchar sus penas y desamores. Prometo ayudarles a comprender y a digerir las frustraciones, enseñarles a amar a los animales, a celebrar la vida y a festejar los cumpleaños.



Queda claro que el amor de larga duración es más probable que el eterno. Pero que uno siempre termina sorprendiéndose de lo mucho que un ser tan chiquito puede generar en una persona. Quisiera ser quien por primera vez les acompañe a leer las primeras páginas de "El Principito", para que sepan descubrir la esencia de la niñez y que puedan domesticar a los adultos y enseñarnos el gran sentido de la vida.

No sé si seré una tía ejemplar. No podré caminar a lado de ellos todo el tiempo, para eso están los padres. Lo único que puedo hacer es seguirlos de cerca, para actuar de soporte si alguna vez faltasen manos para levantarlos. Acompañarlos, solo para que sepan que alguna vez también los adultos fuimos y sentimos como ellos. Y ayudarlos para que nunca me olvide que alguna vez también fui niña.




lunes, 5 de mayo de 2014

Metamorfosis




Metamorfosis.
Para la RAE es la "transformación de algo en otra cosa. Mudanza que hace alguien o algo de un estado a otro, como de la avaricia a la liberalidad o de la pobreza a la riqueza".
Para wikipedia la Tansformación-Metamorfosis es un "proceso por el cual un objeto o entidad cambia de forma. Cambio irreversible".
Si hablamos de las mariposas, la definición de metamorfosis se refiere "al conjunto de transformaciones externas e internas que sufre el insecto durante el ciclo comprendido entre el huevo y el estado adulto".
Y para los menos científicos, metamorfosis "deriva de un vocablo griego que significa transformación, haciendo referencia a la mutación, la evolución o el cambio de una cosa que se convierte en otra diferente".

Es tan difícil saber si estamos en el camino correcto para dejar de ser larvas y finalmente convertirnos en mariposas…


Existe un momento de nuestra vida en el que, queramos o no, nos damos cuenta que dejamos el estado de gérmenes y que estamos entrando a la vida adulta. Sí, a esa misma vida que muchas veces nos mira desde el mural y que acostumbra ponernos en situaciones curiosas y lugares inesperados.

Ese momento en que crecer se vuelve irremediable y que implica aprender a decir adiós a ciertas situaciones, cosas y personas. Resignarse y desprenderse de sueños y milagros, y aún así mantener la fe.

Y así llega ese momento en que entramos en medio de ese proceso de toma de consciencia para pillar que nuestra metamorfosis no fue lo rápida que hubiéramos deseado y que perdimos tiempo relajados en forma de gusanos, temiendo que alguna vez llegaríamos a convertirnos en mariposa.

La metamorfosis puede ser cruel y agónica. Dejarnos en el medio con una brecha de emociones reacia a aceptar alas prefabricadas, besos a medias y colores sombríos.

Y se vuelve difícil confiar en uno mismo siendo un gusano. Y solo queda comprender que para que éste pueda volar, debe comenzar a pensar como mariposa. Es decir, para llegar a ser la persona que uno desea, debe creer que puede y empezar a transitar el camino que lo lleve a ese lugar o que al menos lo acerque a la parada más cercana.

Muchas veces las cosas no van en la dirección que uno se propuso tiempo atrás. Y surgen acontecimientos que nos marcan a fuego lento modificando por completo nuestro ser, llegando a ese punto de inflexión que marca un antes y un después en la vida, haciéndonos sentir que hasta ese momento éramos alguien y al instante siguiente somos uno distinto.



Nadie dijo que el recorrido sería fácil, o si no no tendría mucho sentido. Y de repente el ritual cotidiano nos embarca dejándonos de pie frente a la rutina y empezamos a andar por inercia. Otras, sin embargo, la rutina nos comienza a pesar y nos detenemos a pensar: ¿Este es el peso que quiero cargar? Un trabajo que no nos genera placer, un novio que no queremos tener, una relación que ya no nos llena, una palabra atorada en la garganta, un perdón necesitando salir, una vocación pidiendo a gritos una oportunidad, un cambio demorado, una pasión tardía…

Probablemente el tiempo de mutar esté cerca y empezamos a elegir los colores para nuestras alas. Al principio sentimos temor, pero al final del proceso la metamorfosis nos permite modificarnos, reinventarnos y ampliar nuestros propios límites.

Cada frase representa una nueva pregunta y una nueva búsqueda que no nos garantiza nada, pero que nos mantiene esperanzados. Nos cuestionamos distintas cosas a los veinte que los treinta ya olvidamos, nos cuestionamos cosas a los cuarenta que a los cincuenta ya ni nos importa. Pero siempre existe una incertidumbre: ¿Qué quiero ahora?




Se instala esa duda y germina en nuestro interior. Palpita, late, se acelera y cobra vida. Y de repente, una mañana cualquiera nos sacude frente a una taza de café. Y así, a fuerza de ensayo y error llegamos a descubrir cuál es el motor que mueve nuestras vidas. Aunque algunos lo pillan mucho antes que otros.

A veces es probable confundir creyendo que llegamos a ese punto en el que convergen el ayer y el mañana, lo que fuimos y lo que seremos. Y otros capaz andemos toda una vida por el camino equivocado hasta que de repente y sin querer queriendo acertamos y damos en el ojo con ese tan ansiado click que veníamos buscando.

Quizás existe un futuro incierto que se vincula directamente con el ayer. Como por ejemplo, hoy queremos largar todo, colgarnos la mochila al hombro y recorrer el mundo en una kombi amoblada Peace&Love, con los pesos justos que nos permitan llegar a un lugar para empezar a vivir, propiamente dicho. A fin de cuentas, en la necesidad uno encuentra la creatividad de hacer y la urgencia de supervivencia.

Pero al día siguiente vuelven a saltar esas ganas de retomar la rutinaria vida, ir al laburo de siempre, odiar los lunes y amar los viernes, empezar algún curso de idiomas, continuar con el posgrado y el gimnasio.

Por un minuto soñamos ser rockstars, al minuto siguiente queremos volar…

La metamorfosis no es otra cosa que un constante proceso de mudanza interior, que se debate constantemente entre el ayer, el hoy y el mañana. Pasado, presente y futuro. Yin y yan. Alfa y omega.

La transformación no suele ser rápida. No como un parpadeo, como el aleteo de una mariposa o como una estrella fugaz. Pero su huella es eterna como el horizonte, como el tiempo y como la muerte.

Cuando nos transformamos es el momento de compartir los colores y la alegría de nuestra creación con el mundo.

Siento que mi metamorfosis hoy sigue siendo una sucesión de puntos suspensivos… ¿Y el tuyo?


Rock nacional para acompañar el momento divague del mes. Mariposa, vuela libre hermosa, vuela de este sucio lugar. Más claro, agua.

viernes, 7 de febrero de 2014

Lo único constante es el cambio


El primer día que entré a Biedermann Publicidad fue para una entrevista de trabajo que al día siguiente marcaría una nueva etapa laboral en mi portuario profesional. Recuerdo que ese primer día llamó mi atención el mural de la entrada de recepción: “Lo único constante es el cambio”, decía, como una de las tantas frases que con frecuencia utilizaba don Enrique (Q.E.P.D., fundador de la agencia) para definir rasgos de una de las empresas publicitarias más antiguas del país.

La frase no es un copyright de él, sin embargo considero que cualquiera puede adoptarla por tratarse de algo universal y que a pesar de los años, sigue siendo tan contemporáneo. Al principio lo fui viendo como algo filosófico e idealista, recién hace pocos meses pillé que pasaba por un lado mucho más real y terrenal del que pensaba. Aún así me aferro a esa frase para definirme como persona y profesional. Nunca la encontré tan acertada, aunque siempre, inconscientemente, la tuve como filosofía de vida.

Ya hace casi un año y medio que esa frase comenzó a calar tan hondo en mí. Y hoy, que estoy por empezar otra etapa en mi vida profesional, sigo  sosteniendo que es así, lo único constante en esta vida es el cambio. Lo único que no se detiene, que no se retrasa, que no se hace esperar, pero que nunca se anula…

El cambio llega en el momento justo, cuando tiene que llegar, ni antes ni después. Llega cuando sabe que estamos listos para recibirlo. Cuando la rutina ya nos ganó la jugada, cuando la monotonía nos hizo jaque mate y nos dejó sin escapatoria.

Por lo general llega cuando hacés click con ese algo que te mueve toda la estantería. Como cuando conocés a una persona y pensás que es la indicada para compartir tu vida, hasta que con el correr del tiempo te das cuenta que no era lo que vos esperabas.



Soy partidaria de los cambios constantes, porque para mí cambiar significa libertad. Tener la libertad de elegir qué hacer, de decidir qué ponerme, de escoger a dónde ir y de preferir con quién quedarme. Cambiar siempre es un desafío, significa correr riesgos, animarse a ser distinto, atreverse a buscar tu lugar, enfrentarte a tus miedos. Eso es el cambio para mí, sin mirar lo que puedan opinar los demás. 

Además, cambiar siempre te hace más fuerte, te empuja a vivir otras experiencias, te obliga a ser un camaleón y tarde o temprano te enseña a adaptarte a todas las situaciones cómodas, incómodas y neutras. Considero que por lo general los cambios pueden hacernos mejores personas.

De chica me gustaban los cambios. Cambiar de juegos, en vez de jugar a juegos de nenas, jugar a la pelota en la canchita del barrio, preferir usar pantalones que usar vestidos, inventar cosas para no aburrirme, como disfrazarme de maga, o hacerme pasar por cantante o empresaria.

Involucrarme en todo lo que podía también era una forma de cambiar de ambiente, de aires, de equipo, de gente. Me metí a la selección de fútbol y handball del colegio, estudié inglés, danza, música…

Más tarde, mi afición al cambio se veía reflejado en mi cabello, con los cambios de corte y de color: rojo, bordo, naranja, púrpura, rubio, negro, castaño. Y así también empecé descubriendo otros hobbies que me permitían cambiar y ampliar mi espacio y campo de conocimiento: teatro, talleres de origami, fotografía… Siempre tuve la complicación de gustarme tantas cosas que nunca me terminé decidiendo por una. Creo que la carrera de Comunicación es lo único de todo lo que empecé que logré completar… ¿prósperamente, se dice?




Para mí los cambios son normales. Y mi vida estuvo y sigue estando lleno de ellos. Y quizás hoy lo refleje en mi trabajo. Suena un poco más serio. ¿Cambiar de trabajo cuando te invade la rutina? Suena frívolo. Pero al hecho de no hacerlo y quedarte porque tenés la tranquilidad de que a fin de mes vas a cobrar y el ciclo va a volver a empezar sin que la rueda pare de girar, yo simplemente le llamo “estar en la zona de confort” o “confortmismo”, que es lo mismo.

La tranquilidad que te brinda una estabilidad laboral no tiene precio. Sin embargo, lo que comienza como una pasantía, termina por lo general en el comienzo de una historia sin fin que se llama vida laboral. Todo tiene su ciclo en esta vida. Nosotros, los humanos, también tenemos fecha de expiración. Por lo que se me hace un ejercicio bastante importante el de la introspección, el de ser capaces de mirar para atrás y ver qué es lo que no nos gusta de nosotros mismos y pensar en cómo lo podemos cambiar. No seguir siempre en la misma línea, con la misma historia.

Por ahí, de vez en cuando está bueno dejar pasar ciertas oportunidades a las que quizás otros se aferrarían con total intensidad. Acá lo importante es estar en la búsqueda constante de algo mejor y eso solo puede nacer de la inconformidad propia, la inconformidad con uno mismo. Si no te hallás en un sitio, buscar otro lugar, otro rumbo. No necesariamente tiene que haber un motivo lo suficientemente convincente para cambiar de aires. “No hallarse” o no estar a gusto tal vez sea el motivo más importante para abrirse de una situación.




Los cambios, además, son curiosos. Un día te levantás y sentís la imperiosa necesidad de ser mejor. Sentís como que hay una mejor versión de vos esperando salir. Cuando te pasa eso, te das cuenta que tenés que cambiar Vas manejando a toda velocidad por la avenida rumbo al laburo porque se te hizo tarde, estás consciente de que existe un riesgo, pero nunca pensás que puede ser algo realmente malo lo que pudiera ocurrir porque solo te enfocás en llegar, en eso se te atraviesa un vehículo que pudo haberte llevado directo al hospital, vos lo esquivás y solo sentís que tu corazón está latiendo a toda presión y continuás tu camino. Bueno, los cambios suceden más o menos así. Sea cual sea el caso, existe una necesidad de cambiar, donde estás, donde querés estar y con quién querés estar. Y obviamente no necesitás demasiados fundamentos para dar el paso. Simplemente te tiene que nacer. Hacer las cosas por hacer, sin motivo aparente, por la simple percepción de estar haciendo lo correcto. Esa debería ser la consigna. No ser uno más del montón también es una opción.



Muchos especulan acerca de mi inestabilidad emocional, o de que ni yo sé lo que quiero, como si estuviese en la edad del pavo. Pero nadie habla de mi capacidad de sentirme disconforme conmigo misma, de mis ganas de buscar mi lugar en este pedazo del mundo. Y me tranquiliza en parte saber que esa es una capacidad de las que muy pocos se pueden prevalecer.

Nunca le huí a los cambios. Siempre les tengo miedo, como es natural temerle a algo nuevo, por primera vez. Muchas veces me negué a cambiar, porque quizás todavía no era el momento. Otras veces tuve que cambiar por obligación más que por elección y costó mucho más, pero todos los cambios me terminaron llevando a un sitio, y a otro, y a otro más y así hasta el infinito.

Hoy vuelvo a cambiar, con muchos más miedos que antes, pero más convencida que nunca de que es un cambio totalmente necesario para mi vida. Y sobre todo porque tardó en llegar, se hizo esperar. Pero lo mejor de todo es que es una nueva experiencia que me va a servir para seguir buscando mi lugar, ese lugar que me corresponde. Una experiencia que va a colaborar y me va a ayudar a encontrar ese click que me indique que es ahí donde quiero quedarme.




Lo más importante de todo es que de todos los caminos que transito, aprendí a llevarme un poco de cada quien, un pedazo de cada lugar en donde estoy. Como ahora. A pesar de los constantes tira y afloje, no es fácil desprenderse así nomás de un año y medio de tu vida, que a partir de ahora pasará a ser pasado y quedará en el recuerdo... Y en el currículo.

Creo firmemente en los cambios, para mí siempre son buenos, porque son impredecibles, innovadores y emocionantes. Y soy partidaria de creer que absolutamente todo lo que ocurre pasa por algo y nos ayuda a crecer.

Los cambios, indefectiblemente, son necesarios. Y no hay fuerza sobrehumana que pueda contra eso. Sí, lo único constante es el cambio.



domingo, 5 de enero de 2014

Tiempo de reconstrucción



Arrancó el año.
Finalmente se despegó el calendario nuevo y ya está listo para que llenemos cada día con aquellas cosas que nos hacen bien.

Este es el primer post de este 2014, y como tal, vuelvo a mis andanzas, a mi vida tal cual, sin camuflar palabras ni disfrazar sensaciones.

El 2013 se acaba de ir y yo estoy acá estrenando horas nuevas, y en el primer domingo del año tratando de tejer planes para los doce meses venideros. Mi cabeza está a mil por hora, como una una procesadora analizando el presente, y poniendo toda la fe en el futuro. Intentando sacar conclusiones sobre el difícil oficio de vivir y sobre la dura tarea de alcanzar momentos felices.

Digamos que el año viejo me dejó una sensación rara, que fue algo ambiguo en su despedida. Y ese gusto agridulce (algo amargo a veces) que dejó fue lo que me impulsó a empezar este nuevo año con una mentalidad diferente. No en vano dicen que hay que estar muy mal, para estar realmente bien.

Concluyamos con que este año no habrá ninguna posibilidad de negociar con nada corrosivo ni lacrimógeno, con nada que esté contraindicado a nuestra felicidad. Este año no habrá lugar para gente nociva y peligrosa. Quienes no vayan a dejar una estela de positivismo en nuestro almanaque, será mejor que se encaminen hacia lugares abandonados y sombríos para sembrar su semilla de negativismo.

Siempre me gusta dar la bienvenida a un nuevo año, porque para mí es una época en que todo vuelve a empezar, que me permite hacer un nuevo pacto con la vida a fin de renovar las ganas y las esperanzas. Y sobre este 2014, por el cual mi sexto sentido apostó todas sus fichas como un año muy prometedor.

Y acá estoy, con ganas de descubrir ese secreto que me conecte con lo que quiero y me apasiona antes de que vaya a ocupar una cama en un neuropsiquiátrico. Trataré de entender que así de rápido como pasaron veinticinco pueden pasar otros tantos años y de repente me toque contemplar los créditos finales de la película de mi vida, sin haberme dado cuenta de la rapidez del tiempo.

Este año hice un pacto conmigo misma y con mi futuro. Prometo acercarme a lo espiritual, a lo creativo, a todo aquello que viniera de la imaginación y que me permita alejarme de toda frivolidad.

Contar hasta diez antes de llenarme de furia cuando me doy cuenta de que para pagar las cuentas, hacer las compras del mes o pensar en ahorrar un guaraní que me permita tomarme mis tan programadas, pospuestas y soñadas vacaciones en este año, tengo que aceptar mi inconformismo, amoldarme a la insípida cotidianeidad en la que me sumerjo día a día, y solamente aguantar. Y tratar de disfrutar lo que queda.

La verdad es que me gustaría patear el escritorio, dejar la luz encendida y salir corriendo. Agarrar lo poco que tengo y subirme al primer avión cuyo destino sea un lugar que pueda sorprenderme. Reclinar la reposera y repirar hondo mientras planeo dejarme llevar por lo que siento y no por lo que se impone. Y ahí, en algún otro lugar del mundo, impregnarme de vida, de experiencias y de sensaciones que me atraviesen y que ya no se me escapen de las manos.

A este año prometo llenarlo de momentos de felicidad conmigo. Podría tener más motivos para sonreír, pero sin embargo estoy segura que el espíritu de este 2014 me está preparando un container de alegría para los próximos días. Y esa es la esperanza que me alcanza.

Este año que ya nos abrió sus puertas también es una posibilidad de cambio, de una reconstrucción total de uno mismo.

Les propongo a que también hagan una introspección, a que se reconstruyan. Vamos a renovarnos y ser libres. Cambiemos de actitud. Estoy segura que en el proceso nos vamos a encontrar con miles de sorpresas.


Ah, y este año prometí actualizar constantemente este blog. Ya es un paso más para retomar y hacer lo que me apasiona. Lo anoto por si acaso se me olvide.


Ahora les invito a que vean esto.
"En la noche nosotros brillaremos"